viernes, 25 de mayo de 2018

PARAGUAS DESCOMPUESTO




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: Mujeres que son como el pelo del gato y Mujeres que son como un paraguas desarmado.
Ustedes la conocen. La mujer paraguas desarmado siempre tiene la cara de cielo gris, como de punto a llover.
Cualquier sicólogo diría que ella tiene baja autoestima, pero su mamá sabe que ella nació con la mesa de su espíritu un poco pandeada. Cuando nació, ella lo hizo con los ojos cerrados, como si tuviera miedo de ver lo que le esperaba. La mamá explica que ella, en su vientre, no pateó alguna vez, como es costumbre en las niñas divertidas. La mamá dice que su hija era como una gatita viendo a través de la ventana. La mamá la imaginaba con los ojos abiertos viendo hacia el techo de su pancita y, mientras crecía, la mamá pensaba que su hija pedía a todos los santos nonatos suspender su crecimiento a fin de que no tuviera que salir al aire de todos los días. La mamá supo que su hija nunca estaría tan bien como cuando estuvo en su vientre. Ahí la sentía contenta, con los ojos cerrados, sin hacer algo. Dedicaba todo su tiempo en dormir y en escuchar los sonidos de afuera, esos que se daban en el entorno de la madre. La niña escuchaba el paso del camión del gas, con su cadena arrastrando sobre el asfalto; la niña oía la plática de su mamá cuando ésta iba al mercado y pedía un kilo de pechuga de pollo y la vendedora, mientras quitaba la piel a la carne de gallina, le contaba que a una de sus sobrinas la habían violado en un callejón la noche anterior; la niña escuchaba las carreras de los niños mientras jugaban a las escondidas en el sitio de la casa de la abuela; la niña oía el aleteo de las palomas, cuando la mamá les echaba granos de maíz en la plaza del parque, mientras las campanas del templo convocaban a misa; la niña oía el deslizamiento del lápiz mientras los niños hacían la tarea, la sirena de la ambulancia en madrugada, el estruendo del trueno a la hora en que el cielo se desgajaba, el paso lento de los rezos de la abuela en el oratorio de la casa, el jolgorio de una bandada de loros, el sonido de una bola cuando choca a otra en una mesa de billar, el chorro potente de un trailero que se bajó a orinar a orilla de carretera. Esto y muchos más sonidos escuchaba la niña mientras estuvo en el vientre materno, los escuchaba tenues, sencillos, afectuosos. Sólo se dedicaba a oír. Ella estaba calentita, protegida adentro de la pancita.
La mamá cuenta que su hija cambió mucho el primer día en que salió a la luz del aire exterior. Todos los sonidos que había escuchado a través de una campana protectora, se mostraron desnudos, brutales. La mujer paraguas desarmado escuchó el chirriar de las llantas de una camilla que llevaba, en el pasillo del hospital, a un herido en accidente vehicular; escuchó los lamentos del herido, sus quejidos, las voces de la esposa que le decía que no se preocupara, que todo estaba bien, que sus hijos estaban fuera de peligro, pero la esposa lo decía como si su voz saliera de un cristal quebrado, la voz salía llena de grietas, caían a un pozo profundo y el eco sonaba a libro deshojado.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que son como el cacahuate que no ha sido dorado en el comal y Mujeres que son como una coca cola tibia y sin gas.

jueves, 24 de mayo de 2018

DEFINICIÓN DE BANCO





Sí, lo sé. Lo primero que llega a la mente cuando escuchamos la palabra banco es la imagen de una institución bancaria. Esto es así (nos explican los que saben) porque los primeros banqueros, en Italia, usaban un banquito para sentarse y, en la calle, hacían operaciones financieras.
A mí me encanta la palabra banco, pero no la que alude a esas instituciones donde le prestan dinero sólo a las personas que tienen dinero y con ello garantizan el pago de intereses. ¿En qué mente socialista crece la idea de prestar dinero al que tiene dinero y no al que no tiene? En fin.
Digo que me gusta la palabra banco, pero la que designa al asiento. Joaquín (quien era socialista de hueso colorado) decía que cuando se sentaba en un banco siempre se pedorreaba; es decir, Joaquín usaba el concepto para pitorrearse de las instituciones bancarias y de sus honorables y distinguidísimos miembros de cuello blanco.
Los urbanistas saben de estas cuestiones, pero yo, en mi bobera (diría maestro Jorge) pienso que un espacio público está cojo si no tiene bancos. A mí me encanta hallar parques y plazas con bancos por doquier.
Me gusta ver a las parejas cuando caminan por los espacios públicos, pero me gusta más verlas sentadas en los bancos, platicando, comiendo una paleta de hielo o besándose. El banco es el espacio ideal para la pausa; es el pretexto para bajarse un instante del fragoroso tren. Como no tengo espíritu policial disfruto mucho cuando una muchacha bonita sube las piernas al banco y las enreda en su cuerpo como si hiciera un moño de regalo. Los espíritus policiales son aquéllos que amonestan: “¡Niña! ¿Esa es la educación que te dieron en tu casa? Baja los pies. Los bancos son para sentarse.” Los espíritus policiales (siempre con cara de doberman) creen que los bancos sólo sirven para colocar encima las sentaderas. ¡No! Los bancos son el columpio para el espíritu.
Vi la otra tarde una fotografía donde una chica (con playera y el cabello corto) estaba acostada sobre un banco en Central Park, en Nueva York. Ella tenía las plantas de los pies casi pegados al asiento, las piernas las tenía flexionadas y en las manos sostenía un libro que leía con atención. A mí me impresionó ver a una chica recostada sobre un banco en una actitud de gran armonía en una ciudad tan llena de trajín, como aquella urbe. Pensé que si los bancos de todo el mundo fueran tan pródigos como ese banco de Central Park el mundo fluiría con tranquilidad.
Los bancos del mundo, por desgracia, no son como los bancos de los parques y de las plazas. ¡No! Los bancos del mundo son castrantes y soberbios. Hay por ahí (todo mundo lo ha escuchado) un llamado Banco Mundial, que se abroga (como el nombre sugiere) ser el propietario de todo el mundo. Este banco es como un pulpo que ahoga con sus tentáculos a todos los cogotes del mundo subdesarrollado. No deja que alguien suba los pies o lo use para descansar o para leer. ¡No! Su lógica es sencilla, si el mundo deudor imita a Joaquín y quiere pedorrearse sobre él, este banco contraataca y caga al mundo. Vivimos en un mundo cagado por culpa de ese banco.
Y, de igual manera, hay millones y millones de personas que viven sometidas a los dictados brutales de los bancos.
El mundo olvidó que el banco, en un inicio, no fue más que un asiento para descansar, para colocar en el portal y sentarse a presenciar cómo el sol se ocultaba en el horizonte y matizaba el cielo con maravillosos colores.
A mí me encantan los bancos. Los que se encuentran en los parques y en las plazas. Esos que las personas emplean para dar una pausa de cristal a la vida.

miércoles, 23 de mayo de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE RECUERDA LA CARA DE DIOS





Querida Mariana: Hace muchos años, en Mérida, lanzaron la convocatoria para una Muestra de Fotografía que se llamó: “La cara de Dios”. La convocatoria era abierta a todos los fotógrafos, profesionales o amateurs. Por ser muestra no había premios. Un jurado elegiría cien fotografías para montar una exposición.
Estuve pendiente de los resultados. Al cierre de la convocatoria, la institución convocante manifestó que habían recibido más de dos mil trescientas imágenes participantes. A través del periódico informaron que el jurado (por la inesperada y motivadora respuesta) tardaría más tiempo del decretado en la convocatoria. No dijeron la fecha precisa para conocer resultados. Nunca supe qué desenlace tuvo dicha Muestra. Al parecer ya nunca se realizó. No sé por qué. En una ocasión llamé por teléfono, pero no respondieron. Insistí una y mil veces más y el resultado siempre fue negativo.
Yo no había enviado fotografía alguna. Estaba interesado por ver los resultados. ¿Cuáles -según el jurado- eran las cien fotografías representativas del rostro de Dios (en la Tierra)?
Pensé que un libro con tales fotografías resultaría muy interesante. Ayer, escuché que un amigo proponía hacer un concurso de fotografías, en Comitán. El tema sería: “¿Cómo ha cambiado la forma del agua?” (jugando con el título de la más reciente película de Del Toro). De igual manera retomaba la idea de Óscar Bonifaz, cuando publicó el libro “Semblanzas”. Dicho libro hace el contraste de fotografías tomadas en épocas diferentes, en los mismos lugares. “Semblanzas” es una lección permanente del cambio que sufren las ciudades y de la pérdida de identidad si dicho cambio no es controlado. ¿Cómo ha cambiado “la forma del agua” en Comitán? ¿Cómo eran los chorros de La Pila en 1950 y cómo son ahora? ¿Cómo (para decir el tristísimo lugar común actual) era el color de los Lagos de Montebello en 1950 y cómo son ahora? ¿Cómo es ahora el Río Grande? ¿Cómo el agua que recibimos (cuando recibimos) en la casa? ¿Cómo el agua de La Ciénega? ¿Cómo el agua que corría en la Calle del Resbalón?
Soltaron la idea del concurso, pero luego, a mitad de la segunda cerveza, la idea se fue diluyendo, ahora sí que como agua. Al final, los probables organizadores quedaron en nada. Alguien (creo que fue Pedro) dijo que, en Comitán, todo mundo reconoce la obvia diferencia: “Antes el agua fue un cristal de Dios, ahora es un monigote hecho de caca.”
Cuando escuché eso de “Cristal de Dios” me acordé de aquella muestra.
Lamenté que por algún motivo, nunca expresado, la Muestra no se realizara. No sé si algún participante se inconformó por la poca seriedad de la institución convocante. Como la convocatoria expresaba que no habría premio alguno, tal vez los fotógrafos participantes olvidaron el asunto, como se olvidan tantas cosas en este país.
Pero lamenté la cancelación de la Muestra. La sigo lamentando, porque pudo ser una Muestra muy bella, muy interesante.
¿Cuáles pueden ser las cien fotografías que sinteticen la cara de Dios? Sí, tenés razón. Cada imagen es como una esquina de ese rostro. Imagino que la Muestra pudo estar conformada con la foto de una oruga caminando sobre una rama húmeda; otra donde una mamá toma de la mano a su hijo para llevarlo a la escuela; otra donde un gatito se asoma por el cristal de una ventana; otra donde el papá le pega una bofetada al hijo que tiró la olla de frijoles; otra donde se advierte cómo el sol se oculta en el horizonte, mientras un barco de pescadores regresa a la playa; otra donde un cenzontle canta en la ventana de la casa de la abuela; otra donde, la misma abuela del cenzontle, riega granos de maíz a un montón de gansos; otra donde una madre coloca flores en la tumba de su hijo que murió en la guerra; otra donde un avión abre su panza y suelta una bomba nuclear sobre una ciudad de cien mil habitantes que, en ese instante, trabajan, caminan, toman una nieve, rezan, hacen el amor, estudian, ven una película, beben una cerveza con los amigos, pintan un cuadro, tocan el arpa en una sinfónica, sin saber que un minuto después terminarán abrasados. Sí, tal vez el jurado no pudo elegir cien fotografías, porque todas eran como una pieza de ese divino rompecabezas. Tal vez, en un instante sublime, se dieron cuenta que bastaba una fotografía para mostrar el verdadero rostro de Dios, una en donde estuviera la Nada, porque la Nada es el Todo.
Posdata: Siempre imaginé que debía aparecer una fotografía con una muchacha bonita leyendo. Porque si en la foto del niño que, lleno de lodo, corre con los brazos en alto celebrando un gol, es en la placidez y armonía de una chica leyendo donde la sonrisa de Dios es más auténtica, porque, estoy seguro, Dios es más feliz cuando su cara recibe el aire fresco y no cuando es azotada por la mano ensangrentada de la violencia.

martes, 22 de mayo de 2018

DEL CUENTO Y OTROS AJOS



Las autoridades del Museo de La Trinitaria me invitaron a dar una plática. Fue mi privilegio participar al lado del licenciado Diego Gordillo, quien disertó el tema: “Haciendas y hacendados”, y al lado del maestro José Luis Escalona, quien compartió el tema: “El sonido a través de la música regional”. Ambos conferenciantes hicieron brillantes exposiciones de sus temas. A mí me tocó hablar acerca del cuento. Paso copia del textillo que leí. Gracias.
DEL CUENTO Y OTROS AJOS
Me invitaron para hablar del cuento; es decir, me invitaron para hablar del prodigio de la vida. A muchos de ustedes, lo sé, les pasó lo mismo que a mí. Una tarde de lluvia, en que no tenía permiso de salir, mi abuela me dijo que me sentara a su lado y dijo que me contaría un cuento. Al principio, la lluvia me había molestado, porque había hecho que yo permaneciera como un canario enjaulado, pero conforme transcurrió el relato de mi abuela olvidé la lluvia, olvidé la calle, olvidé el motivo que me haría abandonar la casa esa tarde, y disfruté como nunca el cuento que me contaba mi abuela, que era el cuento de una niña que deseaba conocer el mar.
Mi abuela fumaba, así que esa tarde, yo veía cómo soltaba nubes de humo, como si su boca fuera una de las chimeneas de un barco, de esos barcos que navegaban por el río Amazonas, uno de los ríos más grandes y caudalosos del mundo.
A todas las personas, de todas las edades, de todos los países, les encanta escuchar cuentos, porque los cuentos son la puerta maravillosa que, cuando se abre, da a mil calles. ¿Pueden ahora ustedes imaginar cuántos cuentos se han contado en el mundo? Si ahora yo les preguntara acerca de sus cuentos favoritos, alguien podría mencionar el cuento del pollito al que le cayó una hoja seca del árbol y creyó que el cielo estaba cayéndose; o el cuento del águila que hizo volar a un elefante; o el del extraterrestre que se hizo amigo de una hormiga terrestre; o el cuento del delincuente que no tenía manos; o el cuento del avión sin alas. Miles y miles de temas que provocan miles y miles de historias, historias tristes, alegres, chistosas y dramáticas.
Dejen que les cuente que cuando era niño, a las revistas con monitos, las revistas que hoy se llaman cómics, les llamábamos cuentos. Así, todos los niños de los años sesenta crecimos leyendo cuentos. Los cuentos eran tan lindos, que nos aficionamos a ellos. En la Proveedora Cultural, que era un negocio donde vendían libros, periódicos y papelería, era frecuente encontrar más niños que en los billares o que en las canchas de básquetbol. En ese tiempo, los niños comitecos adoraban leer cuentos. Era tanta la afición que, en la feria de agosto, uno de los puestos más visitados era el que instalaba un señor de bigotes que rentaba cuentos. Los niños llegaban y buscaban entre las columnas de revistas las de Tawa, las del Diamante Negro, las de Chanoc, las de la Familia Burrón.
Muchos teóricos y analistas han estudiado la importancia del cuento. Ellos, los expertos, han elaborado teorías fantásticas acerca del por qué, durante siglos y siglos, los seres humanos nos hemos maravillado ante esas pequeñas historias. ¿Vale la pena acá repetir esas teorías iluminadoras? Creo que no. Y digo esto, porque cada uno puede, perfectamente, dar dos o tres argumentos por los cuales somos seducidos por los cuentos del mundo. Basta abrir un libro de cuentos para comprobar que las historias que ahí se cuentan nos divierten como pocas cosas en el mundo.
Permitan que les comparta un texto del libro más reciente del escritor turco, Orhan Pamuk, quien, gracias a contar historias de una manera sensacional, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 2006. Este libro es una novela. Cuenta la historia de un pocero (un hombre que se dedica a abrir pozos) y la relación con un joven aprendiz. Cuando terminan su jornada, el pocero, que se llama Mahmut Usta le cuenta historias al joven. Cuando leí esto me acordé de mi abuela. Mi abuela me contaba historias en la sala de la casa o en la cocina, junto al fogón donde Sara, la sirvienta, ponía a calentar la jarra de barro con el café.
Un día, los papeles se invierten y el joven aprendiz le cuenta una historia al viejo Mahmut Usta. Le cuenta, nada más y nada menos, que la historia de Edipo, el rey griego. El escritor Pamuk lo cuenta con tal pericia que esta síntesis tiene todas las características de un cuento. ¿Me permiten que se los lea?
(NOTA: Acá leí la síntesis prodigiosa que Pamuk realizó en esta novela.)
¿Qué tal? ¿Verdad que es fascinante? Mi abuela se sentiría muy feliz al ver que ahora se invierten los papeles y que es su nieto quien cuenta los cuentos, de la misma manera que el joven aprendiz le contó la historia al maestro.
El cuento de la niña que quería conocer el mar terminaba cumpliéndole su deseo. Una tarde llegó un circo al pueblo y la mamá de la niña la llevó y le dijo que el hombre, con saco rojo que apareció en la pista, montando un elefante, era su abuelo. Cuando la función terminó el abuelo dijo que el siguiente pueblo que visitarían era Arcadia, un pueblo que se levantaba al lado del mar. La niña, entonces, le pidió al abuelo que la llevara y el abuelo dijo que sí. La niña conoció el mar y se hizo trapecista y conoció muchos lugares. El fin del cuento cuenta que la niña, junto con el abuelo, la madre y los cirqueros, suben a un barco porque irán a Europa, desde América, ya que el abuelo firmó un contrato para presentarse en las ciudades más importantes de aquel continente. Como si fuese una imagen de cine, se ve cómo el barco se aleja en el horizonte, a la hora que el sol se oculta. En la baranda de proa se ve al abuelo abrazando a la hija y a la nieta y se alcanza a ver la cabeza de un elefante que asoma desde un hueco.
¿Para qué queremos teorías acerca del cuento? Para nada. Ahora y siempre, los lectores y los escuchas, tienen suficientes elementos para decir por qué los cuentos han jugado un papel importante en el desarrollo intelectual del mundo. Bastaría decir que los cuentos estimulan la imaginación y que la imaginación es la que, desde siempre, ha movido al mundo. Los avances tecnológicos que ahora tanto nos sorprenden, como los teléfonos celulares y el Internet, nacieron de mentes que imaginaron tales maravillas. Sin duda que esos genios tuvieron el estímulo de los cuentos cuando eran niños.
(En la fotografía aparecen: el licenciado Gordillo, el maestro Escalona, y el moderador.)

lunes, 21 de mayo de 2018

¿Y SI HACEMOS UN TRATO SEÑOR CANDIDATO, SEÑORA CANDIDATA?




A la atención de: Mario A. Guillén Domínguez,
Francisco Javier Paniagua Morgan, José Luis Sánchez García,
Hugo Antonio Espinosa López, María de Lourdes Gómez Cancino,
José Gustavo López García, Emmanuel Cordero Sánchez
y Francisco Javier Avendaño Pérez.

¡Va! Hagamos un trato. Usted necesita mi voto para llegar a la presidencia municipal de Comitán. Sé que en cuanto comiencen las campañas llegará a mi casa, me saludará y sonreirá. Sé que prometerá que terminará con la inseguridad en calles y domicilios particulares; prometerá que resolverá el problema ancestral del agua. Sé que dirá que las calles estarán iluminadas en las noches y que desaparecerán los baches. En fin, señor candidato, señora candidata, usted llegará a prometer lo que todo ciudadano de a pie demanda de su autoridad. Hará su promesa porque necesita mi voto. ¿Y qué tal que hacemos un trato? ¿Qué tal que comenzamos esta relación antes de la votación? Con ello sabré, como dice el poeta, “si podré contar con usted”. Porque, usted sabe, esta historia es cíclica. Los candidatos, amabilísimos antes del voto, se olvidan de lo prometido en cuanto consiguen su objetivo. Si me doy cuenta que podré contar con usted, entonces, sin duda, tendrá mi voto.
A ver, le cuento: En ciudades civilizadas de todo el mundo existe un movimiento prodigioso donde las bardas y paredes exteriores de edificios se llenan con imágenes pintadas por artistas de la calle (grafiteros) Sí las ha visto, ¿verdad? Por favor diga que sí. Bueno, si no es así, le pido, por favor, que le diga a uno de sus asesores de campaña que busque en el Internet y le muestre imágenes de lo que estoy hablando. ¡Es más, el pueblo prodigioso que se llama Juchitán, en Oaxaca, está llamando la atención del mundo, porque hay más de quince murales exteriores que representan a los ancianos del pueblo! ¡Esto es un maravilloso homenaje a la tradición, es un reconocimiento a las raíces de las ceibas que forman las comunidades! Todo esto es realizado por jóvenes artistas callejeros, quienes han encontrado en las bardas una forma de expresión.
Usted tal vez no lo sabe, pero lo que hacen los chavos es un rescate de espacios públicos. Ellos no comenzaron a usar las paredes, el grafitti lo empleó el partido político que lo abandera, con mucha anterioridad. Antes, mucho antes que los muchachos “pintarrajearan” las paredes, su partido lo hacía. Y lo hacía con la estrechez de límites que caracteriza a los partidos políticos.
Si yo le mostrara una fotografía con el mural que acá se ve (la fotografía la tomé en la octava avenida, en el barrio de El Cedro) y le mostrara una fotografía con una barda pintada con mensajes de candidatos, ¿cuál diría que es más digna? No sé qué respondería, porque ya la Biblia nos enseñó que “De todo hay en la Viña del Señor”.
¿Quiere que le diga cuál fue la votación de una mini encuesta que realicé con diez personas? ¿Sabe qué me dijeron? ¡Sí, claro! ¡Sí lo sabe! Las diez personas (de diversas edades, todas en edad de votar. Digo esto para que vea que responde a sus intereses.) prefirieron esta fotografía. Dijeron que era mucho más digna que las bardas de los políticos. ¿Advierte qué opinan los posibles votantes?
Va, pues, hagamos un trato. En esta ocasión, usted nos cambia sus comunes bardas chocantes por murales como el de la fotografía.
¿Por qué no contrata a muralistas callejeros para que pinten las bardas donde quiere mandarme un mensaje para que vote por usted? Hay muchos jóvenes comitecos que realizan estos murales. Todos (hasta el chavo que pinta de manera más regular) tienen una propuesta interesante.
¿Por qué no implementa un programa similar al que realizan en Juchitán y manda a pintar los rostros de nuestros viejos comitecos?
Ya sé que ahora (en caso de que leyera esta Arenilla) está pensando que su mensaje se perdería. ¡No, no! En una esquina inferior, usted puede mandar a colocar el logotipo de su partido político y un mensaje que más o menos diga lo siguiente: “Yo, fulano de tal (o fulana), apoyo a la juventud de Comitán”. Y ahora sí que como dijera aquel gobernante de cuyo nombre no quiero acordarme. Tendríamos, desde antes de las elecciones: “Hechos y no palabras”, porque, usted no está para saberlo, pero sus asesores sí para contárselo, el pueblo de Comitán cada vez se molesta más con las promesas incumplidas.
¿Y si hacemos un trato, un trato donde la palabra recupere la dignidad que tuvo antaño en este pueblo maravilloso que usted desea dirigir?
Usted no lo va a creer, pero hay bardas pintadas por candidatos que han permanecido así durante muchísimos años. El otro día me topé con una barda donde un candidato prometía que Comitán sería diferente. La barda pintada tiene más de quince años. ¿Usted sabe lo que es esto? ¡Más de quince años! El candidato no ganó, pero nos dejó su nombre grabado en la barda, como si su nombre fuera un nombre digno de recordarse por toda la eternidad.
Considero que esto último es una burla para el pueblo. Usted, asumo, no quiere burlarse de nuestro pueblo. ¿Verdad que no? Las bardas pintadas, en esta ocasión, servirán para promocionar su imagen durante un mes. ¡No más! Pregunto: ¿Qué pasará cuando pase el día de elección? ¿Se quedarán esas bardas pintadas para siempre? ¿Usted cree que esa contaminación visual sea algo justo para este pueblo digno?
Así que, le pido (con diez o doce días de anticipación) que considere mi propuesta: ¡Hagamos un trato! ¿Va a pintar bardas? Mande a pintarlas con imágenes bonitas de Comitán, de su gente; mándelas a pintar con mensajes luminosos e iluminadores; mándelas a pintar con mensajes que recuperen nuestra tradición cultural. Comience a distinguirse, a demostrarme que usted piensa diferente, que usted desea cambiar en forma positiva a Comitán.
Sé que usted, señor candidato, señora candidata, no leerá esta Arenilla, porque usted está centrado en su campaña política, pero espero que alguno de sus asesores la lea y se la comparta.
Pronto, Comitán se llenará de comunes y (perdón, por decirlo) fastidiosas bardas pintadas que contribuirán a la contaminación visual que cada vez nos abruma más.
¿Y si hacemos un trato? Yo, cumpliendo con mi obligación ciudadana de votar por quien quiera a Comitán y usted haciéndolo más digno.
Alguien dirá que ante los problemas urgentes del pueblo esto es cosa mínima, pero recuerde La Teoría de las Ventanas Rotas. Si usted me demuestra que está atento a las minucias, sabré que estará pendiente de las grandes responsabilidades.
¿Quiere mi voto? ¡Hagamos un trato! Demuéstreme que ama al pueblo donde usted y yo nacimos y ¡vamos para adelante!

sábado, 19 de mayo de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE HAY AVISO DE LLUVIAS




Querida Mariana: Me topé con este aviso preventivo: “¡Cuidado! ¡Está cayendo mezcla!”. Los constructores pensaron en los peatones y colocaron una especie de espantapájaros en territorio lleno de cemento.
Agradecí el aviso. Lo agradecí porque en este país padecemos una gran carencia de señales preventivas. En las carreteras, por ejemplo, existe muy poca señalética vial. El martes pasado fui a la comunidad Carmen Shan. Una amiga me dijo que la entrada estaba en la comunidad Lázaro Cárdenas. Cuando llegué a Cárdenas tuve que preguntar con una señora qué camino debía seguir para llegar a Carmen Shan. No había ni una miserable tablita que indicara el camino.
Algo similar existe en las instituciones públicas. Hay muchas que carecen de croquis informativos. ¡Señorita, señorita, ya me gana, necesito saber en dónde están los sanitarios! No, joven, yo no trabajo acá. Yo estoy buscando el departamento de quejas. ¡Uf! Qué calamidad.
Por eso agradecí el aviso de los constructores. Alertaba acerca de una lluvia de mezcla. Lamenté que días antes no existiera un aviso preventivo similar en el parque de San Caralampio. Te cuento: Compré unos esquites en el parque central y decidí ir a comerlos a La Pila. Me gusta escuchar el sonido de los chorros de agua. Después de cerrar los ojos y extasiarme con ese andar húmedo, en puntillas, decidí sentarme en las gradas del templo. Para no molestar a los fieles que entraban me senté en un extremo, donde está una columna gruesa. Me senté y comencé a disfrutar los esquites (vos sabés que los pido sólo con un poco de limón y un poco de sal). Dos palomas volaron y se posaron en el piso. Aventé un granito de maíz. Una parvada salió quién sabe de dónde y se acercaron a mi espacio temporal. Aventé otro granito. Se lo disputaron. Aventé más. Mientras aventaba un grano comía diez. ¡Ah, qué ricos! Estaba divertido, emocionado. Me sentía casi casi como si estuviera en la Plaza de San Marcos, en Venecia. Cuando, sin decir agua va, una plasta verde, ligosa, líquida, me cayó sobre el hombro. ¡Ah, qué chubasco de caca de paloma! El Sindicato de Palomas de La Pila no tuvo la atención de poner un letrerito que indicara: “¡Cuidando! ¡Está cayendo caca de paloma enferma!”, porque la coloración y la cantidad que me cayó del cielo era inusual. Veo a las esculturas que son cagadas por palomas y las veo con unos ligeros lunares blancos. Me levanté de inmediato y fui a los chorros a buscar un poco de agua. Por fortuna comprobé aquel viejo dicho que dice: “La caca de paloma ni huele ni hiede”. Ahora, procuro sentarme en un lugar donde no haya alguna paloma acurrucada en la cima de una columna gruesa.
De lo que te cuento se colige que hay las normales lluvias de agua (con granizo incluido, en ocasiones), lluvias de caca de paloma y lluvias de mezcla. Pero, la ciencia nos advierte que también (¡qué pena!) hay lluvias ácidas.
De las lluvias mencionadas se ve que sólo la lluvia normal es bendición, todo lo demás es nefasto. Por eso, pensé en lluvias que tienen la sonrisa del mundo. Me cuentan que en algunas iglesias hay algo que se llama lluvia de textos bíblicos y eso se me hace genial. Lo mismo sucede con los maestros que en las aulas provocan lluvias de ideas. ¿Mirás qué concepto tan bonito? ¡Lluvia de ideas! Pero hay más lluvias bondadosas, lluvias generosas que se alejan de esas lluvias de mezcla o de caca de paloma que ensucian la ropa y el ánimo. Por ejemplo, ahora, pienso en una lluvia de confeti. ¡Ah, qué alegría, que jolgorio! Pienso en la lluvia de pétalos que los amados sueltan desde los balcones a sus muchachas bonitas. Pienso también en la lluvia de hojas secas que crea alfombras de colores sugerentes. Pienso en la lluvia de canciones que los muchachos de antes desgranaban en los balcones de sus amadas, cuando les llevaban serenata con marimba.
El mundo debe inventar más lluvias generosas. Lluvias que compensen las lluvias ácidas que se dan en el mundo. Una vez, leí un cuento alucinante (basado en un hecho real), donde en un poblado de la costa italiana ocurría una lluvia de peces (ya pescados). Nada presagiaba el hecho, la mañana era luminosa, de pronto los techos de las casas y las calles se llenaron de cientos de pescados que caían, literalmente, del cielo, como si los peces hubiesen tenido alas y hubieran decidido dejar el mar y darse una vueltita por el centro del poblado. Creo que esa lluvia no fue tan desastrosa, tal vez hubo dos o tres personas que salieron con sus sartenes, echaron dos pescados, los frieron en casa y dijeron: “Esto fue el maná que Dios nos envió”.
¿Qué clase de lluvias te gustaría? Creo que los niños de dos años de edad, cuando se acuestan tienen lluvia de sueños placenteros. A veces he visto a Luisa (que tiene un año de edad), acostada en su cuna, bien tapada con colchas de color rosa, con la carita viendo hacia el cielo. Sonríe. ¿Por qué sonríe? Porque, sin duda, una lluvia de imágenes gratas están pasando frente a su memoria: gorriones saltando de una a otra nube; unicornios bañándose en riachuelos de agua pura; gatitos que cantan un aria de Bach; un grupo de conejos que, sobre el escenario de Bellas Artes, interpreta la Quinta Sinfonía de Beethoven.
Al mundo le hace falta lluvias de arco iris; lluvias de sonrisas de colibríes; lluvias de historias fantásticas; lluvias de caricias de madres para sus hijos; lluvias de atenciones para las viejitas que siguen prodigando vida en las casas, a pesar de que se desplazan apoyadas en bastones cansados.
Rosario dijo una vez, en broma, por supuesto, que lo que sí sería una tragedia, sería que los elefantes volaran y hubiera una lluvia de su popó. Con una cara de limón agrio preguntaba: “¿Imaginan la pestilencia?”.
Agradecí el letrero de los constructores. Ellos estaban trabajando en el segundo nivel de un edificio y repellaban la pared. El movimiento de repello es formidable: el albañil se convierte en un tenista y, con gran maestría, mueve la cuchara como si devolviera la pelota con una raqueta. La mezcla queda pegada a la pared, pero hay restos de mezcla que tienen la vocación de suicidas y se avientan al vacío. Si la gente que camina no tiene precaución puede terminar con la chamarra llena de mezcla, de igual manera que mi chamarra quedó llena de caca de paloma.
Agradecí el letrero de los constructores, porque, a final de cuentas, resultó ingenioso. Si mirás bien verás que la base es un bote lleno de arena donde hincaron un palo y sobre éste colocaron una camiseta roja. El color no es gratuito. Todo mundo sabe que es el color preventivo por excelencia. En las vialidades de las ciudades civilizadas hay semáforos donde la luz roja indica Alto. Acá el color de la camiseta (muy visible) funciona de igual manera, dice: “Peatón, hacé favor de tener cuidado. Caminá por la otra banqueta para que no te vayás a llenar de mezcla.”
El mojol fue el sombrero (que funciona a manera de casco, de esos que acostumbran en las grandes construcciones). El mensaje está completo. Luis, que a todo le encuentra, me dijo que no estaba de acuerdo, dijo que las letras estaban pintadas de un color muy tenue. Dijo que una viejita se iba a acercar para ver qué decía el letrero y a esa hora iba a caer un kilo de mezcla. Tal vez Luis tenga razón y para la otra, los constructores pinten un letrero más visible, uno donde el mensaje se distinga desde muy lejos. Sí, ahora que lo pienso mejor, Luis tiene razón. Los letreros preventivos deben ser claros y escritos con letra grande para que sean efectivos. En Chiapas hay la costumbre de colocar letreros en las carreteras que dicen: “Tope, ¡aquí!”. Es una estupidez.
Hay lluvia de piedras, lluvia de mentadas, lluvia de enojos. Hacen falta más lluvias afectuosas. Por ejemplo, ahora pienso que un día de estos una garza sobrevuela los cielos de Chiapas y suelta una lluvia de poemas envueltos en nubes. Los poemas son de Quincho Vázquez, son poemas que nos recuerdan la majestuosidad con que él envolvía el papel de china de su diccionario.
Posdata: Hacen falta lluvias de palabras luminosas e iluminadoras. Estamos llenos, sobre todo en estos últimos tiempos, de palabras huecas lanzadas de manera indiscriminada por los políticos. Hacen falta lluvias de palabras que huelan a menta, que tengan la luz de las veladoras del oratorio. Hacen falta lluvias de palabras que nos digan que un mundo mejor es posible. Hacen falta lluvias de palabras que contengan el dulce de las paletas de chimbo y el sabor único de los panes compuestos. Como dijera el cantautor: “Que llueva café”. Sí, que llueva la sonrisa de Dios a mitad de los campos.

viernes, 18 de mayo de 2018

POR LAS FONDAS DEL MERCADO




El hilo negro ya está descubierto: En los mercados de México está la esencia de la cultura popular. Ahí donde los aromas son pájaros sin alas; ahí donde los olores a ajo, a chile, a mole, a frijoles, a café, se enredan en el ventrículo izquierdo del espíritu está el centro del corazón.
¿Quién, de niño, no acudió a un mercado, tomado de la mano de la mamá, y se asombró con ese árbol lleno de colores, sabores y aromas? ¿Quién, de niño, no estiró la mano para cortar una hoja de menta y llevársela a la nariz? ¿Quién no alargó la mano y robó un pedazo de chicharrón, de ese chicharrón de cáscara que se deshacía al contacto con la saliva? ¿Quién no escuchó las voces de las mercadoras ofreciendo queso, atol de granillo, chile piquín, aguayón, quesadillas de flor de calabaza, frijol de enredo, tamales de bola, chinculguajes, jocoatol, maíz de guineo, arroz con leche, palmito o café?
A mí, de niño, me horrorizaba ver las ensartas de chorizo y los colgajos de carne salada llenas de moscas. Las moscas parecían nacer de esos alargados amasijos. Pero el horror era simple. Apenas me provocaba cierto escozor en mi ideal estético. Más temor me causaba ver una cabeza de cuch colgada de un garfio, como el del capitán del mismo nombre. Pero también era un horror pasajero, porque eran más las bondades que el mercado reservaba para la mirada. Me molestaba pasar por las carnicerías. El olor, casi peste, de las carnes expuestas, de cuch y de res, me provocaba arcadas, pero caminaba cincuenta pasos y me paraba al lado de los puestos donde vendían fruta y los aromas de mangos, piñas y manzanas eran el bálsamo suficiente para la armonía. Si Gabriel García Márquez dice que la guayaba sintetiza el trópico, yo digo que el aroma de la lima de pechito sintetiza a Comitán.
Me encantaba ver cómo, de una hoja verde de plátano, aparecía un queso blanquísimo, lo veía como veía aparecer la semilla del chayote. La blancura del queso era como el alma de la hoja de plátano. Este prodigio sólo se daba en el mercado, porque ya en la casa, Sara pasaba el queso en trozos pequeños sobre un plato de cerámica. Yo intuía que el queso era una cosa en casa y otra en el mercado. En el mercado estaba puro, era una imagen virgen. La quesería olía a queso, a leche, a mantequilla, a crema, a hierba, a vaca mugiendo en la finca San Nicolás que atendía mi tío Ramiro. En casa, el queso trozado perdía su preeminencia y se confundía con los aromas del chocolate, del huevo con chorizo, del frijol, del café, del pan y de la leche calentita. En el mercado, todo estaba como están distribuidos los estambres en el gabinete de madera que tiene mi mamá. El mercado era una caja enorme con múltiples gavetas donde cada una de éstas conservaba un aroma especial que no se confundía con algún otro. Cuando me acercaba con mi mamá al puesto donde vendían el café mi nariz se llenaba de ese aroma que se potenciaba en el fogón, adentro de la olla donde hervía.
El mercado es el lugar donde aprendemos a reconocer la esencia de la vida. Es como un gran árbol lleno de pájaros, donde éstos tienen los aromas más sublimes, los cantos más rotundos, los sabores más llenos de aire.
Ahora de viejo sigo frecuentando los mercados. En mi pueblo voy al Primero de Mayo y a la Central de Abasto. Me detengo ante los puestos, ramas de árbol maravilloso, y escucho el parloteo de las aves que ahí se concentran. ¡Ah, qué deleite! ¡Qué guateque sonoro tan impresionante!
¡Que nadie invente el hilo negro! ¡Ya está inventado! Los mercados sintetizan la cultura de los pueblos.

jueves, 17 de mayo de 2018

DEFINICIÓN DE CUATRO




Los expertos en literatura de Julio Cortázar tal vez puedan orientar acerca de una probable afinidad del escritor por el número cuatro.
El número cuatro es un número un tanto relegado en el mundo. Desde que se supo que el mundo no era una superficie rectangular, el cuatro perdió su hegemonía.
En las escuelas nadie lo menciona. Los alumnos desean obtener diez (aunque no se lo merezcan). De no ser posible la calificación máxima comienzan a conformarse con un nueve o con un ocho. Cuando la situación es alarmante, los alumnos encuentran en el siete un asidero maravilloso. Y ya, cuando todo es negro como la situación de un país de cuyo nombre no quiero acordarme, el seis tiene una luz que es iluminadora.
La situación escolar se mueve entre el anhelado diez y el odiado cinco. ¿Quién habla del cuatro? ¡Nadie! Desde el sistema educativo, tal número fue casi casi eliminado.
Menos mal que el pueblo sigue conservándolo, aunque sea en frases como “Le pusieron un cuatro”; es decir, le tendieron una trampa. Ah, pobre cuatro. Sirve como sinónimo de trampa.
Los triángulos se volvieron más interesantes que los cuadrados y que los rectángulos. No hay más cuadrado que el cuadrado y no hay más rectángulo que el rectángulo. Por el contrario, el triángulo se da el lujo de ser escaleno, equilátero e isósceles. Lo que diré a continuación no tiene algo que ver con lo tratado, pero ahora que escribí lo que escribí recuerdo que en Tuxtepec, Oaxaca, conocí a un muchacho que despachaba en una vinatería y que cuando le pregunté cómo se llamaba dijo: Me llamo Isósceles. Pensé que había escuchado mal, insistí y él insistió. Su nombre era Isósceles. Cuando subí al carro y comenté, asombrado, el asunto, María dijo que su papá lo bautizó con tal nombre porque él se llamaba Escaleno. Reímos. Mientras el carro se desplazaba por la carretera que parecía exudar vapor, por tanto calor, pensé que, sin duda, el muchacho era objeto de mil burlas, pero luego Rodrigo dijo que no, que no era cierto, que, sin duda, el muchacho había sido quien se burló de mí. ¿Cómo podía creer que alguien tuviera ese nombre? Ahora que recordé esto, pensé en lo que me dijo Rodrigo y pensé que, tal vez, el muchacho me había puesto un cuatro.
Mi tío Joaquín siempre compraba planas de cachitos de lotería, en número que terminaba en cuatro. Jamás obtuvo un premio mayor, siempre debió conformarse con premios de poca monta. La tía Eugenia, su esposa, siempre insistió que él debía cambiar de número, le sugería el nueve. La tía aseguraba que el número cuatro es un número de mal agüero. ¿Qué no había leído lo que se decía de las cuatro plagas que invadieron Egipto? Cuando el tío le decía que no fueron cuatro sino diez, la tía hacía más polvo con su escoba y decía que entonces no eran las plagas, sino las cuatro maravillas del mundo. El tío ya no se atrevía a rectificar el número de las maravillas, porque, sin duda, la escoba pasaría de barrer el piso a barrer su espalda. Al final, el tío le dio la razón a la tía, el cuatro no le había prodigado el premio esperado. Dejó de comprar las sábanas de costumbre y sólo para no perder ésta compraba un cachito cada semana. Cambió al nueve. Bastó un mes para que el tío leyera en el periódico, emocionado, que el premio mayor coincidía con su cachito. La tía entonces sí cogió la escoba y la despedazó en la espalda del tío. ¿Por qué no había comprado un entero?
Incluso el diccionario de la Real ha sido discriminatorio con respecto al número cuatro. ¿Saben cómo lo define? De la siguiente manera: “Tres más uno”. ¡Ah, el presuntuoso tres no lo deja respirar!

miércoles, 16 de mayo de 2018

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




Muchos, en Comitán, conocen a esta niña. ¡Es Renata! Ella tiene pocos días de nacida. Sin embargo, su mamá (cariñosa) ya le puso unos aretes en forma de corazón, para que este símbolo sea como la tea que guíe sus pasos por esta vida.
El corazón es símbolo del buen deseo. Todos los niños del mundo son recibidos con ese símbolo. Los niños recién nacidos lo sienten latir cuando, por primera vez, su madre los abraza.
Cuando vi esta fotografía pensé que, sin ser de un profesional, era una foto simbólica; es una foto que sintetiza el mundo de los recién nacidos.
Renata, después de un baño con agua calentita, en brazos de una persona amada, sintiéndose muy segura, se acerca a la ventana del mundo y lo mira por primera vez. Su carita muestra el asombro que mostramos todos cuando vemos algo que no imaginábamos. Acá está el mundo frente a ella, como dándole la bienvenida.
Los recién nacidos se asoman a la ventana y ven la maravilla del universo y desean volar por sus cielos. Sin embargo, los adultos sabemos que el mundo tiene grietas, por eso, para que el corazón sea un árbol lleno de pájaros alegres, la mirada del recién nacido debe ser llenada con imágenes agradables. Por esto, en la ventana de Renata deben colocar un cenzontle, para que sepa que la vida está asegurada cuando el ser humano escucha el canto de un pájaro en la mañana. La ventana de Renata debe tener una torre Eiffel, para que sepa que el mundo tiene ciudades bellas como París y que ella debe llenar sus ojos, no con lágrimas, sino con el agua luminosa de todos los ríos del mundo. Su ventana debe tener las imágenes de sus padres, de sus bisabuelos y abuelos y tíos y primos, para reconocer que el árbol de la vida está sustentado en las raíces de la tradición; su ventana debe tener una imagen del universo, para que ella sepa que siempre hay más cosas de las que alcance a apreciar y a palpar, debe reconocer que la infinitud es apenas el misterio donde juega Dios.
Vi la fotografía y vi a Renata con su carita en la misma posición con que un aficionado a la lectura revisa los títulos en los libreros. Por eso, pensé que su ventana debe tener una imagen de Bach, para que ella escuche los pasos de Dios a la hora que camina por los pentagramas del mundo; pensé que la ventana de Renata debe tener un libro que resuma todos los libros bellos del mundo, los que cuentan las mejores historias, las que nos hacen soñar, las que nos estimulan a pasear en alfombras voladoras.
Recién salida del agua calentita, extensión del líquido amable donde nadó durante nueve meses en el vientre materno, Renata nos regaló la mirada inocente que tienen todos los niños al nacer. Ella está recostada en un brazo, que es como la curvatura del arco iris.
La ventana de Renata debe tener lo que tiene la casa del aire, debe tener la luz afectuosa que tiene el templo a la hora que Dios juega el eterno juego de la vida. La ventana de Renata debe tener un dulce de panela, una flor para que libe el colibrí, un puente para cruzar de lo oscuro a la luz, un huerto donde la mano alcance el fruto, un río donde el barco del sueño bogue sin riesgo. La ventana de Renata debe ser luminosa e iluminadora.
Por el momento, se ve que su ventana está llena de amor. El corazón que está en el lóbulo y está a mitad del patio de su cuerpecito, debe ser el faro que guíe todos sus pasos, pasos que deben seguir las huellas limpias que han sembrado sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos y los demás pájaros bondadosos de su árbol mayor.

martes, 15 de mayo de 2018

CARTA A MARIANA, CON PALABRA LUMINOSA




Querida Mariana: ¿Vos has oído alguna vez la palabra Nicanshoyom? ¿Nunca? ¿En serio? Es normal. La quisieron enterrar y estaba empolvada, pero ahora, por fortuna, vuelve a brillar. Ojalá brille por mucho tiempo, por siempre.
Dicen que cuando murió Benito Juárez, la república se deshizo en homenajes hacia él. Una ciudad llevó su nombre, así como decenas de escuelas y parques (el parque central de Comitán lleva su nombre. Por eso, muchos dicen que las autoridades municipales no honran la memoria del héroe, porque el parque está para llorar. Pero parece (qué ironía) a las autoridades la opinión del pueblo le hace lo que “el viento a Juárez”.)
Algo similar sucedió con Belisario Domínguez. En nuestro pueblo (pueblo en que nació el héroe) hay calles, escuelas, sitios de autos de alquiler, su casa museo, un auditorio de trescientos millones de pesos y una colonia con su nombre. Además, la ciudad se llama Comitán de Domínguez, en su memoria. Tío Belis no se puede quejar, tiene muchos motivos para estar presente en la memoria histórica. Los jóvenes también se apoderan de su imagen. Frente al parque central ahora hay un restaurante que se llama “La esquina de Belisario” y este Belisario no es otro que nuestro héroe, porque el logotipo de la empresa muestra el rostro de don Belisario Domínguez. Estos jóvenes empresarios comitecos (como debe ser) le restan un poco de pomposidad al nombre y le botan el don y lo tratan de tú (de vos): Belisario, para hacerlo más cercano. Total, medio Comitán le ha dicho tío Belis al héroe.
La clase política tiene mil motivos para entronizar la memoria de los héroes. Esto fortalece el nacionalismo y la estructura de autoridad. Ellos se abrogan el poder de cambiar nombres. Un día (tal vez los cronistas tienen el dato preciso) el barrio que se llamaba Nicanshoyom cambió su nombre por el de colonia Belisario Domínguez; de un solo plumazo, el barrio se convirtió en colonia y dejó su nombre original y adoptó el del héroe.
Sí, son los excesos del poder, son los contrasentidos, y digo esto porque don Belis ya tenía suficientes túmulos para recordar su memoria. ¿A quién se le ocurrió borrar el nombre maravilloso de Nicanshoyom? No lo sé. ¿Por qué se permite en Comitán tales atropellos?
Por fortuna, ahora, jóvenes emprendedores rescataron el nombre. En el corazón de la colonia Belisario Domínguez, inauguraron una cafetería, que vende café, snack’s y lunch. ¡Ah, me encanta ese desplante y ese orgullo por las voces originales! En la patria mexicana hay decenas de espacios que se llaman Belisario Domínguez. Sólo había un barrio llamado Nicanshoyom (un día de estos le preguntaré a Amín Guillén, experto en estas voces, el significado de tan hermosa palabra).
Sólo había un Nicanshoyom y las autoridades intentaron enterrarla, para que sólo los nombres de los héroes mexicanos brillen en el calendario de nuestra memoria. Pero he acá que jóvenes emprendedores ha desempolvado el nombre y lo hace brillar con luz propia.
Espero que su negocio sea exitoso, que mucha gente llegue y que en los celulares y en las redes sociales aparezca la siguiente leyenda: “Estoy en el café Nicanshoyom”. Con esto, lo digo con mucho respeto, pero con gran convicción, al nombrar espacios con nombres auténticos se hace más patria que al bautizar colonias con nombres de políticos.
En Comitán hay una escuela secundaria que se llama “Juan Sabines Guerrero” y hay un fraccionamiento que también lleva el nombre del ex gobernador de Chiapas. No sé, pero no creo que los estudiantes de esa escuela o los habitantes de ese fraccionamiento se sientan muy orgullosos al conocer la biografía mínima del personaje en cuestión.
Advierto (como todo mundo) que los propietarios de este espacio tuvieron la libertad de nombrar a su negociación con cualquier nombre, pero (en buen momento) eligieron un nombre comiteco auténtico.
Posdata: A mí me encanta esa mezcla de vocablos, habla de una mixtura de culturas en tiempos de globalización. En lugar de decir botana o tentempié o canapés o bocados, está la palabra snack al lado de la palabra Nicanshoyom. Tal conjunción prodigiosa no se verá más que en este pueblo y esto habla de un rasgo de verdadero orgullo.
Bien por los jóvenes que emprenden negocios y nos devuelven rasgos de identidad.

lunes, 14 de mayo de 2018

SE LA CLAVÉ




Quienes ignoran la ortografía no advierten que la tilde hace diferencia. En el Facebook aparece, con cierta frecuencia un ejemplo que es rotundo: “Sé la clave” o “Se la clavé”. ¡Claro!, la tilde hace la diferencia. Si jugamos tantito podemos decir que en el primer caso hay una persona que sabe cómo abrir la caja fuerte; y en el segundo, hay una persona que fanfarronea por haber hecho suya a la muchacha que desea medio mundo (dije que jugáramos). Rocío (quien también es juguetona), cuando está con sus amigos tomando una cerveza, siempre pregunta: “¿Qué diferencia hay entre lástima y lastima?”. Cuando algún inocente dice que es la tilde, ella dice que no, que la diferencia entre alguien que da lástima y alguien que lastima son ¡treinta centímetros! A veces, el inocente sigue sin entender, mientras los demás festejan la procacidad de Rocío.
El tío Andrés siempre puso un ejemplo menos prosaico. Él decía que no era lo mismo escribir “Mirada lúbrica”, que “Mirada lubrica”, y nos preguntaba si entendíamos la diferencia. Antes que alguien hablara él explicaba que esa era la diferencia entre un verdadero seductor y un pobre perverso.
Sí, entendíamos. El tío decía que nosotros (estudiantes de bachillerato) debíamos aspirar a evitar lo primero; decía que las miradas lúbricas son propias de seres menores. A las chicas, nos explicaba, no les gusta esas miradas. Ellas se sienten ofendidas, amenazadas. En cambio, quienes tienen una mirada lubrica, las deshacen con un sutil encanto.
Romeo (quien siempre fue el más inocente de nosotros, pero también el más sagaz para cuestiones de ortografía) decía no entender lo que el tío explicaba, porque la segunda expresión era incorrecta. Lúbrico es un adjetivo, por lo que mirada lúbrica estaba bien dicho, pero mirada lubrica era una incorrección, ya que lubricar es un verbo.
Nosotros nada le decíamos al tío, porque sabíamos cuál era su intención. El ejemplo se nos hacía muy bello.
Yo, por desgracia, por más que lo intenté, nunca logré evitar la primera. Cuando veía a una muchacha bonita en el parque, con blusa de escote generoso, mi mirada era lúbrica. ¡No podía evitarla! Era (perdón por el ejemplo tan burdo) como los ojos que ponía mi prima Amanda cuando le ponían un pedazo de pay de queso frente a ella. Su mirada derramaba saliva, que era como baba de diablo.
Una tarde, que estaba solo con el tío en la cocina de su casa, mientras tomábamos café y comíamos tostadas, el tío me dijo que él, cuando era joven, era muy lúbrico, pero comenzó a darse cuenta que si su calentura (así lo dijo) se pasaba al territorio de la ternura, tenía más éxito con las muchachas, porque éstas reconocían que su cuerpo despertaba admiración y pasión sana en ellos. Porque (dijo) sabrás que existen pasiones sanas y pasiones insanas. Cuando un hombre mira como perro a la chica la está rebajando al nivel de perra, pero cuando hay pasión humana, la chica se sabe amada con la mirada. Por eso (terminó esa tarde) cuando dijo que hay que cambiar la mirada lúbrica por la mirada lubrica les estoy diciendo a ustedes, muchachos de porra, que no babeen por los ojos, sino que manden tal energía que sean ellas las que se lubriquen, las que se “mojen” toditas.
Esa tarde me sorprendió el tío. Jamás había explicado de esta manera su ejemplo. Yo me reí y él también lo hizo. Sí, dijo, se sobó las manos, y agregó: “Ellas sienten mojadas sus cositas y sienten bonito”.
Ah, pensé, si Romeo hubiera escuchado eso. Yo jamás le conté esto a Romeo. Se me hacía que le iba a encontrar, tal vez, incorrecciones morales.
Esa tarde yo me sentí muy cerca del tío, como nunca. Entendí que sabía perfectamente que su ejemplo no era un dechado de virtud ortográfica, pero sí era un ejemplo de vida.

domingo, 13 de mayo de 2018

DESDE LA BANQUETA




Me gusta la mujer de domingo. Sobre todo, la que ve la calle desde una ventana del segundo piso. Me gusta porque es tan liviana, como el vuelo de las palomas. No me importa qué edad tiene. La edad no tiene la menor importancia cuando de mujeres se trata. Puede ser mujer casada que riega las plantas del balcón o soltera recién salida del baño.
Me encanta verla desde abajo, desde la altura que no puede alcanzar ni sus sueños ni sus derrotas. Me gusta verla, porque tiene mucho del carácter de los faroles. Muchas personas entienden la importancia del faro sólo cuando la noche llega; no advierten que el farol está siempre iluminando el espacio. Lo mismo sucede con la mujer que, en domingo, se muestra lejos de su oficio diario. ¡Es tan dueña de ese espacio!
Me encanta ver cómo ella mira lo que sucede a sus pies, como si todo acto fuera un homenaje permanente a su luz y a su paciencia.
La observo en su rutina de mirar hacia abajo. Esta frase define la grandeza de su espíritu. A veces está más alta que las frondas de los árboles que crecen en las banquetas, a veces está al mismo nivel y, en otras ocasiones, está a un nivel inferior. Sin importar la comparación, ella siempre es como esa rama que alimenta los nidos con luz.
Ella lo ve todo desde su altura. Siempre ha sido así. Eso fortalece su intuición primaria. Ve a la otra mujer que camina con el bolso enredado al brazo, a la que se sube a la motoneta que tiene marca italiana, a la que barre la banqueta, a la que se cita con el novio por el celular. Ella ve el perro que husmea en las bolsas de basura que dejaron en la esquina; ve el pájaro que se para en el dintel y pía; ve al hombre que mira para todos lados, se saca el miembro y orina y cuando, satisfecho por la expulsión del pis, mira hacia arriba y se sabe descubierto, ya no puede evitar el chorro y sólo alcanza a darse tantito la vuelta para no ser ofensivo.
Me gusta la mujer de domingo. La que escucha la radio, mientras limpia, con un trapo, los cristales del balcón. Me gusta la mujer que se acoda en el balcón y deja que el chal de la tarde cubra su nostalgia. A veces pienso en qué piensa ella, mientras, sentada en su mecedora, teje una chambrita para su sobrina recién nacida.
La veo desde la banqueta, desde un lugar donde disimulo mi presencia. Porque sé que si ella advierte que yo la veo durante mucho tiempo, ella hablará por teléfono a la policía para alertar acerca de la presencia de un desconocido que quién sabe qué intenciones tiene. Casi puedo escucharla decir: “Lleva más de media hora frente a mi casa. Debe ser un delincuente. Vengan pronto, por favor. Pronto.”
Cuando veo que la mujer se alarma, camino y abandono la calle. Voy en busca de otro balcón, de otra mujer.
Me encanta ver a la mujer del domingo que abandona tantito el balcón para preparar la botana del juego de fútbol por televisión; a la que corre para darle la mamila al bebé que berrea; a la que hojea una revista de espectáculos o limpia un cuadro colgado en la pared o saca la novela pendiente del librero. Me encanta ver a la mujer que se peina frente al espejo, a la que se depila las cejas, a la que llora frente a la fotografía de su madre muerta, a la que relee una y otra vez las cartas que le ha enviado el hijo que vive en Estados Unidos.
Me encanta saberla como hoja permanente del árbol de luz. Me encanta saberla postigo abierto de ventana. No me importa la edad que tenga. La edad es una mera referencia advenediza en el reloj infinito del universo. Me basta con saberla como canario en jaula de domingo. Sabiendo que al otro día, lunes intenso, dejará ese sofá en nubes envuelto, para bajar con rapidez a la calle y convertirse en una mujer más, en una que lleva el bolso del trabajo bajo el brazo o la mochila con la computadora para llegar pronto a la biblioteca universitaria.
Me gusta la mujer del domingo, la que, como azalea, se asolea en el balcón.