martes, 21 de noviembre de 2017

SIN TETAS NO HAY PARAÍSO




Desde que vi un par de pechos en el cine Comitán supe que ahí había una vocación. Una tarde, Armando me dijo, emocionado, enjugándose las manos, que, desde su ventana, miraba a la sirvienta de la casa vecina. “Le miro las tetas”, me dijo y contó que la sirvienta acostumbraba, a la hora que lavaba la ropa de los patrones, mirar hacia todos lados para comprobar que no había nadie cerca, subirse la blusa y lavarse los pechos. Armando no sabía por qué ella los lavaba todas las tardes. Tomaba, con las manos, un poco de agua de la vasija y se la echaba en los pechos y luego se masajeaba las tetas. Tomaba sus pechos por la parte de abajo y se los subía, y los pechos eran como montañas a la hora que el sol se oculta. Armando decía que, sin duda, la sirvienta se lavaba sus pechos porque siempre estaba muy caliente. La sirvienta (que quién sabe cómo se llamaba) era chaparrona, con trenzas, con chamorros casi como columnas y con un par de pechos que eran como tecomates para que el deseo flotara en ríos turbulentos. Armando se paraba al lado de su ventana y desde una esquinita, hincado, con un catalejo miraba lo que hacía la sirvienta de la casa vecina. “¿Querés mirarla?”, me dijo y yo dije que sí, ¡por supuesto! Desde la tarde en que vi los pechos de “La venada”, en la película “Viento negro”, supe que ahí había un camino de vocación y debía seguirlo, aunque fuera preciso ocultarse detrás de árboles o trepar a las azoteas y, con riesgo de ser confundido con un maleante, esconderse detrás de los tinacos de asbesto, con tal de ver a una mujer con el torso desnudo. Los pechos, ya desde entonces, eran como frutos jugosos.
Dos días después del cine, doña Virginita, antes de refregarnos la historia podrida del pecado original, nos había contado el origen del universo y de cómo Dios había dicho que no era bueno que el hombre estuviera solo y, de una costilla del hombre, había formado a la mujer, ¡a la mujer!, con su agregado maravilloso del par de tetas, porque servirían para amamantar a sus hijos y entenados. ¡Ah, qué prodigio! ¡Claro! El cuerpo del hombre y el cuerpo de la mujer eran la mayor creación divina. Estábamos hechos de cuerpo y alma y ambos debíamos consentirlos y apreciarlos y admirarlos y mimarlos. Supe que ahí estaba el nudo para mi vocación: admiraría y glorificaría los pechos de todas las muchachas bonitas: los exuberantes y los mínimos, los redondos y los pupuses, los erguidos y los cabizbajos.
En la casa de don Elpidio había un sitio muy grande, con muchos árboles frutales. Los niños caminábamos por el frente y mirábamos los duraznos, las granadillas, las granadas, los jocotes y las limas de pechito, ¡de pechito! Don Elpidio, parado en la puerta de su casa, fumando su pipa, nos miraba y decía: “Pueden ver, pero no agarrar. Los mirones no pecan, los ladrones ¡sí!”.
Supe que don Elpidio tenía razón, era la mejor definición del deseo. Yo podía ver y con ello no pecaba, no hacía daño a alguien. Todas las muchachas de mi pueblo, las muchachas bonitas que pasaban frente a mí, orgullosas, hamaqueando sus tetas ante mi vista, eran como los frutos del sitio de don Elpidio. Yo miraba esos frutos riquísimos que pendían de los árboles de mis amigas y de los cientos de desconocidas y sabía que podía ver, pero no agarrar, porque los mirones no pecamos, al contrario de los ladrones. Supe, desde entonces, que esa vocación era inocente, audaz pero honesta. Y lo fui descubriendo, poco a poco, cuando miraba que las muchachas bonitas se ponían blusas con escotes generosos para que yo, y la caterva de mirones, nos solazáramos con sus pechos, de igual manera que lo hicimos los espectadores que vimos la película “Viento negro”. ¡Cervatillos asomando su carita por encima del escote!
Tres tardes más tarde sucedió ¡el prodigio! Armando me invitó a su casa, subimos a su recámara y desde el ventanal nos pusimos a esperar el momento en que la sirvienta apareciera con el montón de ropa para lavar. Armando había colocado una cobija en el piso para que nuestras rodillas no se lastimaran y había hecho palomitas. Yo me sentí como en el cine. “Ahí viene”, dijo Armando y me dio el catalejo (que era un obsequio de su abuelo Ramón). Coloqué el catalejo en la esquina inferior izquierda de la ventana y miré. Miré a la sirvienta poner el bulto de ropa en una mesa, sacar una serie de camisetas (tal vez del señor de la casa) y echarles agua en el lavadero. Con una palangana vertía agua en forma generosa. Tal como Armando me había dicho, hubo un instante en que suspendió la labor, miró hacia todos lados y, con la mano izquierda, se subió la blusa y dejó al descubierto un par de pechos magníficos (la sirvienta superaba a la venada. La sirvienta tenía unas tetas magníficas, con areolas luminosas). Tomó un poco de agua con la mano derecha y la vertió sobre sus pechos. Comenzó a hacerse un movimiento circular. Vi que cerraba los ojos. Hice lo mismo, por un momento. Cerré los ojos para conservar esa imagen para siempre. De pronto escuchamos el sonido de una sirena, tal vez de una ambulancia en alguna calle. La sirvienta bajó su blusa y siguió echando agua a las camisetas. Supe que la función había terminado, pero no lo lamenté. Había sido una tarde espléndida. Mis manos y todo mi cuerpo tenían cierto temblor y un calorcito que me hacía pleno. Agradecí que Armando no me pidiera el catalejo para que él también viera, como sucede en muchos casos de amigos envidiosos. Armando, esa tarde, permitió que la escena fuera solo mía. Cuando la mamá de Armando nos llamó para cenar, mi amigo me codeó cuando entró la sirvienta y nos sirvió dos quesadillas a cada uno. A la hora que ella se inclinó mostró sus pechos. No eran tan bellos como los de la vecina, eran más pequeños, pero mostraban una ternura sin igual. Armando se acercó y me dijo: “Lo malo es que María siempre usa brasier”. Fue cuando caí en la cuenta que la sirvienta de la casa vecina los mantenía sin sostén, libres debajo de su blusa, por eso, cuando echó agua a las camisetas se le movían con gracia sin igual.
Desde entonces he recorrido esa senda llena de sugerencias. Lo he hecho de manera limpia, sin absurdos cargos de conciencia, lo he hecho con la alegría del niño que caminaba frente al sitio de la casa de don Elpidio y miraba los jugosos duraznos colgando de las ramas más altas, más sublimes.
Pero, ayer, Elena me puso una trampa. Estábamos en el parque de San Sebastián y ella decía que también disfrutaba ver a las mujeres caminando. “A los hombres hay poco que verles”, dijo y sonrió. De pronto me dijo: “No me vayás a salir con que las dos. Tenés que elegir una y sin pensarlo mucho. ¿Qué elegís: Libros o tetas?”. Y me urgió a responder. En ese momento pasaba una muchacha bonita con una blusa bien ceñida que dejaba ver un par de pechos espléndidos. “Libros”, dije. Elena sonrió. Dijo que sabía que esa iba a ser mi respuesta y agregó: “Para vos, sin libro no hay Paraíso”, y supe que había respondido con la convicción de mi vocación perenne.
Pero, como la vida es generosa, sé que me permite aliar esas dos vocaciones, porque no se contraponen. En el parque abro el libro, leo, y, cuando escucho un taconeo, alzo la vista y pido que sea una muchacha bonita con un par de jugosos frutos. La miro, la disfruto, la huelo, la bebo y, cuando ella se retira, continúo con mi lectura.
Pero, si la encrucijada de Elena fuese la única alternativa; si la vida me obligara a elegir un solo camino ¡no dudaría!, elegiría a los libros, porque en ellos está contenida la vida y ahí hay miles de muchachas bonitas con pechos, que son como el más jugoso fruto para alimentar mi imaginación.

domingo, 19 de noviembre de 2017

ESCRITORES DE CHIAPAS




Cuentan que Carlos nació en Comalapa; cuentan que su ficha biográfica así lo consigna. Dicen que, de niño, viajaba a Comitán. Se maravillaba ante la tienda que vendía revistas de monitos, los hoy llamados cómics. Dicen que, de ese tiempo, conserva una imagen que nunca olvida: la de su tía, leyendo, en su casa del barrio de San Sebastián.
De igual manera cuentan que, ahora, aquel niño es un excelente poeta. Los que saben ¡lo corroboran!
Una tarde de noviembre de 2017 estuvo en Comitán y participó en el Festival “Escritores de Chiapas”, que organizó el director del Centro Cultural Rosario Castellanos.
En la charla que ofreció, Carlos recordó aquel pasaje de su niñez. Uno, si agrega una pizca de imaginación, puede imaginar el arrobo del niño Carlos ante la oferta de revistas ilustradas y el encantamiento ante la imagen de la tía, sentada en el corredor de la casa comiteca, con un libro entre las manos.
Pero las personas no sólo cuentan los viajes de Carlos niño. También cuentan que una tarde, el poeta Efraín Bartolomé llegó a Comitán en viaje de avioneta, desde Ocosingo. Niño también, en tránsito hacia San Cristóbal. Efraín niño también bebió los cielos y el aire comitecos.
Pero no sólo fueron Carlos y Efraín. La gente dice que una tarde, Sabines (¡el poeta!) anduvo por estas tierras y bebió, junto al trago compartido con amigos, la esencia de las madrugadas de este pueblo.
Y no sólo fueron Carlos, Efraín y Jaime. Los que saben dicen que también en las calles comitecas anduvieron, de arriba para abajo, de abajo para arriba, Rosario Castellanos y Raúl Garduño. Ellos, con la misma disciplina y pasión de Carlos, pepenaron las piedritas lingüísticas que la gente de a pie siembra en las calles empedradas.
Ante tal evidencia, los mayores cuentan del prodigio de este pueblo que ha cobijado a Carlos, a Efraín, a Jaime, a Rosario, a Marirrós, a Raúl, a Óscar y a muchos poetas más; cuentan que en este pueblo, que es como orilla del río de Dios, la gente siembra palabras en la piedra y ellas, semillas benditas, crecen tan alto como el más alto cielo.
Y Carlos regresó a Comitán y recordó a la tía leyendo. Leyendo, yendo de acá para allá, como papalote, en el aire fresco de la palabra. Y, tal vez, puso en la balanza lo que el destino colocó en sus manos: en un platillo la imagen de la revista ilustrada y en otro platillo el vuelo de la palabra en los ojos y corazón de la tía.
Los mayores cuentan que en Comitán no hay poetas debajo de las piedras, en este pueblo, los poetas caminan al lado de Juan y de Elisa, lectores. En Comitán, los poetas son como flor en los jardines, pero no flor de un día, sino flor perenne.
Los comitecos dicen que, desde un balcón, han visto a Óscar, Raúl, Marirrós, Rosario, Jaime, Efraín y a Carlos, caminar las calles de Comitán. Los han visto cuando, en las tardes floridas, han detenido tantito su lectura y han dejado el libro sobre su regazo. Han detenido su lectura porque escuchan un ligero rumor de olas de mar, de relinchos, de pies en puntillas, de palabras abriendo huecos en la pared del alma. Los lectores, desde sus mecedoras, han visto cómo ellos, los poetas, hurgan a través de los ventanales de las casas comitecas. ¿Ahí está la luz? Cuentan que sí. Porque “yo no lo sé de cierto”, pero Sabines nunca escribió un poema especial para su ciudad natal como sí lo hizo con Comitán al preguntar “¿Cómo puede decirse un amanecer en Comitán?, ¿en mayo, en la quietud, en la frescura, en el aire?”
Carlos llegó una tarde de noviembre y respiró el mismo aire donde nadaban las palomas de la fuente. Llegó y recordó que, de niño, viajaba con sus papás desde su natal Comalapa y corría a comprar revistas de monitos e imitaba a la tía que, en su mecedora, en el corredor lleno de helechos, leía libros. Y Carlos soñaba que, un día, también sería un pájaro cantando mil poemas, un delfín saltando sobre el mar del tiempo, un caracol subiendo con lentitud hacia la montaña más alta.
Carlos estuvo en Comitán. Y refrendó la vocación de este pueblo donde los poetas caminan de día y noche, de noche y día y siembras palabras en las piedras y estas piedras florecen a mitad del amanecer, según el agua del vaso de Sabines.

sábado, 18 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA LA HISTORIA DE UNA LECHERA TRAMPOSA




Querida Mariana: Doña Lolita Albores contaba que muchos niños, en los años sesenta, jugaban canicas con los chíos que caían del árbol sembrado en el parque central. Entiendo que ese árbol aún existe. Está más o menos frente al restaurante “Acuario”, que atiende don Alex. Los llamados chíos son las semillas de la ¿frutita? que da el árbol y que son redondas.
Recuerdo que muchos niños jugaban canicas cuando estudié la primaria en la Matías de Córdova (en el viejo edificio, por donde ahora está el Museo Rosario Castellanos, que, ¡por fin!, qué bueno, ya está abierto). Recuerdo que los más aventajados en el juego tenían una canica especial que le llamaban “su tiradora”, era como una especie de amuleto que, según ellos, les permitía ganar las partidas. Un compa podía tener cien canicas, pero su “tiradora” era la canica más valiosa, un poco como si dijéramos la consentida.
Los niños de hoy juegan canicas, pero no con la frecuencia de aquellos años. Es comprensible, en aquellos tiempos no había juegos electrónicos ni celulares. Los niños se divertían con juegos sencillos que permitían la convivencia. Uno de los juegos más recurridos era, precisamente, el juego de canicas. Juego que, como todos los juegos, tenía sus reglas.
Aparte de la “tiradora”, a mí siempre me llamó la atención una en especial: “La lechera”. Este tipo de canica era de cristal, de un color sólido, que tenía semejanza con el color de la leche de vaca. Las lecheras eran como exclusivas de los niños ricos. Los pobres jugaban con canicas “morrocas” o con chíos.
Una mañana, a la hora del recreo, salimos al patio y, mientras unos jugaban básquetbol o carreras, otros nos dirigimos al fondo de la cancha y, al lado de la pared, Juan instaló su changarro, porque (¡ah, qué maravilla!) él montaba la “Timbirimba”, que era un prodigio de equilibrio. Aquella mañana sería recordada, tiempo después, como una mañana especial. Con sus manos, Juan reunía cuatro canicas, que no sé cómo se mantenían reunidas, y luego, en un movimiento de magia, colocaba una encima de ellas, justo al centro, con lo cual hacía un montículo de cinco canicas. Juan caminaba con pasos de garza pata larga y al dar el cuarto paso pintaba una raya con el gis que había robado del salón y, como si fuese un merolico de feria, invitaba a jugar: “¡Tiren, tiren! Si le dan a la timbirimba, se llevan cinco canicas.” Todos metían las manos en las bolsas del pantalón y sacaban las canicas “morrocas” (porque morrocas eran las que Juan colocaba en sus montículos) y, con un ojo cerrado, apuntaban hacia la pirámide y tiraban. La distancia de los cuatro pasos era como de tres metros y a esa distancia era difícil atinar. Creo que no hay necesidad de decir, querida Mariana, que cada vez que un jugador no atinaba, Juan corría para tomar la morroca y la metía en la bolsa de tela de color gris que siempre llevaba y que era donde conservaba su caudal de canicas. Los que participaban en el juego sabían que el anzuelo era precisamente ese: Si le atinaban a la timbirimba ganaban las cinco canicas. Juan siempre, como un sagaz comerciante, decía: “Cinco por una”, lo que no decía es que él, de una en una, les bajaba las canicas a todos los chambones que no le atinaban al montículo.
Digo pues entonces que esa mañana fue especial, porque se acercó Matías, se abrió paso entre la bola de muchachitos que miraban el juego de la timbirimba y dijo que quería jugar. Juan le dijo que sí, que le entrara. Matías metió la mano a la bolsa y sacó una canica lechera, dijo: “¡Con mi tiradora!”
La tiradora servía para jugar el juego normal, el del óvalo o el del hoyito, pero jamás se empleaba para jugar a la timbirimba, porque (como ya dije) en este juego el dueño del changarro (Juan en este caso) tomaba la canica y ya era suya. Todo mundo jugaba timbirimba con canicas morrocas.
Cuando Matías sacó su tiradora y apuntó a la timbirimba, Juan se paró frente a él y le dijo lo que ya todo mundo sabía: “Oí, pero si fallás, tu tiradora será mía”. Todos los que estábamos ahí vimos a Matías, esperando que guardara su tiradora y sacara una morroca. “Ya lo sé”, fue la respuesta contundente de Matías. Levantó el brazo, cerró un ojo y apuntó al montoncito de cinco canicas. Juan pensó que Matías no había comprendido bien e insistió: “Es a un tiro”. “Ya lo sé”, volvió a decir Matías y, moviendo las manos, le indicó a Juan que se hiciera a un lado para que tirara. A estas alturas más muchachitos se habían acercado al círculo que, expectante, esperaba el momento en que Matías ejecutara esa hazaña, dictada por su intrepidez o por su seguridad de jugador de excelencia, porque todo mundo de la escuela reconocía que era un jugador excepcional, pero jugar su “tiradora” en un lance que podía fallar era un reto que rebasaba las expectativas, a tal grado que Ramón le pidió que detuviera el tiro para hacer una apuesta. Matías dijo que estaba bien, se metió las manos a las bolsas del pantalón y esperó que Ramón comenzara lo que no estaba contemplado: Apuestas de lechera contra lechera. Ramón apostaba a favor de que Matías fallaría el tiro, ¿había alguien dispuesto a apostar lo contrario? Muchas manos se levantaron, Ramón abrió la mano y pidió que pusieran ahí las lecheras como señal de apuesta. Después de uno o dos minutos, Ramón contó y dijo que tenía doce lecheras y, como si estuviese en el palenque de gallos, dijo: “Apuestas cazadas” y, con la mano, le indicó a Matías que podía hacer su tiro. Ya para este momento la noticia, como si fuese balón de basquetbol, había corrido por todo la cancha y el partido se había suspendido y todos los jugadores se habían reunido en torno al changarro de Juan y, mordiéndose las uñas algunos, otros retorciéndose las manos, esperaban el desenlace. Todos sabían que Matías se jugaba más que su tiradora. Si él fallaba en el tiro, perdería su canica especial y echaría al basurero su prestigio de jugador de excelencia. El trato era totalmente desigual. Juan sólo perdería cinco canicas morrocas, en caso que Matías atinara. Pero, si el tiro de Matías fallaba, él, como si tomara entre sus manos la copa Fifa, levantaría entre sus manos la tiradora del campeón. Era un trato desigual, pero Juan no tenía culpa alguna, Matías, de pronto, había dicho que jugaría y Juan le había dejado muy en claro lo que pasaría en caso de fallar y Matías había aceptado.
Matías apuntó y antes de hacer el tiro se escuchó el sonido de la campana que tocaba el maestro en el patio central, indicando el final del recreo. Algunos muchachos se inquietaron, como gallinas al llamado del reparto del maíz, pero el maestro Beto, que era el titular del tercer grado y que se había incorporado al círculo de mirones, dijo que no se preocuparan, que él autorizaba dos o tres minutos más a fin de que la jugada se realizara y pidió a todos los niños que hicieran silencio. Apenas se escucharon las carreras de los demás niños que no estaban en el círculo de las canicas y que se apuraron a entrar a los salones o a ir al baño a desahogar la vejiga antes de entrar al aula. En el círculo de las canicas se hizo un silencio pesadísimo, como de piedra lunar. Matías se acuclilló, apuntó con su tiradora y soltó la canica con un movimiento veloz del pulgar derecho que lanzó la canica con dirección a la timbirimba. La canica, en un segundo, salvó la distancia de tres metros, más o menos, y se impactó a dos centímetros del lugar donde estaba el montículo. Algunos aplaudieron, otros se acercaron a Matías y le colocaron una mano en el hombro, como si le dieran los pésames. Había perdido ¡su tiradora! Juan se agachó, tomó la tiradora de Matías y la levantó como si fuese un trofeo. Sólo un muchacho dijo: ¡Puta madre!, fue uno de los que habían apostado con Ramón. Ramón elevó la mano y mostró las doce canicas que había ganado.
A mí el nombre de tiradora no me llamaba tanto la atención. A mí me gustaba la palabra lechera. Lo de tiradora parecía estar acorde con lo que significaba esa canica: Era la canica favorita del jugador para hacer el tiro. Pero, ¿de dónde los niños habían sacado la idea de bautizar con el nombre de lechera a una canica de cristal opaco? Siempre pensé (lo sigo haciendo) que la leche no podía condensarse a tal grado que tomara la consistencia que tenían aquellas canicas. Sí, al contrario, pensaba que el tío Eugenio había bautizado muy bien a aquella vaca suiza que tenía en su ranchito de Pamalá y que llamaba “La lechera”.

Posdata: Muchos años después me enteré que Ramón y Matías eran unos cabrones. La canica lechera que Matías usaba para jugar timbirimba no era “su” tiradora, era una canica lechera común y corriente. Su juego perverso consistía en lo que Ramón conseguía a través de las apuestas. Aquella mañana inolvidable, de un solo tiro, Ramón y Matías consiguieron doce lecheras, mientras Juan ganó más canicas, pero todas eran morrocas. La única lechera que consiguió no fue la tiradora que todos creyeron.
Nunca vi que alguien aceptara chíos en los juegos de las timbirimbas. Los chíos servían para jugar hoyito en el parque central.
Hoy ya nadie juega ahí, a pesar de que el árbol de chío sigue ufano, al lado de donde los boleros hacen su chamba.

viernes, 17 de noviembre de 2017

DEFINICIÓN DE MOTEL





Inocencia era lo que su nombre indicaba. Cuando su novio Casto, que era todo lo contrario de lo que su nombre revelaba, le dijo que la llevaría a un “Cinco letras” ella se emocionó, lo abrazó y le dijo que sí, que eso era lo que había deseado toda su vida. Inocencia se sorprendió tantito cuando Casto puso la direccional del auto y entró a un corredor donde había una serie de cortinas de plástico de color rojo. Al principio, todavía con la sonrisa que tiene la niña cuando recibe una paleta de dulce, pensó que eran los vestidores de la playa, pero la plancha de cemento no era presagio de arena. El lector ya intuyó que cuando su novio Casto le propuso ir a un “cinco letras” ella interpretó: Playa, y no Motel como era la sana intención del inmaculado perverso.
En México la palabra motel halló su sinónimo en la acepción “Cinco letras”. Elena siempre se ha molestado con tal tratamiento pues insiste que su nombre tiene cinco letras y nunca ha servido para lo que sirve el “cinco letras mexicano”. ¡Qué tonto!, dice, y remarca el tonto, como para indicar que también esta palabra tiene cinco letras.
El maestro Jorge diría que el nombrar como cinco letras al motel es un eufemismo, dictado por el complejo del mexicano que no se atreve a llamarle pan al pan y vino al vino.
Es que cuando no hay la suficiente confianza, a los mexicanos les cuesta trabajo sugerir, a la chica en turno, ir a retozar un poco en ese espacio.
La definición que aparece en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española emplea más de cinco letras, lo cual demuestra que la sabiduría popular usa una lógica más rotunda. El diccionario dice que motel es: “Un establecimiento público, situado generalmente fuera de los núcleos urbanos y en las proximidades de las carreteras, en el que se facilita alojamiento en departamentos con entradas independientes desde el exterior y con garajes cobertizos para automóviles, próximos o contiguos a aquéllos”. ¿Qué? Estoy seguro que el lector ahora se hace la pregunta: “¿De verdad esto dice el diccionario?”. El diccionario aclara todo menos lo que debe aclarar. En realidad, los moteles no sólo están fuera de los núcleos urbanos, en la actualidad están en pleno centro urbano; además, el diccionario no indica cuál es el uso que ahora se le da al motel. ¿Por qué los académicos no mencionan que los “cinco letras” se emplean para que los Castos del mundo jueguen juegos de cama con las Inocencias?
Es maravilloso constatar que el simple cambio de una letra provoca una diferencia abismal. Las parejas “decentes” se hospedan en hoteles; las “indecentes” se hospedan (por horas) en moteles. La hache es honrosa, la eme es maléfica.
Un diccionario más realista debería decir que motel es sinónimo de “cinco letras” y que un cinco letras es sinónimo de relación ocasional y que relación ocasional es sinónimo de aventura y aventura es sinónimo de peligro y…
La palabra motel tiene mil sinónimos, con excepción de la palabra inocencia y de la palabra casto. Inocencia lloró, dijo que estaba decepcionada, pero, después que Casto la abrazó, dijo que no era el acto sino el lugar. Casto entendió, salieron del motel y fueron a su departamento y ahí Inocencia abandonó su castidad en un acto glorioso, lleno de murmullos y jadeos.

jueves, 16 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE UNA FOTOGRAFÍA INUSUAL




Querida Mariana: Jorge llegó a Comitán para hacer un reportaje de la comida regional. Conocí a Jorge cuando estudié en la UNAM, en los años setenta. Ahora se dedica, de manera profesional, a realizar videos. Estuvo sólo una mañana. Un día antes me avisó, dijo que deseaba verme, que yo le diera mi novelita más reciente. Le llevé un ejemplar autografiado. Por teléfono le pregunté en dónde estaba. Dijo que había hecho una visita a la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez y me esperaría en la entrada. Ahí te veo, le dije. Salí de la oficina y dejé el auto en el estacionamiento que funciona donde fue mi casa de infancia, casa hermosa que antes que mi papá la rentara albergó el Colegio de Niñas que, en este 2017, cumple setenta y cinco años de fundado (Hoy se llama Colegio Regina y es una institución educativa de gran prestigio en la región. Setenta y cinco años se dice rápido, pero es toda una vida de servicio. Me encantó saber que, como parte de los festejos, eligieron, entre las ex alumnas, a la Reina del septuagésimo quinto aniversario).
Caminé por el parque. Hacía un poco de frío (ya comenzó el viento helado que viene de La Ciénega), pero había un sol generoso. Eran las once de la mañana. Desde la esquina del Teatro de la Ciudad vi a Jorge, parado en la puerta. En uno de los balcones del Teatro estaba parado Óscar Bonifaz, veía el movimiento del parque central. Ramiro dijo en una ocasión que Óscar sale para ver el busto de su amiga Rosario, porque sueña con tener uno de él al lado del de ella, para que los amigos estén en un diálogo eterno.
Jorge me abrazó y yo le dije que me daba mucho gusto verlo y le extendí mi librincillo. Dijo que lo leería. Lo dijo con esa sonrisa que es, desde siempre, como un hilo de luz en su rostro.
¿Y?, le pregunté. Siempre me cuesta trabajo iniciar una conversación (continuarla también me provoca un cierto sarpullido mental). Entonces él señaló hacia la banqueta de enfrente y, como si me estuviera enseñando un río de oro, dijo: “Me encanta tu pueblo. Esta es una maravillosa instalación artística a mitad de la calle”. Volví la mirada y encontré un grupo de maniquíes (bustos, no de bronce como el que Óscar sueña, sino hechos de fibra de vidrio). Mientras los comitecos pasábamos al lado del grupo de maniquíes sin hacerle mayor caso, mi amigo Jorge lo consideró como una genial instalación artística que abría una serie de interpretaciones. Dijo, por ejemplo, que cuando una instalación se coloca en la calle, es como si el arte le diera la mano al peatón, al que, de manera ocasional, acude a un museo.
Cuando vio mi cara de auto descompuesto, dijo que comprendía que el propietario de la tienda de ropa no había sacado los maniquíes con la intención de provocar una mirada estética, pero, me explicó, el objetivo de una instalación artística es tomar un objeto cotidiano, sacarlo de su entorno y presentarlo de manera novedosa, de tal suerte que sea como un diálogo inusual. Y me explicó que el genio de Gabriel Orozco, uno de los artistas mexicanos más reconocidos a nivel mundial, toma objetos normales (como bicicletas, por ejemplo) y los presenta de una manera novedosa. Sólo a Orozco pudo ocurrírsele hacer una mesa de billar en forma circular, cuando el sentido común y práctico indica que las mesas de billar deben tener la forma que tienen: rectangular.
Jorge había hecho una serie de tomas fotográficas y en video de esa “instalación” que estaba expuesta sobre una banqueta comiteca.
Me obligó a que viera la serie de bustos y que considerara el motivo por el que estaban ahí. Jorge tuvo razón. Vi que uno de los bustos veía hacia afuera, como si fuera el único que no había sido castigado, porque los demás, como clásicos niños malcriados, veían hacia la pared. Pero luego reí. ¿Qué veían si ninguno de los maniquíes tenía rostro? Jorge dijo que ahí había una senda por explorar. Los maniquíes, como los clásicos tres monos sabios, no podían hablar, ni ver, ni escuchar. ¿No era acaso un símbolo de la sociedad actual? Jorge fue un poquito más allá, dijo que esa instalación artística era como un grito de protesta frente a la casa donde vivió el héroe Belisario Domínguez, el hombre que halló la muerte al decir su palabra valerosa. Frente a la casa que recuerda uno de los actos más patrióticos que confirma el valor de la palabra libre, una serie de maniquíes recordaba cómo la mayoría de la sociedad civil da la espalda a la realidad y prefiere mirar la pared, donde sólo hay humedad y sombra.
Le dije que eso que decía era una genialidad, estilo Gabriel Orozco. Dijo que no era para tanto, pero que eso era la pretensión de las instalaciones artísticas y que, aunque esta serie de maniquíes había sido colocada en la banqueta, tal vez para evitar la humedad, era una posibilidad de lectura.
Bueno, dijo, llegó el momento de despedirnos. Me abrazó y volvió a decir que leería con atención mi novelilla. En ese instante se detuvo una camioneta blanca frente a nosotros y, en voz alta, dijo: “Les presento a mi amigo Alejandro” y dos muchachas que estaban en la parte de atrás me saludaron (una de ellas tenía unos labios gruesos, maravillosos) y el chofer dijo: Hola, mucho gusto. Jorge subió a su camioneta y, con el brazo en la ventanilla, dijo: “Tu pueblo es genial. Ya te avisaré cuándo se exhibe el documental”. Me quedé en la banqueta, viendo cómo se alejaba la camioneta. Vi la serie de maniquíes y supe que sí, que esa mañana, fuera de su entorno, habían provocado un estímulo diferente. Recordé lo que dicen del efecto mariposa y reí. Esto era el efecto busto. Caminé hacia el estacionamiento. Vi hacia arriba, Bonifaz ya no estaba en el balcón. Sólo el busto de Rosario parecía hablarme esa mañana, porque, a diferencia de los maniquíes, ella sí tiene rostro, un rostro con vacíos donde juega el aire, porque, supe muy bien, los artistas provocan miradas inusuales, inéditas. Si Luis hubiese moldeado un bronce completo, el rostro de Rosario no permitiría la innumerable serie de caminos que provoca en los espectadores.
Posdata: Cuando entré a la casa donde dejé mi auto y que fue mi casa de infancia, cerré tantito los ojos y traté de escuchar las voces de las niñas que ahí, antes que yo, corrieron y jugaron por esos corredores. ¡Setenta y cinco años del Colegio Regina! ¡Qué felicidad! ¡Qué lujo para Comitán!

miércoles, 15 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE DAN LOS BUENOS DÍAZ




Querida Mariana: Hoy quiero contarte que una vez vi un letrero. He visto miles de letreros en mi vida. Me he topado con ellos en las cantinas, en las terminales de tren o de avión o de autobuses; me he topado con cientos de letreros en las calles. Los letreros, vos lo sabés, son de mil formas y están hechos sobre diversos materiales.
Cuando espero un camión o cuando viajo en él es cuando más letreros veo. Hoy se habla de un término que en los años setenta no era común: Contaminación visual. Hoy, todas las ciudades del mundo están plagadas de anuncios. Los anuncios, lo sabe medio mundo, les sirven a los publicistas para vendernos algo, para crearnos necesidades. Cuando espero en la parada de los autobuses me dedico a leer los anuncios; cuando voy arriba del autobús veo decenas de letreros, de anuncios. Ahora existen los llamados espectaculares, que son letreros gigantes que, como elefantes, están sentados en las azoteas de los edificios.
En el Comitán de los años setenta era muy común hallar pintado un letrero en las paredes de las casas y de las negociaciones que decía: “Prohibido anunciarse aquí”. Con tal letrero, los propietarios casi exigían que se respetara la propiedad privada. Como en aquellos años todo mundo se conocía, la gente era respetuosa de tal aviso, porque pegar algún anuncio en esa pared significaba dejar una huella digital del atrevido.
Pero decía al inicio de la carta que te contaría de un letrero especial. El letrero estaba colgado en la entrada del restaurante. Era una tabla de madera de pino, pintada con fondo rojo y letras negras. Las letras estaban escritas con letras mayúsculas, lo que le daba una rotundez al mensaje, difícil de no ver. El letrero estaba muy bien escrito, con una letra bellísima, como si hubiese sido pintado por uno de esos monjes copistas que, en el siglo XV, realizaban, con hoja de oro, las ilustraciones de los libros. Pero, ¡oh, Dios mío!, parecía un letrero con las infaltables faltas ortográficas, que tan a menudo aparecen en los letreros realizados por rotulistas que apenas terminaron el tercer año de primaria. El letrero servía como anuncio de bienvenida en aquel restaurante que era muy visitado porque servían riquísimos tacos de canasta. A mi amigo Alfredo (con quien había ido esa mañana) le encantaba comer ahí, siempre pedía tacos de papa y tacos de chicharrón. ¡Ah!, pedía cinco de chicharrón y dos de papa. Era obvio que prefería los de chicharrón.
Esa vez fue la primera vez que entraba y me sorprendió el letrero que decía: “BUENOS DÍAZ”. Alfredo sabe que si algo me molesta son las faltas de ortografía en los textos. Los odio, como decía el ratón Crispín, que interpretaba Luis de Alba, ¡con odio jarocho!
Le dije que ya se me habían ido las ganas de desayunar.
Alfredo dijo que no era para tanto.
Sí, dije yo. Cuando empiezo a leer un texto y hallo un error ortográfico ¡dejo de leer!
Pero no dejes de comer, dijo él.
Alfredo rio, me jaló hacia la mesa, llamó al mesero y pidió: “Cinco de chicharrón y dos de papa, para mí, y lo mismo para mi amigo, el escritor que odia los errores de ortografía”. Volvió a reír. Yo estaba serio (Cuando me propongo echar a perder mi día lo hago con mucha pasión).
“Los Buenos Díaz se refieren a los hermanos que crearon el negocio”, me dijo Alfredo y me enseñó la carta. Ahí explicaba el origen del letrero. En redacción especial para los “quisquillosos del lenguaje” explicaban que los hijos de los creadores rendían un homenaje a sus papás: Los buenos Díaz.
Me paré y regresé a ver el letrero. Al lado estaba una fotografía donde aparecían Carlos, Eduardo y Martín Díaz, fundadores de la famosa taquería.
Cuando volví a la mesa, Alfredo ya comía los tacos de chicharrón, me dijo: “Te pedí un agua de tamarindo. ¡Está riquísima!”. Sí, los tacos y el agua estaban deliciosos. En un momento, Alfredo levantó su vaso y brindó: “Por los buenos Díaz”. ¡Por ellos!, dije yo y tomé un sorbo del agua de tamarindo.
Posdata: Desde entonces me volví un poco más tolerante con los letreros. A veces me topo con algunos que, en apariencia tienen un error, pero que, viéndolos con atención son propositivos.

martes, 14 de noviembre de 2017

ASÍ ERA




Admiro al maestro Heberto Morales Constantino. Lo conocí cuando dio un taller de preceptiva en el Centro Chiapaneco de Escritores.
Sé que ahora radica en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, ciudad que se honra en tener a uno de los más prestigiados intelectuales de Chiapas.
Ayer me topé con el nombre del maestro Heberto. Curioseaba en los anaqueles de la biblioteca “Maestro Jorge Gordillo Mandujano”, del colegio Mariano N. Ruiz, institución donde laboro; curioseaba y hallé un libro prodigioso: “¡Así era Chiapas!”, editado por la Universidad Autónoma de Chiapas, durante el periodo en que Morales Constantino fue rector. ¡Ah, esa fue una época brillante de la máxima casa de estudios del estado!
Pensé que ese prodigio de libro no podía ser editado en otra época. Tenía que ser en el lapso que el maestro fue rector. Esa alianza de nombres señeros: Miguel Álvarez del Toro (autor del libro “¡Así era Chiapas!”) y del maestro Heberto no es mera casualidad, es la reafirmación que los grandes honran a los grandes, porque la publicación del libro de Álvarez del Toro fue un reconocimiento a su genio y al aporte que dio a Chiapas.
Recordemos que el zoológico de la ciudad de Tuxtla Gutiérrez lleva el nombre de Álvarez del Toro también en reconocimiento a la herencia que nos dejó.
Digo que desde el taller de preceptiva comencé a admirar la obra y el genio del maestro Heberto. Cuando, en 2014, recibió el Premio Chiapas pensé que el maestro honraba al premio y no al contrario; es decir, el Premio Chiapas era concedido a un humanista de excepción. El maestro Heberto bien pudo seguir caminando sin ese flotador, pero el Premio recibía un puñado de oxígeno para caminar con más dignidad. Ese acto de dignidad duró poco, porque ahora, las instituciones convocantes (el gobierno del estado, a través de la Secretaría de Educación y del Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas) de un plumazo borraron ese hilo que tanto prestigio daba al estado (bueno, debe uno reconocer que hubo épocas negras, como cuando le concedieron el premio a un pianista ejecutante de melodías populares, pero debe reconocerse que hubo un tiempo en que el premio fue concedido a personas de la talla de Rosario Castellanos, Jaime Sabines y Andrés Fábregas Puig, por sólo mencionar a tres grandes intelectuales). Es una pena que este gobierno, además de mil desaciertos más, será recordado por eliminar el Premio Chiapas, ya que en 2016 no se entregó y en lo que va de este 2017 no hay humo blanco aún.
La tarde que el maestro recibió el premio me dio gusto y con alegría acudí al Auditorio Belisario Domínguez (en mi pueblo) para darle un abrazo y para escuchar, maravillado, el mensaje que leyó esa tarde, una pieza oratoria de excelencia, que sirvió para refrendar lo atinado de su designación.
Desde esa tarde no he vuelto a ver al maestro. Pero ahora, bendita coincidencia, hallé el libro de otro chiapaneco grande (por adopción, ya que nació en Colima, pero realizó una obra generosa en Chiapas) y tal hallazgo fue como si me topara con el maestro Heberto. Lo recordé con su palabra mesurada y con la mirada atenta a las cosas del mundo.
Por fortuna, el libro de Álvarez del Toro ya fue reeditado, porque la primera edición, la que se hizo en tiempos que el maestro Heberto fue rector de la UNACH, se agotó. Y digo que es una fortuna la reedición, porque el libro es muy disfrutable. De la mano de don Miguel hacemos un recorrido impresionante por las selvas de Chiapas. El título no es casual. Cuando don Miguel nos dice que “¡Así era Chiapas!”, nos habla de un bosque y de una selva que se fueron agotando, así como se está agotando el valle de nuestra historia actual.
Chiapanecos inteligentes como don Miguel y don Heberto hacen que este árbol aún tenga renuevos, a pesar de la tala inmisericorde que han hecho los políticos de estos tiempos. La estulticia de los políticos recientes ha quitado ramas al alto árbol del espíritu chiapaneco, pero confío en que gente de la talla de los nombrados hará que esa poda permita el renacer de la grandeza de este pueblo.
“¡Así era Chiapas!” refiere también a la grandeza de otros tiempos, cuando hombres y mujeres luminosos abonaban a la tierra fértil y hacían crecer la altísima planta de maíz de donde provenimos y a la que nos debemos.
Ayer me topé con el libro de don Miguel y cuando leí el nombre del rector fue como saludar a don Heberto y hallarlo como es: un hombre limpio y excelso, envuelto en la sencillez más diáfana.

domingo, 12 de noviembre de 2017

DEFINICIÓN DE IMPRESORA




Cambiaron los tiempos. Los abuelos no pudieron saber que, en el siglo XXI, existiría un chunche electrónico que serviría para hacer impresiones y que el mundo llamaría impresora.
Los abuelos llamaron impresora a aquella mujer que se dedicó a hacer folletos, revistas y libros en una imprenta. La mujer impresora era una mujer sublime, porque sublime fue el oficio de impresor.
En la actualidad, cualquier persona piensa en “un dispositivo electrónico que imprime”, cuando escucha la palabra impresora.
¿Dónde quedó la oficiante de la imprenta que ejercía el oficio de impresora?
Los chiapanecos reconocemos la figura de María Hernández Zarco, porque ella imprimió el memorable discurso de Belisario Domínguez, donde, con valor civil, dio cuenta precisa de la situación lamentable que guardaba la nación, bajo la presidencia del chacal Victoriano Huerta.
Los chiapanecos reconocemos que ella fue la impresora de tan valioso documento; es decir, hubo un tiempo en que la palabra impresora remitía a la mujer que ejercía el oficio.
La biografía de María Hernández Zarco (una de las seis mujeres mexicanas que han merecido la medalla Belisario Domínguez) narra que ella aprendió el oficio de “cajista de imprenta”; es decir, ella colocaba las letras de plomo en las cajas, que servían para imprimir los textos en las hojas. Era una labor delicada, porque se colocaban las letras con el sistema de espejo.
Cambiaron los tiempos. Ahora, nadie piensa en el oficio de la impresora. Cuando alguien menciona la palabra la relaciona con el objeto que, conectado a una computadora, imprime hojas a una velocidad que nunca imaginaron las impresoras de aquellos tiempos.
¿Cuánto tiempo empleó doña María Hernández en imprimir el discurso de Belisario? La impresora contó que Belisario Domínguez se acercó al jefe de Zarco para pedirle que le imprimiera el discurso, pero el impresor se negó, al ver de qué se trataba. Fue cuando María Hernández se acercó al senador y le dijo que ella, a escondidas, le haría el favor. Dijo que lo imprimiría en la noche y que a la mañana siguiente ya lo tendría listo.
Del testimonio histórico se entresaca que el documento fue impreso en no más de doce horas, pero, tampoco, en menos tiempo. Uno puede imaginar a la mujer eligiendo las letras de plomo y colocándolas en la caja, para luego colocar ésta en la prensa y hacer el tiraje en plena madrugada. ¿Cuántos ejemplares tiró la impresora? Tampoco se sabe.
Si algún lector ha llegado a esta línea puede comprender el acto de grandeza que tuvo la impresora. Sin duda que el discurso de Belisario no hubiera logrado la trascendencia si el documento no hubiese sido impreso.
Reconforta tantito acercarse al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y leer en la segunda acepción que impresora es “una persona que imprime o realiza esta actividad como oficio”, y es en la cuarta acepción que se menciona al chunche. Pero (debemos ser realistas) en la vida cotidiana ya hay poquísimas mujeres impresoras y cada vez el mundo se inunda de dispositivos electrónicos.
Llegará algún día que la palabra impresora dejará de existir para nombrar a las mujeres que, en imprentas, se dedicaban a componer las cajas para impresión.

sábado, 11 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DEL MEMBRILLO



Querida Mariana: Vos conocés a Cheno, sabés que es alburero, un juguetón de la palabra. Siempre que escucho la palabra membrillo, recuerdo cuando de chicos albureaba a sus primas diciéndoles: “¿Quieren ate de miembrillo?”. Lo decía así: miembrillo, como referencia al miembro masculino. No faltaba la inocente prima que, gozosa, decía que sí, que sí quería un pedazo del ate que Cheno ofrecía. Las risas no se hacían esperar, brotaban como tsizim en temporada de lluvia. El Cheno sigue igual, nada ha cambiado, sigue siendo un molestoso, un exquisito juguetón con la palabra.
El otro día recordé a Cheno y le llamé por teléfono. Él agradeció que le llamara, dijo que se henchía de gusto por la llamada y antes que le comentara que había leído la palabra membrillo en el libro más reciente de Amín Guillén, el muy canijo me dijo: “Mi miembrillo espiritual se hincha de gusto al escucharte”. Te digo, el Cheno sigue siendo un molestoso.
Una de estas tardes fui a la casa de Amín y le pedí que me vendiera un ejemplar de su libro más reciente: “Cántaro y yagual”. Él me invitó a pasar al patio lleno de luz, entró a su estudio y salió con un ejemplar. Me lo obsequió.
Tuve un interés personal en conseguir un ejemplar de su libro desde que me enteré, tal como lo menciona el subtítulo, que trataba de “Apuntes para la historia del agua en Comitán”. Intuí que iba a ser un libro muy importante para nuestro legado cultural. No me equivoqué.
Amín ya tiene una extensa bibliografía. Los últimos años los ha dedicado a estudiar documentos antiguos para atar hilos de la identidad comiteca. Su labor ya es fundamental para la historia local. Como siempre sucede, hay algunos libros que son más brillantes que otros. Aún no termino de leer el de “Cántaro y yagual”, pero puedo decir que es, al momento, el libro más interesante, porque el tema así lo impone. Uno de los problemas más severos de los tiempos recientes es el del agua. Los comitecos padecen una escasez que se ha recrudecido a tal grado que hay colonias y barrios que tienen meses de no recibir el agua entubada. Ya no se trata de recibir agua potable, se trata, cuando menos, de recibir un pringo de agua entubada para satisfacer las necesidades mínimas (no la del consumo, porque el agua tiene un grado alto de contaminación).
Siendo así un tema que toca de manera directa al ánimo de los comitecos, el libro de Amín se convierte en un referente histórico de importancia. ¿Qué rollo con la historia del agua en Comitán? ¿Cuál ha sido la traza cultural, desde los orígenes del pueblo que están contenidos en la leyenda del león de la pila, hasta estos días en que la autoridad municipal no logra resolver el problema del abasto? El libro de Amín da un puntual seguimiento a esas huellas del mítico león.
La otra mañana me topé con Amín (después de un mes que me obsequió su libro, en el patio de su casa, donde uno de sus nietos tocaba en guitarra una canción de un grupo norteamericano). Me topé con él en el auditorio de la Casa de la Cultura, donde se efectuaba un foro de periodistas chiapanecos. Le dije lo que ahora te digo. Cuando termine de leer completo su libro haré un comentario más en extenso, pero que no variará en mi opinión: es, hasta el momento, su mejor libro, porque es como un arcoíris en medio de la lluvia, en medio del agua que, desde siempre, ha bendecido el suelo comiteco.
El próximo encargado del sistema de agua potable de Comitán (¿Potable? ¡Qué buen chiste!) deberá, antes de sentarse en la silla, leer con atención este libro de Amín. ¿Y el próximo presidente municipal? Sin duda. Ojalá no nos salga como Peña Nieto. Es más, creo que todos los suspirantes deben conseguir desde ya el libro de Amín y darle una vuelta muy atenta para tener los antecedentes de la historia del agua en Comitán y de porqué es un problema que requiere una atención inmediata, inteligente y definitiva.
Sería una bobera insistir en lo que los grandes pensadores han dicho acerca de que las próximas guerras a nivel mundial serán por la posesión del agua. Pero tal vez no sea ocioso decir que esas guerras iniciarán en las localidades. Las personas pueden unirse y reclamar el derecho que tienen a recibir agua. Todo mundo sabe que el Senado de la República aprobó una reforma que dice: “toda persona tiene derecho al acceso, disposición y saneamiento de agua para consumo personal y doméstico en forma suficiente, salubre, aceptable y asequible”. Está muy claro, ¿no? ¿Qué pasa en Comitán con este derecho constitucional? Pucha, pareciera que la autoridad lo entendió al contrario, en nuestro pueblo el agua es insuficiente, insalubre, inaceptable y nada asequible.
En fin, digo que en otra carta te contaré las bondades de la investigación de Amín, a quien ya felicité, por la atingencia de su estudio. Ya contaré de qué habla el libro de Amín. Sólo para que te dé curiosidad diré que nos habla de la cueva de Tío Ticho, del Tanque de los Caballos, del Plano Hidráulico, del Reloj Hidráulico, del Río Grande (que ahora está casi seco), en fin, el libro está lleno de jícaras que, juntas, llenan la olla hasta el desborde y mojan las orillas de nuestra historia común.
Pero decía que, en la primera página del libro, Amín (con su estilo a veces barroquísimo) dedica este trabajo a las mujeres que llevan sobre sus cabezas el cántaro y el yagual y escribe: “Las encontramos en esas calles enlodadas, donde dejaron tanta historia. Memoria de caites junto a las del jumento cabizbajo, amagado con vara de membrillo…”. Cuando leí eso de vara de membrillo recordé al Cheno y recordé cómo antes, en las escuelas, había maestros que tenían, al lado de sus escritorios, una vara de membrillo, con la que castigaban a los alumnos mal portados.
A mí no me tocó algún maestro de esos, pero tengo amigos de mi generación que cuentan recibieron castigos cruelísimos a punta de varazos. ¿Por qué la vara de membrillo? No sé, pero según entiendo, la vara de membrillo es flexible, difícil de quebrar y aguantaba cientos de varazos en las piernas o en las nalgas de los estudiantes. Hoy, cuando es imposible que un maestro toque con un pétalo a algún estudiante, sorprende saber que antes era práctica común. De ahí el dicho: “La letra con sangre entra”.
¡Ah!, tan sabroso el ate de membrillo (el de membrillo, no el del miembrillo del malcriado del Cheno). Lástima que para muchos, la palabra membrillo remite al castigo escolar desmesurado. Por eso, también es una pena que dicha madera sea recordada de tan fea manera. ¡Qué no diera el árbol de membrillo en tener el prestigio que tiene la ceiba!, por ejemplo, que es considerado el árbol sagrado de los mayas. ¡Ah!, qué no diera el árbol de membrillo de tener el ascendente que tiene el hormiguillo que es el árbol que da la madera para la marimba. El membrillo también sacaba notas, pero de dolor. Los niños, por más que deseaban evitarlo, gemían y lloraban a la hora que los maestros les metían sus varazos sin compasión. Qué diferencia de las notas que regala el hormiguillo, notas que invitan a mover los pies y a aventarse al patio para echar un bailongo sabroso.
De esto me acordé cuando leí lo que Amín escribió en la dedicatoria de su libro. Él dijo que el burrito que trotaba cabizbajo era amenazado con una vara de membrillo para que le echara julepe a su trote. Los burritos de los años sesenta eran azotados con vara de membrillo. Por esto, tal vez, los burros de los maestros azotaban a los alumnos “burritos”.
Por fortuna, yo nunca recibí azotes con vara de membrillo. Y no porque fuera aplicado, sino porque no me tocaron maestros membrilleros. Lo que sí me tocó, ya en sexto grado de primaria, fue dos o tres reglazos en las manos. Creo que dolían igual que aquellos azotes. En secundaria lo que me tocó fue un borradorazo que esquivó el compa al que iba destinado. El compa hablantín vio que el borrador volaba y se agachó, como yo estaba sentado detrás de él, me tocó el borradorazo, sin deberla. Todos los compañeros rieron, a mí no me quedó más que sobarme y agacharme para recoger el borrador y entregarlo al maestro victimario. Eran tiempos en que los alumnos éramos dóciles.

Posdata: En el libro de Amín, ¡faltaba más!, hay mención de los burritos de La Pila; de los tiempos en que los habitantes del centro compraban el agua que ofrecían los burreros en barriles. Cuentan que en los patios de las casas había enormes ollas de barro donde los burreros volcaban el agua contenida en los barriles.
Juan fue burrero. Hace años me contaba anécdotas de su oficio. Un día le pregunté si sabía leer y escribir, si había ido a la escuela. Me dijo que no. Su familia era pobre, por lo tanto, desde niño tuvo que trabajar. Lamenté que no hubiera ido a la escuela, dije que, probablemente, su situación hubiese sido diferente, dije que, tal vez, con el estudio pudo dedicarse a un oficio menos difícil. Juan dijo que sí, que tal vez con estudio su vida hubiese sido diferente, pero un minuto después me sorprendió al decir: “Aunque, la verdad es que estuvo mejor que no fui a la escuela, mi compadre Armando me contó que la escuela era muy aburrida y que el pinche maestro los cuereaba y los vareaba”. Lamenté escuchar eso. Así era la vida, antes, en tiempos de Cheno.

viernes, 10 de noviembre de 2017

UNA FOTOGRAFÍA TRISTE





A Elisa no le gusta ver fotografías familiares. Es de las pocas personas que conozco que asume tal comportamiento. Ella cuenta que una tarde, cuando era niña, su mamá la llamó para que viera un álbum de fotografías familiares. Era una tarde espléndida, el sol se estiraba como gato en el patio. Elisa había regresado del parque, donde, con sus primas, había jugado en los columpios. Estaba chapeada, sentía un agradable calorcito en su cuerpo. Su mamá comenzó a pasar las fotografías, en blanco y negro, y a comentar cada una de ellas: Acá está mi abuelita Irene, acá está el tío Porfirio. Suspiraba al hablar. Hubo un instante en que se colocó una mano en el pecho y dijo: Acá está mi mamita, yo soy la niña que tiene en brazos. Elisa vio que su mamá dejó de ver la fotografía, miró hacia la ventana y se soltó a llorar. ¿Qué te pasa, mamita?, preguntó Elisa. ¡Nada, nada, hija, nada!
A Elisa no le gusta ver fotografías familiares, dice que aquella tarde se impactó. Su mamá había llorado, se había puesto triste, en una tarde espléndida, cuando minutos antes había estado feliz, cantando, preparando la masa de los pastelitos que metió al horno, para la cena. Elisa dijo que, a partir de ese día, odió a las fotografías, así como odiaba a su papá cuando llegaba borracho y hacía llorar a su mamá. Su papá y las fotografías hacían llorar a su mamá y eso a ella le molestaba mucho.
Elisa cuenta que su mamá le echó la culpa a la sirvienta, la tarde que salió huyendo de casa, llevándose la cajita de madera donde guardaba sus joyas. “¡India cabrona!”, gritó la mamá de Elisa cuando descubrió el hurto de las joyas y de los álbumes de fotografías. Elisa nunca confesó la verdad, que ella había tomado las fotografías y las había ido quemando poco a poco, y los álbumes los había guardado en una bolsa negra de plástico y los había tirado en la basura.
Por eso, Elisa no tiene cuenta de Facebook. Dice que hay parientes y amigos que suben fotografías familiares y ella no quiere recordar los momentos ingratos que vivió su mamá. Cuando el borracho de su padre los abandonó, su mamá lloró mucho. Lo mismo hizo cuando una amiga de ella le enseñó una fotografía donde estaban los papás de Elisa recién casados.
Por eso yo no le enseño fotografías familiares a Elisa. A veces le muestro algunas fotografías de Comitán, del parque de La Pila o de la Pilita Seca y ella sonríe y dice que esas fotografías sí le hacen bien. Pero cuando tomé esta fotografía en la carretera que va a San José Obrero pensé que no se la enseñaría, porque es como una foto triste, muy triste. Sé que ella no vería ese platanar que es como una corona verde a mitad del campo, que es como un pájaro enormísimo con sus alas abiertas, que es como el corazón de la tierra que abre sus dedos para tocar el viento. No. Sé que ella vería lo que está en primer plano, ese fragmento de murete que ya está todo chimuelo, que es como un sobreviviente de épocas pasadas. Porque, si bien este fragmento no tiene parentesco con alguien, sí es como un hilo para jalar la memoria, ese hilo cruel que sirve para atar el recuerdo del abuelo que lo construyó, ese abuelo que, por las tardes, se sentaba en un butac a ver cómo estaba de grande ya el platanar que sembró con su padre.
Las selfies son fotos prodigiosas, que capturan el instante glorioso de vida. Pero sé que estas instantáneas, al paso del tiempo, se volverán fotografías tristes. Lo sé, así como lo sabe Elisa. El otro día, Romeo me mostró una fotografía donde aparecen tres muchachos en la playa, debajo de una sombrilla. Los tres están con sus trajes de baño, están bronceados, tienen cervezas en la mano, sonríen. Romeo me dijo que los conoció. Cuando le pregunté por qué hablaba en pasado, me contó que esa fotografía la subieron a sus muros, antes de dejar Acapulco, antes de subir al auto, antes de chocar con la parte trasera de un tráiler. Estaba triste cuando dijo que esa fotografía la habían subido al Facebook dos o tres horas antes de morir.
Sé porqué Elisa odia las fotografías familiares. Le remueven recuerdos ingratos, que son como brazos que lanzan a la mente al vacío, ahí donde, a diferencia de trapecistas de circo, no hay redes de protección.
Pero yo tomé la fotografía porque sé que uno de estos días, más temprano que tarde, este pedazo de murete caerá y nadie tendrá un referente para la memoria colectiva. Yo pienso que es bueno, de vez en vez, que haya registro de fotografías tristes, porque, después de todo, la vida está llena de esas cuerdas que aprietan los cogotes del alma.

jueves, 9 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA EL ORIGEN DEL UNIVERSO




Querida Mariana: Vi esta fotografía y pensé que si alguien dijera que la abuelita Maty bordó el mar ¡lo creería! Lo creería porque este bordado no tiene principio ni fin. ¿Mirás cómo esta colcha desborda los límites de la fotografía? No fue a propósito (muchas cosas no lo son), pero la sensación que da es de un mar con un oleaje armonioso, casi quieto, como si la abuelita Maty hubiese ordenado: “Niñas, niñas, estense quietas”, y las olas, dóciles, sencillas, le obedecieran.
Vi la fotografía y quedé asombrado. ¿Cuántas horas dedicaba la abuelita de mi amiga Lulú a cada colcha? No puedo imaginarlo, porque mi imaginación es escasa hablando de horas dedicadas a una labor tan concienzuda, tan de abeja libando miel, tan de hormiga llevando hojitas al hormiguero, tan de Dios formando el universo.
Vi la fotografía y supe que las manos de la abuelita Maty fueron manos poseedoras del don. He visto manos semejantes, he visto manos de bordadoras zinacantecas que, con telar de cintura, se pasan las horas de las horas bordando las blusas; he visto manos de talladores de madera repasar una y otra y otra vez el trozo hasta dejar la pieza para museo. Imagino que así es el proceso que realiza el escultor Luis Aguilar, cada vez que moldea la plastilina para que luego, por el método de la cera perdida, sus obras tomen la solidez del bronce.
Vi la fotografía y me sorprendió la sencillez de la estancia. Sólo aparece la pared del fondo y la silla al lado del sofá donde está sentada la maravillosa bordadora. Imaginé, querida Mariana, que la abuelita Maty está a punto de terminar con la labor; imaginé que, al estilo de los albañiles que impermeabilizan un techo y quedan atrapados en una esquina, ella comenzará a quedar por debajo de ese mar bordado y dirá, satisfecha: “¡He cumplido!”, y cerrará los ojos y se irá a otra parte del universo a seguir con su labor, porque, ¡sí!, ella cumplió. Ella legó estos mares bordados y, lo más importante, dejó como herencia la lección de la paciencia y de la pasión.
¿Cuántas horas dedicaba a cada colcha, a cada laguna bordada, a cada mar entretejido? Ella, al contrario de Moisés, no abrió el mar, porque no estaba en el destierro. ¡No! Ella, al contrario, se dedicó a unir las olas para formar un enormísimo mar, ella siempre fue una mujer sedentaria, porque la Biblia dice que Dios descansó al concluir su labor de formar el universo. Lo mismo hizo la abuelita Maty, vio que el mundo era bueno, estaba lleno de flores, de pájaros y de borregos, pero le faltaba el agregado de la belleza utilitaria, entonces cardó la lana del borrego, se sentó y comenzó a bordar un tapete para abonar la imaginación del ser humano.
¿Mirás cómo cae la cabellera blanca, como queriendo unirse a las olas del bordado? Su cabellera es una cascada. ¿Mirás cómo ella está a punto de jalar el gancho para que el hilo forme la greca? ¿Imaginás cómo era el espíritu de la abuelita Maty?
Cuando vi la fotografía traté de escuchar. ¿Oís lo mismo que oí yo? Yo escuché el sonido del mar a la hora que, sugerente, besa la orilla de la playa; escuché el sonido de una bandada de gaviotas; escuché el sonido del silencio que, apresurado, movía los pies y caminaba por encima del mar, en intento de imitar a Jesús. Escuché la respiración de la abuelita Maty, vi cómo su pecho se alzaba como se alza el buche del gorrión cuando canta.
Nada interrumpía ese concierto de silencios y de murmullos.
En el instante de la fotografía, la abuelita no suspendió su labor. Así la hallaron, así la dejaron, bordando. Así continúo hasta la tarde en que el bordado se confundió con su cabello, se entrelazó y la cubrió de manera permanente.
¡Qué vida tan intensa, tan llena de guiños luminosos! Ella no fue enterrada, ella descansó debajo de un mar bordado.

martes, 7 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE UNA CHARLA CON ALICIA TORRUCO




Querida Mariana: El 28 de octubre, Daniel Saborío pidió que les regalara una entrevista para “Lengua de calle”, un canal de videos en las redes sociales. Daniel siempre es muy amable conmigo. De inmediato contesté que sí, por supuesto, dije que lo consideraba un honor. Él agregó que la charla sería con “una entrevistadora muy simpática”. Ella se pondría en contacto conmigo. Así fue. Alicia Torruco me dijo que hiciéramos la entrevista el viernes tres de noviembre, a las once de la mañana. ¿En dónde? ¿La hacíamos en la casa o en un café? Sugerí que lo hiciéramos en el parque de San Sebastián. Aceptó.
La charla (ya la viste en el Facebook) resultó muy agradable. Alicia condujo la plática de manera sutil. Me sentí muy bien. Platicamos de los dos proyectos más recientes: mi novelilla breve “Siempre aparece un elefante llamado Doko” y ARENILLA-Revista.
Ahora recuerdo dos cosas de la plática. Alicia dijo que no preguntaría lo que mucha gente, sin duda, pregunta: ¿Quién es Mariana?, pero dijo que sí preguntaría por qué sólo le escribo a Mariana; es decir, por qué sólo te escribo a vos.
La otra cosa que recuerdo es que Alicia (Daniel tuvo razón, es una entrevistadora muy simpática) pidió, en un momento de la charla, que yo le hablara de vos (no de vos, vos, sino que empleara el voseo, como una muestra del modo de hablar comiteco).
Agradecí que Alicia no saliera con el sobado tema de quién sos vos, porque siempre que lo preguntan no puedo decir más que sos el motivo de estas cartas, sos el pretexto ideal (así se lo dije a Alicia) para apuntalar dos de mis modestas pretensiones: Uno: rescatar un género literario que ya es escaso y que dio tanta luz a la literatura mundial: el género epistolar; y dos: usar el lenguaje coloquial comiteco que, de igual manera, ya no usan muchos jóvenes paisanos, que prefieren el tuteo y no el voseo.
¿Sólo te escribo a vos? No, pero vos sos el motivo de la mayoría de mis cartas. Esto es muy sencillo, así como ya pocas personas escriben cartas, pocas personas tienen la paciencia y el amor que vos tenés para leerlas completas. Los tiempos actuales exigen la brevedad, pero la brevedad llevada al extremo. Ahora ya apareció un nuevo género literario: La tuiteratura; es decir, los textos que se escriben en el twitter, con un máximo de ciento cuarenta caracteres (Sonia dice que ya duplicaron el límite y que ahora son doscientos ochenta caracteres). Es la tendencia: los mensajes deben ser breves, porque el tiempo exige un menor esfuerzo. Samy, el espléndido librero de Lalilu, cuenta que una vez un ocasional comprador le pidió un libro de cien páginas, no más. Ya no importa el tema, ni el autor, importa que el libro no sea de esos ladrillos al estilo de “Guerra y Paz”, de Tolstoi.
Para hablar de vos debe existir un lazo de comunión; es decir, el voseo más intenso se da entre amigos, entre camaradas, entre afectos. Si el trato es de usted (como fue en el caso de Alicia; ella me trató de usted y yo hice lo mismo) el voseo íntimo no se da. Si, por el contrario, el trato es de tú, el voseo aparece como un rayo de sol e ilumina la conversación. Por esto, cuando Alicia pidió que le diera un ejemplo de voseo, boté el muro del usted y me dirigí a ella como lo hago con vos, tendiendo el puente amistoso.
Si ahora Alicia me preguntara por qué elegí el parque de San Sebastián le diría: Ah, lo hice porque vos, Alicia, sabés que en ese parque se gestó la independencia de Chiapas, pero lo que no sabés es que acá fue el patio donde los estudiantes de secundaria del colegio Mariano N. Ruiz teníamos nuestra media hora de recreo. Vos, Alicia, no sabés que este privilegio lo han tenido muy pocos alumnos en el mundo. En Comitán también fueron privilegiados los estudiantes de la secundaria y de la preparatoria en los años setenta, cuando la escuela estaba ubicada en el edificio que ahora ocupa la casa de la cultura. Aquellos muchachos salían a su recreo al parque central.
Nosotros, alumnos del colegio del padre, dábamos vueltas en el parque de San Sebastián. Las demás personas ya sabían que a las once salíamos media hora a nuestro recreo. Por eso, el nevero se acercaba, lo mismo hacía el que vendía los salvadillos con temperante, y Cirito ofrecía las gorditas que vendía en un local que estaba frente al parque, en el edificio del Niñito Fundador. También, qué pena, lo sabía el depravado que se paraba detrás de un árbol y se masturbaba mirando a mis compañeras que en ese tiempo usaban la falda a mitad del muslo y cuando se sentaban dejaban ver más. El depravado (miserable) jugaba su miembro por encima del pantalón, mientras miraba a lo lejos a mis compañeras, que eran bien bonitas. En varias ocasiones yo vi al tipo que manchaba su pantalón a la hora que no podía contener su excitación.
Querida Mariana, esto le contaría a Alicia, así, hablándole de vos, para que viera que ese parque es simbólico y, para mí, tiene una carga histórica personal que va más allá de Fray Matías de Córdova y de Josefina García. El parque de San Sebastián me regala el recuerdo del padre Carlos; el del padre Raúl; el de la madre Sara; el de Rosa Elena dando vueltas al lado de su novio de entonces; el de los hermanos Barrios llorando desconsoladamente el último día de clases, porque ya dejarían el colegio y tendrían que cambiar de escuela, los hermanos Barrios eran muchachos con fama de ser los más fuertes del salón, pero el último día de clases, abrazados con los demás compañeros daban vueltas en el parque, con el llanto sin contener. Porque, has de saber Alicia, en la secundaria del colegio hice los mejores amigos que, hasta la fecha, son el bálsamo de mi corazón. Ahí conocí a Eva Morante que, desde Guadalajara, lee las cartas que le escribo a Mariana.
Mi niña mía, no sé si Alicia comprendió que apoderarnos del parque de San Sebastián esa mañana era una gran hazaña. Colocamos una mesa al centro del kiosco, con un mantel verde, y encima dispusimos ejemplares de ARENILLA-Revista y un ejemplar de mi novelilla. La gente caminaba sin prisa, muchos estaban sentados en las bancas, tomando vasos de aire fresco, tomándolo sin popote. Alicia no lo vio, pero ahí también estaba parte de mi corazón y del corazón de todos mis compañeros de la secundaria de la escuela del padre Carlos. Ahí estaba la sonrisa de mi amigo Miguel, quien falleció cuando ya era todo un ingeniero egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana, pero al que conocí en esos salones donde el doctor Robles nos enseñaba los principios de la química, y el padre Carlos nos hacía escuchar música clásica y la maestra Virginia Avendaño nos daba dibujo de imitación y el maestro Güero nos impartía clases de modelado con plastilina, materia que cimentó la vocación de Luis Aguilar, el famoso escultor.

Posdata: Alicia Torruco llegó a Comitán hace como año y medio y ahora platica con escritores comitecos y Daniel Saborío sube esas entrevistas al canal de “Lengua de calle”. Por eso, desde ahora, cuando camine por el parque de San Sebastián, a todas las imágenes de mis amigos y compañeros de la secundaria, así como de las de cientos de alumnos que he tenido, se agregarán las de Dany y las de Alicia, quien un día llegó de Las Choapas, Veracruz, y que ahora, poco a poco, habla de vos.