viernes, 9 de diciembre de 2016

DEFINICIÓN DE AUSENCIA





Todo crece. Los científicos dicen que el universo (como si fuera pichito) crece, ¡crece! Pero, es ley universal, todo lo que crece se agota en un momento determinado. Los mismos científicos advierten que el universo dejará de crecer y se contraerá. Nadie se alarma con tal noticia, porque todo mundo advierte que, en un momento determinado, todo lo que crece deja de hacerlo. Además, la contracción del universo sucederá en una fecha cifrada en años luz. Ya para ese tiempo, los terrícolas le habremos dado la extremaunción a la Tierra. Y muchos de nosotros andaremos contando piedritas en el fraccionamiento del Xibalbá.
Dejan de crecer los niños, los animales y las plantas. Una amiga me dijo el otro día: “Quisiera que mis hijos ya no crecieran, que se quedaran así como están”. ¡Imposible! Ella sabe que es un deseo imposible de cumplir. Sus hijos crecerán, les crecerán los vellos, los pies, las manos, sus órganos sexuales, sus deseos. Tal vez el niño tenga un vientre de rotoplás o tal vez no, tal vez sea un corredor de campo traviesa, con un abdomen plano, pero le crecerán los sueños y soñará en ser el ganador del Maratón de la Ciudad de México. Todo crece, pero llega el momento en que todo deja de crecer. ¿De veras? ¿Deja de crecer la ausencia?
El diccionario de la RAE (siempre tan modosita) dice que Ausencia es: “Falta o privación de algo; acción y efecto de ausentarse o de estar ausente”. La ausencia es una carencia y esta carencia crece por siempre, para siempre.
¿Vemos un caso? La ausencia de una madre. Por supuesto que hay ausencias temporales. Los hijos se van a estudiar a otras ciudades y se ausentan de sus hogares, pero en temporada de vacaciones llegan para estar con su familia (Bueno, en realidad para estar con sus amigos o novias, de tal suerte que siguen casi ausentes en la casa). Pero ¿qué sucede con la madre que fallece? En el instante del fallecimiento se abre una fractura infinita: la ausencia eterna. Quienes padecen esa pérdida no alcanzan a dimensionar la grieta, pero conforme el tiempo pasa, la ausencia se hace más visible, más rotunda. Como si esta piedra, al inicio llena de aire, se fuera llenando con granos de fierro, la ausencia va pesando más y más y cada vez (es condición humana) crece como si fuese un tronco que quiere alcanzar la orilla del universo que se expande. Ah, cómo duelen las ausencias definitivas, crecen como globos llenos de tachuelas. ¿Hay un instante en que, como advierten que sucederá con el universo, la ausencia se contrae? Marcos dice que sí. Marcos dice que por eso hay una etapa de duelo, se padece, pero se trasciende, nadie puede sobrevivir metido en el hueco de la ausencia, aunque se reconoce que tampoco puede llenarse con algo ese hueco. La ausencia es como un agujero negro: succiona toda esperanza, toda línea de luz. Marcos dice que la ausencia se contrae en el instante en que el hombre que lamenta la ausencia de la madre también fallece. Pero Juan no está de acuerdo, Juan (ingeniero químico) dice que la primera ausencia sólo se integra a la siguiente, como si fuese una cadena carbonada, encarbonada, encabronada. Hay, dice Juan, el ADN de las ausencias. Cuando un nuevo ser nace tiene, no lo sabe a ciencia cierta, el ADN de todas las presencias familiares, lo que es lo mismo que decir que posee todas las ausencias lamentables, todas esas piedras que cortan el cristal del espíritu y que producen llagas.
Todos los seres humanos llevamos muy dentro una cadena infinita de ausencias. Cuando alguien, sin causa aparente, suspira, lo hace porque recordó la sonrisa de la tatarabuela que nunca conoció físicamente.
Sólo el árbol de la ausencia nunca deja de crecer.

jueves, 8 de diciembre de 2016

NO HAY PEOR VILLA QUE CUANDO VILLA LUCHA




El cartel del Cine Comitán anunciaba “Amanecí en tus brazos”. Lucha Villa había hecho famosa la canción, de José Alfredo Jiménez, y ahora ella actuaba en la película. Javier, mientras tomábamos una nieve sentados en una banca del parque central, me preguntó si iríamos a ver la cinta. Estudiábamos primero de secundaria, en la escuela del padre. El padre, había dicho, en misa del domingo, que tal película era para adolescentes y adultos y nosotros seguíamos siendo considerados niños.
En las vidrieras del cine estaban pegados los carteles publicitarios. En letras grandes el título, los actores (recuerdo a la Lucha y a Fernando Casanova), pero lo más grande era la imagen donde aparecía la actriz y cantante recostada sobre una cama, cubierta con una sábana (con florecitas azules) que apenas le cubría los pechos, el abdomen y el pubis, pero dejaba al descubierto un par de muslos que eran como anuncio de carnicería de primera. Ella, con los ojos cerrados, se tocaba el cuello con ambas manos. Se advertía que el fotógrafo le había dicho: “Cierra los ojos y acaríciate, para que todos tus fanáticos tengan sueños húmedos”. Y nosotros, Javier y yo, junto con miles y miles de espectadores, éramos fanáticos de Lucha y pensábamos que la mejor lucha era la Villa. A mí me gustaba su voz ronquita y sensual. Esa canción de José Alfredo era todo un éxito: “Amanecí otra vez entre tus brazos y desperté llorando de alegría…”. La pareja de la que habla la canción (si no mal recuerdo) se pasa todo el día en la cama y cuando llega la noche y entra la luna a la recámara, ella dice: “Yo me volví a meter entre tus brazos” (como si él fuera su casa, el hogar). Cuando él quiere decirle algo, ella le calla la boca con sus besos, “y así pasaron muchas, muchas horas”. Don José Alfredo sintetiza horas y horas de amor, de amor bonito, sabroso, chingüengüenchón.
¡No! No dejarían entrar. En otro fotograma del cartel aparecía una foto donde el bienaventurado y suertudo de Casanova (nunca tan bien puesto el apellido) deja que la Villa “se meta entre sus brazos”. Los dos están desnudos y cubiertos con la famosa sábana, se besan. Esas imágenes eran candentes para dos estudiantes de secundaria de los años sesenta, cuando el padre Carlos daba a conocer la clasificación de las películas y nosotros sólo estábamos autorizados a ver las de clasificación A. Las B eran ya para los mayores y las de clasificación C, sólo para adultos, muy adultos.
No sé cómo, pero logramos colarnos al cine. Entramos a la hora que la película había comenzado, así que no tuvimos mayor problema en pasar desapercibidos, pero cometimos un error: no salimos antes del final. Nos quedamos a ver la otra película y cuando se prendió la luz del intermedio, supimos que estábamos expuestos a las miradas de los adolescentes y adultos. Como si fuéramos armadillos nos enconchamos y nos despatarramos sobre las butacas de color rojo, pero mi tío Ramiro (¿por qué, señor, por qué?) se paró para ir al baño y caminó por el pasillo de en medio, vio hacia la izquierda y me descubrió con la cabeza entre los hombros. Nada dijo, sólo levantó la mano, extendió el dedo índice, como si fuese un vaticinio de lo que años más tarde haría ET, lo movió en forma sentenciosa y yo supe que me estaba diciendo: “Anda, cabrón, le diré a tu papá que estás viendo películas calientes”, porque sí, Lucha nos había cumplido. Se había metido en la cama con Fernando y se habían dado un buen fajecillo.
Todo esto, porque hace apenas cuatro o cinco días, Lucha cumplió ochenta años. ¡Ochenta! La nota periodística (extraviada) decía que la pasó en la casa donde radica ahora, en alguna ciudad alejada del centro y de los reflectores. Todo mundo sabe que Lucha (en mala hora), hace años, entró a una clínica para someterse a un tratamiento de esos que practican las mujeres para quitarse años y le salió mal, se enfermó y su rostro perdió el encanto que tuvo, siempre. Ya no volvió a cantar, su voz ronquita y sensual se extravió también.
Ahora que cumplió ochenta recordé, también, el dibujo que el gran Rufino Tamayo le hizo para la portada de un disco. Líneas arriba escribí la palabra vaticinio. ¡Qué coincidencias! El retrato que Tamayo le hizo (en su estilo) pareció vaticinar la transformación que tendría su rostro.
Los amigos que vimos la portada del disco nos llevamos las manos a la cara y dijimos que Tamayo la había jodido. Lucha queriendo ser inmortalizada por un grande de la pintura mexicana se ha de haber acercado al maestro para pedirle ese retrato. Tamayo, con la palma de la mano extendida, le dijo que sí y recibió los millones y, después de un tiempo, le entregó el retrato. Un retrato (en serio) que no está tan lejos del rostro que tuvo después de su enfermedad.
Años después, Rodrigo nos dijo que su teoría era que Olga (la mujer de Tamayo, y quien era muy posesiva) obligó a Rufino a que hiciera un dibujo casi grotesco. Rodrigo dijo que Olga estaba celosa de Lucha, a pesar de que no tenían mayor trato. Nunca sabremos ya cuál fue la verdadera historia. Lo cierto es que el apunte de Tamayo nada tiene que ver con su grandeza, nada tiene que ver con el retrato maravilloso que le pintó a su esposa Olga. Tal vez Rodrigo tiene razón y Olga no permitió que otra mujer la superara en belleza (cuando menos en los cuadros), porque Lucha era mil veces más bella que Olga. Rodrigo fue más allá, dijo que otra mujer hizo que el internamiento de Lucha tuviera las secuelas dañinas, para que perdiera su belleza.
Todo es pura especulación. Lo cierto es que sus fanáticos la perdimos de vista. Ahora que cumplió ochenta años la recordé y le envié un abrazo de esos que se mandan desde un punto infinitesimal con la esperanza de que llegue al jardín donde el sol se desparrama sin distingos.
“Desperté otra vez entre tus brazos y amanecí recordando tu alegría”. Ah, la Villa, la que lucha, lucha desde entonces.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

CARTA A MARIANA, CON AROMA A PREMIO





Querida Mariana: Anexo fotografía para propuesta de premio. No me refiero a la calidad de la fotografía, porque es una imagen común y corriente de un auditorio vacío. ¡No! Me refiero a la insólita distribución de las butacas. La butaquería es reciente, nueva, de paquete. Los asientos son mullidos, confortables, pero, la distribución es absurda, por decir lo menos.
¿Para qué premio puede ser postulada esta propuesta? ¿Existen un récord Guinness para la ineptitud? ¿No? Es una pena. Hay cientos y cientos de reconocimientos para los mejores escritores, los mejores ingenieros, los mejores cantantes, las mejores bailarinas, las mejores astronautas, las mejores actrices. ¿Por qué no hay el premio para lo más absurdo del año? En los Estados Unidos hay un grupo que cada año premia lo peor de la cinematografía. Si existiera un premio a lo absurdo, este tramo de butacas tendría oportunidad de ganar el galardón.
Este tramo de butacas está en el auditorio de la Casa de la Cultura, de Comitán. Está en la gayola del auditorio, justo en la parte superior de la entrada, en el mero centro, frente a la cabina de proyección. Son cuatro butacas que, como se logra apreciar en esta foto, no funcionan como asientos sino como barrera para que los de la izquierda no puedan pasar a la derecha y viceversa. Cuando algún atrevido desea pasar del otro lado de la frontera debe brincar las butacas, porque el espacio que queda libre es muy estrecho.
Las butacas cambiaron su vocación, gracias a la decisión absurda del encargado de la instalación. Las butacas, cualquier niño lo sabe, sirven para sentarse. Como estas butacas son plegadizas, los asistentes a un acto cultural deben bajar el asiento para poder disfrutar de la puesta en escena. Pues resulta que estas butacas no logran completar su cometido porque los asientos chocan contra el murete. Nadie, al ver que los asientos no funcionan, colocaría esa serie de butacas, pero el encargado de la remodelación del auditorio ¡sí lo hizo! ¿Quién le otorga el premio?
Debo decir, querida mía, que en el cambio de butacas, el auditorio ganó y perdió. Este tramo de cuatro butacas es el más ofensivo, pero todo el auditorio tiene errores. La empresa encargada del cambio de butaquería sólo quitó las viejas y colocó las nuevas, sin tomar en cuenta (¡Dios mío!) que las nuevas eran más largas, con lo que provocó el caos que ahora existe. Los constructores debieron hacer una adecuación al espacio. Ahora, cuando una persona quiere sentarse a mitad del auditorio debe casi pasar por encima de los muslos de quienes están sentados. Algunos se ponen de pie (con la consiguiente molestia para los espectadores de atrás), otros mueven las piernas hacia un lado, pero, como el espacio es tan breve, los que pasan les refriegan el trasero o la parte del frente en la cara de los que están sentados. El auditorio ganó butacas nuevas pero perdió en comodidad y en sentido común.
María dice que alguien debería levantar una demanda en contra de la empresa. ¿Para qué?, dice Alfonzo. La autoridad nunca sanciona, por eso, los contratistas hacen su real gana. Por fortuna, el grupo Por Amor a Comitán se inconformó a tiempo y la compañía constructora tuvo que cancelar el arreglo del bulevar, donde querían “sembrar” lajas, como han hecho en otras ciudades. Una vez hecho el daño de nada habría valido demandas.
Por esto, ya que no hay demanda que valga, cuando menos que el “peor actor del año” reciba el premio por haber ejecutado la obra más absurda. Sólo para enriquecer nuestro catálogo de absurdos. El premio podría llamarse: “Les haré un puente. No hay río. Les haré su río”.
¿Yo? Mejor rio.

martes, 6 de diciembre de 2016

EL PREMIO CHIAPAS YA SE VOLVIÓ UN TACHILGÜIL




En Comitán, como en muchos otros lugares de Chiapas, se emplea la palabra tachilgüil. Esta palabra significa revoltijo. Se aplica indiscriminadamente. Pero hubo un tiempo en que se aplicó a un guiso de origen coleto. Y el platillo se llama así porque es una revoltura de menudencias. Cuando alguien quiere decir que todo es una mescolanza dice que es un tachilgüil. Parece que el Premio Chiapas ya se volvió un tachilgüil, porque da la impresión que ya perdió su esencia y es un revoltijo cultural impresionante.
El Premio Chiapas 2015 se entregó ya avanzado el año 2016 y este año, hasta donde se sabe, no se ha emitido la convocatoria correspondiente y ya el año está por terminar.
Este desfase provoca un enrarecimiento que resta seriedad a lo que, en un principio, se consideró como el máximo honor que el gobierno de Chiapas otorga a sus mejores hombres y mujeres.
Lastima a la comunidad esto que, por decir lo menos, es un desaire a la historia y tradición. Duele pensar que este reconocimiento pierde el brillo que tuvo cuando fue entregado a personalidades tan estimadas por el pueblo chiapaneco como Eraclio Zepeda, Rosario Castellanos, Heberto Morales Constantino, Andrés Fábregas Roca (y también su hijo: Andrés Fábregas Puig), Jaime Sabines y más, muchos más ilustres nombres.
Sólo por honrar la memoria de esas personas que siguen dando lustre a nuestro estado, el gobierno, a través de las instituciones convocantes, debería regresarle su resplandor y su aura de respeto.
Ante la indolencia el tachilgüil ha comenzado a darse. Por ello, de manera respetuosa, sería bueno solicitar que se cumpla con los tiempos y con lo estipulado en la convocatoria, además de que se haga un agregado que, en estos tiempos, se hace necesario.
La convocatoria expresa que personas físicas e instituciones científicas y culturales pueden proponer candidatos. Una vez recibidas las propuestas, la Secretaría de Educación y el Consejo Estatal para las Culturas y las Artes elegirá a especialistas de reconocido prestigio para que funjan como integrantes del Honorable Jurado Calificador. De acuerdo con los lineamientos de la convocatoria, el gobernador honrará el acto y entregará los premios a los ganadores, elegidos por el jurado.
En este tachilgüil actual hay, en las redes sociales, ejemplos de algunas propuestas y adhesiones a candidaturas que tienen como destinario principal al gobernador del estado, como si éste fuera quien debe determinar a los ganadores.
Muchos comentan, en voz baja, que el gobernador, en realidad, es el gran elector.
Si esto último fuera cierto sería lamentable. Pero esto no debe ser cierto, porque tal exceso denigraría la personalidad y honorabilidad de los ciudadanos elegidos para conformar el Honorable Jurado Calificador.
Por eso se dice que es necesario (en calidad de urgente) que se haga una revisión exhaustiva a los lineamientos de la entrega del premio y se agregue un apartado que prohíba tácitamente la autopromoción.
En estos tiempos de redes sociales es preciso ajustar las bases para que todo, dentro de lo humanamente posible y deseable, sea transparente y justo.
Que sean los particulares y las instituciones científicas y culturales las que eleven y promuevan las candidaturas, valorando, en su justa dimensión, las virtudes de las personas dignas de ser consideradas para tal merecimiento. Que se prohíba la autopromoción.
Se trata de regresar la dignidad al Premio.
Hay actitudes indignas que ofenden la memoria de las personalidades reconocidas en años anteriores, así como ofenden la inteligencia de este inteligente, pero vituperado, estado de la república mexicana.
La grandeza de Chiapas debe estar por encima de intereses mal encaminados.
¿Habrá entrega del Premio Chiapas 2016 en este año?
Ojalá la entrega del Premio Chiapas 2017 se realice en tiempo y forma, y se incluya ese agregado donde se reitere que la propuesta debe venir de particulares y de instituciones y no de postulantes. Sólo para recordar y hacer vigente que: Alabanza en boca propia ¡es vituperio!
¡Que cumpla con su deber la representación del Premio y la honorabilidad de Chiapas estará salvada!
Que los tachilgüiles sólo sean gastronómicos.

sábado, 3 de diciembre de 2016

CARTA A MARIANA, ESCRITA DESDE UNA MESA DE CAFÉ




Querida Mariana: Augusto dijo que cerraron el Café Sanfer’s. En cuanto lo leí me preocupé y pensé “¿Dónde tomará café ahora mi compadre Javier?”. Dos horas más tarde respiré tranquilo, porque vi a Javier en el Café Tenokté, de la Casa de la Cultura.
¿Cuál es la función social que representan los cafés en las ciudades y pueblos? En el Facebook vi la fotografía de dos muchachos que, a su manera, rindieron un homenaje al Sanfer’s, se sentaron en la grada del local cerrado y tomaron cafés, de esos que venden en el Oxxo. Ellos extrañarán ese lugar que, sin duda, los recibió durante algunas tardes.
Yo nunca he sido afecto a acudir a cafés. Una vez lo intenté acá en mi pueblo. Me senté, abrí el moleskine y comencé a escribir un cuento. El mesero se acercó y me ofreció la carta. Pedí un té. El mesero se retiró. X (así la llamaré) se acercó y me tendió la mano:
―¿Qué hacés?
―Acá tomando té. (Quise jugar con ella. Lo dije con intención de que recibiera el doble sentido de la frase: tomando té)
―No, bobo, pregunto qué estás escribiendo.
―Ah, un cuento.
―Leémelo, por favor.
―No puedo.
―¿Te comió la lengua el loro? (Quiso bromear.)
―Apenas comienzo.
―¿A tomar el té? (Bromeó de nuevo.)
En este momento sentí que la conversación tomaba derroteros que no me convenían. Ella se había sentado y ya levantaba la mano para llamar al mesero.
Cuando me hizo otra pregunta pensé que no me dejaría escribir. Yo había ido al café para escribir un cuento. Por eso había elegido la mesa del fondo, para que yo pasara inadvertido. Intentaba hacer el experimento (que hacen muchos escritores) de escribir tomando como modelo de personaje a una de las personas que por ahí deambulan. De hecho ya había elegido a mi personaje: una muchacha que, en una mesa al lado del ventanal, leía un libro y, ocasionalmente, pero con fruición, revisaba su celular y tecleaba. Imaginé que debía inventarle una historia a esa chica.
El mesero se acercó, X pidió un café.
¿Cómo salir de esa trampita? X llevaba una blusa con escote y un brasier color rojo. La chica de la mesa al lado del ventanal ya levantaba la mano y pedía la cuenta.
―Me gusta lo que escribís―dijo X―No me pierdo ni una de tus Arenillas. Mi mamá compra el diario, todos los sábados, sólo para leerte.
Nada dije. Ella me halagaba y yo trataba de escabullirme. Me sentí un ingrato.
Cuando vi que el mesero se acercaba a la mesa (donde estábamos X y yo), saqué mi celular y respondí una llamada inexistente:
―Bueno… ¿Cómo? Sí, sí, decile que voy ahora mismo.
Colgué. El mesero dejó el café sobre la mesa. Saqué un billete de cincuenta pesos, le dije al mesero que agregara el café de ella.
―¿Qué pasó?―preguntó X.
Le dije que mi jefe quería verme, era una urgencia.
―Luego te leo el cuento―dije. (Lo dije con la misma malicia del principio, pero ella no festejó el doble sentido.)
Cerré mi moleskine y le tendí la mano. Ella se quedó ahí, con el café caliente.
Salí. Salí decidido a ir a la casa para escribir allá el cuento que no pude escribir en el café, pero, di dos pasos y vi que la chica estaba sentada en una banca del parque central. Seguía leyendo. Había prendido un cigarro. Tal vez por eso había salido, porque el café era un espacio libre de humo. Vi que la chica me vio, levantó el brazo, como si saludara y movió la mano haciendo una señal para que me acercara. ¡No! No podía estarme llamando. ¿Por qué lo haría? Vi para todos lados, sobre todo busqué a mi espalda, busqué al muchacho al que ella se dirigía. Volví a verla. Ella había regresado a su lectura. Esperé a que se acercara su muchacho. Esperé uno, dos, tres, cuatro minutos. Nadie. Ella no separó su vista del libro. Pensé, entonces, que sí, que el saludo era para mí, pero que yo había ignorado su petición. ¿Pero, por qué ella me iba a llamar? No me conocía. Pensé entonces (¡qué bobo!) que leía una novela mía. No, no, era una estupidez lo que imaginaba. Pensé entonces que ella había salido de su casa para leer, para tener un espacio íntimo donde nadie la molestara. No podía cometer la misma imprudencia de X. Así que puse el moleskine debajo de mi axila, metí ambas manos en la chamarra y caminé con rumbo a mi casa.
Nunca más he ido a un café. Sé que es un espacio donde la vida se concentra, es un espacio riquísimo para cualquier escritor. Hay mil historias aglutinadas. Mi papá decía que nunca pondría un café, decía que los clientes se sentaban, pedían un café (de a peso, en ese tiempo) y se estaban ahí horas y horas sin consumir otra cosa. No lo veía como un negocio viable. Ahí mi papá se equivocó, porque ahora un café es un local muy rentable.
¿Por qué cerró el café Sanfer’s? No lo sé.
Cuando supe la noticia del cierre, pensé en Javier, pero cuando, horas después lo vi, muy quitado de la pena, en el café de la Casa de la Cultura supe que él no extrañará el Sanfer’s. A final de cuentas, durante mucho tiempo Javier y sus amigos fueron clientes consuetudinarios del café de la Casa de la Cultura. Javier regresó a sus orígenes, al corredor donde estudió la prepa. Además, recordé que la mente de Javier es muy especial, dice que la felicidad está en la alternancia. Lo dijo con respecto al amor, pero ahora yo lo aplico a los lugares. Acá está una enseñanza para quien la quiera pepenar: No depender de un amor o de un espacio, un poco como decir: En la variedad está el gusto, y yo lo vi muy a gusto en la nueva cafetería.
Los cafés han sido lugares importantes en la vida de muchos escritores. En París es famoso el Café de Flore, un mítico café al que iban Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Marguerite Duras, entre otros grandes escritores.
Acá en Comitán hay periodistas que acuden a los cafés. Por ahí he encontrado a Amín Guillén y a su tío Marco Tulio. Amín siempre anda con su cámara; Marco Tulio prepara ahí sus notas periodísticas. ¿Escritores profesionales? No. Nunca he visto a alguno pergeñando un cuento o el esbozo de una novela. Debe ser porque en Comitán no estamos educados para respetar el territorio del escritor. En cuanto alguien ve a un amigo se aproxima, se sienta, pide un café y le entra al arguende sabroso y aleccionador.
Una vez, en Puebla, me senté en una mesa de un café al aire libre. En la misma manzana donde está el palacio municipal hay restaurantes con mesas en los portales. Pedí una cerveza. El mesero me llevó una cerveza Bohemia (marca que pedí en memoria de mi papá, quien, en un tiempo, fui distribuidor de la marca Carta Blanca, en Comitán). La abrió ante mi vista, llenó el vaso, y dejó un plato con cacahuates. Abrí mi libreta y comencé a escribir una especie de crónica de lo que veía en ese momento en ese espacio. Tomé un sorbo de cerveza y, con una servilleta, me quité la espuma que quedó en mi boca. Iba a continuar escribiendo cuando sentí un aleteo fresco frente a mi cara: era una paloma que voló hacia mi mesa y se posó en ella. ¡Los cacahuates la habían convocado! Dos señoras (turistas) que estaban en la mesa de al lado me dijeron que eso era un prodigio y una de ellas, la más gordita, comenzó a dialogar conmigo, que eran de Veracruz, que ya habían ido al Parián, que pensaban ir al Africam Safari, que, el sábado, viajarían a la Ciudad de México e irían a la Basílica de Guadalupe y a Chapultepec, porque (dijo la más gordita, la que parecía un osito), cuando niñas, su mamá las había llevado al zoológico y guardaban recuerdos maravillosos de ese viaje, porque su mamá les había comprado algodones de París y les había dicho que los elefantes eran animales fantásticos que, en las noches, recuperaban la lozanía de su piel, porque en las mañanas la tenían toda llena de pliegues, de arrugas, como si fuera una camisa sin planchar. Y la otra señora me preguntó si yo creía que los elefantes recuperaban la lozanía de su piel durante la noche.

Posdata: Sé que en los cafés está concentrada la historia. Por eso, a veces, camino frente a uno de esos lugares y, desde lejos, miro cómo se desenrolla esa sábana que llamamos vida. Ahí se dan citas amorosas, desencuentros, negocios; ahí fluye la anécdota sabrosa, el chisme. Ahí, cuando se agota la plática, los amigos miran al personaje que camina frente a ellos (puedo ser yo o vos o cualquiera) y tijeretean su honra, porque ellos son como esos taurófilos que miran la vida desde la barrera, desde la barrera de un café. Les cuesta aventarse al ruedo.

jueves, 1 de diciembre de 2016

¿EN DÓNDE QUISIERAS ESTAR?





Fue coincidente. Fui a dejarle un libro a Raymundo. No estaba. Su hermana Rocío veía una película argentina. En el instante que entré a la sala, el personaje preguntaba a los que estaban sentados en la mesa: “¿Qué quisieran ser?”. Eran diez personas, más o menos, la abuela no hizo caso a la pregunta, siguió comiendo el espagueti.
En la mañana le había hecho la misma pregunta a Gina. Había hecho la pregunta sin mayor trámite, como cuando alguien tira un anzuelo para ver si hay respuesta, sólo como un tema de conversación. Y ella, casi sin dudar, me dijo que le gustaría trabajar en un santuario para animales. Yo, sólo para cerrar el círculo, dije que ahora hay una tendencia que exige la apertura de más santuarios y el cierre de zoológicos (lugares de espacios estrechísimos donde los animales son sometidos a estrés permanente).
Y yo también pensé en la pregunta. Me gustaría un santuario para mí. La sociedad, en muchas ocasiones, parece un zoológico. Yo no soy un animal maltratado, pero, a veces, me siento como un animal acosado. En ocasiones, este moverme en sociedad me disgusta.
Ahora pregunto a mis lectores: ¿No sienten a veces que son observados y acosados, como si estuviesen en una jaula? A veces, hay personas que, por vocación, son jodonas. A veces, estas personas se paran y somatan los barrotes, sólo por joder. Se paran frente a las otras personas y les tiran cacahuates, como si los otros fueran changos. A veces, igual que Gina, me gustaría estar en un santuario, pero no para ayudar a animales maltratados, sino para hallar el refugio ideal para leer, escribir, pintar y caminar por el bosque para entender a los animales.
Uno de los cuentos más recientes que escribí fue el de un león que quería volar. Las cajitas que pinto tienen muchos animales en relación con personas (con mujeres, sobre todo). Ahora entiendo que es un poco como el ideal de Gina: la convivencia con animales en un santuario, donde los animales, de igual manera que las personas, vivan en armonía.
No sé bien cómo es el comportamiento de los animales, pero veo cómo un pájaro vuela, consigue alimento para su cría y regresa, sin mayor complicación; es decir, sin joder al otro pájaro que está en busca de lo mismo, pero en otro territorio. Hay, así lo advierto, un respeto por el espacio del otro. En la sociedad no sucede así, en muchas ocasiones. Hay personas que no respetan los territorios.
Según la Biblia, hubo un tiempo en que este zoológico fue un paraíso, un santuario, donde las especies y todo lo que existía era respetado, incluso las piedras. Y digo las piedras, porque ahora vemos edificios que son patrimonio de la humanidad que son sujetos de vandalismo. ¡Patrimonio de la humanidad!; es decir, la herencia de todos.
Acá en Comitán, muchas voces ciudadanas lo han manifestado, el río grande ya es una sucursal del albañal. ¿Qué esperanza puede florecer si el agua, el recurso más importante de la humanidad, es tratada con tal saña y estupidez?
El paraíso sería el ideal. Se sabe que no es posible retornar al origen, pero, sería deseable que la Tierra no fuera la cloaca que ahora es.
A Gina le gustara vivir en un santuario. Gina es amorosa con los animales, es respetuosa con el entorno. Ella, a diferencia mía, le encanta la convivencia con los humanos y se da con medio mundo, de manera generosa, pero sueña, así me lo dijo, con estar en un santuario donde pueda alzar el brazo y permitir que un ave se pose sobre él.
¿No sienten, a veces, que este zoológico se ha vuelto muy estresante? ¿No creen que deberíamos volver a los tiempos en que se respetaba a los ríos, a la tierra, a las aves? Ahora, parece, hay ya muchos cazadores, muchos depredadores, muchos jodedores.

Un santuario, donde pudiera caminar por en medio de los árboles, sentarme a la orilla de un río limpio y abrir un libro y leer y escuchar, como fondo, un coro de aves que interpretara esa canción que ilumina el corazón cuando el aire es puro, como puro el deseo de la mujer buena.
Rocío me dijo que me sentara a ver la película, pero yo tenía prisa. Dijo que le entregaría el libro a su hermano. Le pregunté qué quisiera ser. Se hizo para atrás en el sillón y, subiendo las piernas, me dijo: “Me gustaría ser un oso, para dormir todo el invierno”.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

MUERTA LA LIBRERÍA, ¡VIVA LA LIBRERÍA!





¡Ah, no! ¡A mí no me queden viendo! Yo sólo pregunto. ¿En dónde quedó la librería Óscar Bonifaz? Para quienes no son de Comitán comento que esta librería estaba ubicada, hasta hace poco tiempo, en el interior del Centro Cultural Rosario Castellanos. Algún director -o directora- decidió abrir una librería que honrara el nombre del escritor comiteco y ahí permaneció hasta que destinaron el espacio para abrir otra librería (una más grande y más coqueta): la librería Porrúa.
¡A mí no me queden viendo! Yo sólo digo que el otro día hallé que la librería Óscar Bonifaz ya no existe, cuando menos en el lugar que estaba.
En realidad, la librería que ostentaba el nombre del autor comiteco era un espacio triste. La oferta editorial era casi inexistente. Había una serie de estantes de madera que contenían una serie de libros viejos que no estaba en venta. Era como un acervo para consulta. Las portadas de estos libros estaban húmedas y torcidas, torcidas por la misma humedad.
Los libros que estaban en venta (Dios me perdone) eran libros de desecho. Si alguien dijera que eran libros obtenidos en saldo o que habían sacado de una bodega cancelada, no me costaría mucho trabajo creerle.
En realidad, la librería era más bien el comedor de algunos empleados del Centro Cultural. A las nueve de la mañana era el punto de reunión. Tres o cuatro empleados sacaban su desayuno del toper azul y lo colocaban en el centro del escritorio, como si estuvieran en un picnic. A mí me encantaba verlos desayunar ahí, al amparo de una fotografía del escritor cuyo nombre tenía la librería.
Yo sólo digo que la librería Óscar Bonifaz ya no está. Sólo digo que Comitán reafirma una vez más su proclividad a lo insólito, a lo maravilloso. Se cierra una librería para abrir otra. Habrá que reconocer que la catafixia, en esta ocasión, fue espléndida, porque de una librería-comedor triste se pasó a una librería con un catálogo muy amplio. Todo mundo reconoce ahora que la librería Óscar Bonifaz nada tenía qué hacer frente a la librería Porrúa. Esta librería es muy digna y la otra, ¡Dios mío!, daba pena ajena.
Comitán, entonces, salió ganando con el trueque. Lo único que sí se perdió fue el nombre de la librería. Imagino que cuando al director -o directora- del Centro Cultural se le ocurrió abrir la librería pensó en honrar a Óscar y tal vez, imagino, el día de la inauguración fue un día espléndido. La gente reconoció el gesto y el escritor debió estar muy chento y debió sonreír mucho y, sin duda, sacó las mejores anécdotas de su repertorio e hizo reír a todos los asistentes. Se debió cortar un listón, de color rojo, y existe la probabilidad de que se haya invitado a un brindis de honor acompañado con los antojitos comitecos tan exquisitos. Hubo vino blanco y charolas llenas de panes compuestos minúsculos.
Tal vez algunos amigos de Bonifaz dijeron que ese homenaje era más que merecido y los periodistas le pidieron al escritor que se parara al lado del letrero en madera que decía: “Librería Óscar Bonifaz”, y, al día siguiente, en la prensa apareció la nota que dio cuenta del acto cultural que, antes que el acervo en oferta, privilegió la presencia de las autoridades y de los socialité comitecos.
Fue, ese día de inauguración, un día especial. Al día siguiente todo Comitán olvidó la librería y sólo algunos turistas despistados pisaron su espacio y solicitaron algún libro especial (la librería era tan pobre, tan pishcul, que ni siquiera ofrecía obras de Rosario Castellanos). Así pues, con su cierre no se perdió mucho. Tal vez los empleados, que acostumbraban desayunar ahí el chorizo con huevo y los frijolitos refritos, extrañarán su espacio; tal vez las arañas extrañarán la placidez con que tejían sus redes en las esquinas de los estantes.
No se perdió mucho, salvo el reconocimiento que algún día un grupo de ciudadanos le hizo a Óscar Bonifaz. ¿Ya murió la librería Óscar Bonifaz? Así pues, alguno dirá: “Muerto el rey, ¡viva el rey!” (Muerta una librería muerta, ¡viva una librería viva!). ¿Y la cheyene, ‘apá?

martes, 29 de noviembre de 2016

CARTA A MARIANA: DONDE SE CUENTA CÓMO A VECES ESTOY A MITAD DE LA CALLE





Querida Mariana: hay personas que siempre están preparadas para el encuentro o para el reencuentro. Hay otros que siempre son tomados por sorpresa, como si caminaran tranquilamente y, de pronto, se abriera un hueco frente a ellos, un abismo.
El otro día, después de muchos años, me topé con Óscar Wong. No fue algo inesperado. Yo estaba en la librería Porrúa, del Centro Cultural Rosario Castellanos, para ser presentador de un libro del maestro Wong; es decir, sabía que él llegaría de uno a otro momento. Platicaba con Luis Armando. Yo le daba la espalda al espacio donde estaban ubicadas las sillas, espacio por donde Óscar llegó. Así que yo no me di cuenta de su llegada. Luis Armando lo vio y dio dos o tres pasos y lo saludó. Me volteé y lo vi. Nos abrazamos. Cuando nos separamos, él, Óscar, quedó con los brazos abiertos y luego, con su mano derecha (pequeña, regordeta, como pececito) hizo una serie de movimientos frente a mí, como si tomara pétalos del aire y los esparciera por toda la sala. Yo me quedé como si estuviera frente a un chamán y dejara que éste acomodara los chacras del universo. Óscar me seguía abrazando, sin el candado de los brazos y yo sentí su afecto. Era una forma simpática de bordar un reencuentro. Las personas que ya estaban sentadas en la sala presenciaron este ritual. Óscar rio, tal vez al ver mi cara de asombro, y dijo: “Te quito las arenillas” y siguió con su movimiento, ahora ya comprensible, donde un hombre deshoja el árbol del aire. Develado el misterio del ritual sonreí y dije que tal parecía que estaba quitándome la polilla y reímos.
Hay personas que están preparadas para los reencuentros, hay otros que nunca sabemos de qué lado da vueltas la rueda de la fortuna.
Yo sabía que Óscar estaría en la casa de la cultura, de Comitán, pero nunca me preparé para el reencuentro, porque mi lógica dictaba que nos encontraríamos, nos daríamos un abrazo y él preguntaría algo acerca de Comitán y yo algo acerca de sus hijos, a quienes conocí cuando eran jóvenes, por ejemplo. Por lo regular así son los reencuentros. Los que se encuentran preguntan algo para completar vacíos. Pero, ¿qué hace alguien cuando el otro, después del abrazo, comienza a hacer movimientos de mago? Más tarde, ya en la presentación de su libro, Wong dijo que sabía que era el primer acto de presentación que se efectuaba en la recién inaugurada librería y que auguraba que él le daría suerte al espacio (en realidad fue el segundo acto de presentación, porque una noche anterior ya había sucedido un acto similar). Estaba preparado, tal vez, para encontrarme con Óscar hombre, Óscar escritor, pero no para encontrarme con Óscar demiurgo. Esa noche, el poeta no sólo hizo hechizos con su palabra, sino (al menos conmigo) con sus manos. “Te quito las arenillas”, dijo y movió sus manos como si la arenilla fuera polvo de siglos, que estropeara un mueble, mi cajón de secretos. Por eso sólo alcancé a decir que me quitaba la polilla, para que, como contra conjuro, dejara intactas las arenillas que vuelan por mi cuarto. Pensé (¡qué bobo soy!) que sin Arenillas mi playa sería como un páramo, un pantalón despintado con cloro.
Nunca estoy preparado para encuentros o reencuentros, así como desencuentros. Cuando camino y me topo, en la banqueta paralela, con un conocido, levanto la mano y le deseo buen día, él hace lo mismo y sigo mi camino. Así pienso que es la vida. A veces, en la banqueta paralela camina un amigo que hace años no veo, entonces cruzo la calle, lo abrazo, le pregunto cómo está, qué ha hecho de su vida, él hace lo mismo y, dos minutos después, nos despedimos, regreso a la banqueta donde caminaba (porque ahí hacía sombra) y sigo mi camino. Así la llevo. Por eso digo que nunca estoy preparado para que alguien modifique el protocolo que dictaba Carreño. Pero, a veces, el cariño se desborda y alguna tía me dice Alejandrito y comienza a acariciar mi rostro, con sus manos temblorosas, como si todavía fuera el niño que ella abrazó hace muchos años. Me quedo parado, sin hacer más, sin decir algo. Así me quedé cuando el hechicero Wong comenzó a quitar arenillas de mi pecho, como si sus manos fueran un plumero y mi cuerpo un radio viejo lleno de polvo.
No todos los días se topa uno con un mago. Esa noche no estaba preparado para toparme con uno. Es decir, sí estaba preparado para toparme con un mago de la palabra, pero no con el hechicero que hace limpias de espíritu con sus manos. Su movimiento fue afectuoso, con el mismo afecto de hace muchos años en que en un encuentro de escritores, organizado por el maestro Luis Alaminos, director de Extensión Universitaria, de la UNACH, Óscar levantó la mano y me llamó: “Molinari, vente con nosotros.” y subí a la combi que nos trasladó al auditorio donde sería la lectura de los participantes en ese encuentro de escritores y fuimos platicando acerca del misterio de la literatura.
Ahora sólo me queda una certeza: los encuentros y reencuentros que siguen el protocolo que dicta la etiqueta social se olvidan pronto. Jamás olvidaré el encuentro con Óscar, el encuentro donde las manos del demiurgo lanzaron buenas vibras al espíritu del arenillero y al espacio de la librería recién inaugurada.

Posdata: Nunca sé qué hacer cuando vos y yo nos reencontramos y me abrazás sin abrazarme; cuando vos me abrazás con todos tus ojos, con todos tus labios, con todos tus deseos.

lunes, 28 de noviembre de 2016

MUCHOS PLANETAS





Me gustan los plurales. El singular siempre señala a uno. Yo tengo un pez, dice mi sobrina Pau. Jorge dice: Yo tengo peces. Cuando Jorge lo dice no se sabe cuántos peces tiene. Los plurales siempre son indeterminados, pueden ser varios o muchos. Me acerco a la pecera que tiene en su cuarto y veo que Jorge tiene muchos peces, suben y bajan por la pecera como si fuesen muchas hojas de árbol moviéndose al viento. Tengo un peso, dice el pobre. ¡Pobre! Tengo pesos dice el rico, y cuando lo dice uno sabe que pueden ser varios pesos o muchos pesos. Nunca se sabe.
Me gustan los plurales, por indeterminados, pero no los soporto. Yo tuve una abuela y un abuelo, papás de mi mamá. A mi abuelo y abuela paternos no los conocí. Uno murió cuando yo no era anteproyecto de vida y la otra murió cuando yo apenas recién había nacido. Me gustó la vida que me dio el destino. Mis abuelos fueron singulares, por maravillosos y por ser únicos. Tuve una abuela, que se llama Esperanza, y tuve un abuelo, que se llama Enrique. Desde entonces me acostumbré a amar lo singular. Me gustan los plurales, pero los veo de lejos. No sé qué hubiese hecho con dos abuelos y dos abuelas. ¿A quién elegir?
Pau ama a su pez. Jorge está repartido en cariños. Imagino que (la vida es así) muera el pez de Pau, ésta lo llorará mucho, mucho. Cuando se muere un pez en la pecera de Jorge, éste mete la red, saca el cadáver (bueno, bueno, el pescado) y lo tira en el basurero. Tal vez cuando muera el pez de Pau, mi sobrina lo entierre al lado de la buganvilia del patio. Lo llorará. El Principito, del libro de Saint-Exupéry, sólo tiene una rosa en el único planeta que le corresponde. Nosotros los terrícolas sólo contamos con la Tierra. Me resulta incomprensible (pero lo admiro) la obsesión de algunos mortales por poseer muchas casas. En Comitán tengo amigos que acumulan posesiones. No lo entiendo. Sólo habitan una. El pez de Pau es como la rosa de El Principito. El Principito protege con una campana de cristal a su rosa. Me gusta cuando alguien se apropia de algo, en singular. “Me gusta mi casa”. Me agrada más que cuando escucho que alguien dice: “Todas estas casas son mías”. El plural es indeterminado. Como dijera mi abuela: “No tiene llenadero”, porque quien acumula casas, sabe que mientras más casas tenga más poderoso será. Conozco amigos que son felices con “su” casa.
Igual que tuve un solo abuelo y una sola abuela, tuve un solo padre y una sola madre. Y digo esto, porque cuando mi papá murió (lo lloré mucho, lo sigo llorando, así son las ausencias de rotundas) tiempo después alguien deslizó la idea que fulano de tal no veía con malos ojos a mi mamá, pero ésta (no esperaba menos) hizo como que no oyó y siguió caminando con la dignidad que la caracteriza. Mi mamá pensó, sin duda, que ella, igual que yo, era una mujer singular y que sólo tendría un esposo en la vida. No sé qué hubiera hecho con dos padres o con dos madres.
Tengo un amigo que ahora vive con su tercera esposa. Parece que a este amigo le gusta lo plural. A mí me gustan los plurales. Me encanta saber que hay mil modos de ser, que hay mil ideas, que hay mil sueños, pero, como soy hijo único, me place saber que fui el más amado de mi padre y que soy el más amado de mi madre.
Una mañana, el destino me bendijo con dos peces. No dudé. Los coloqué en peceras diferentes.
Cuando veo fotografías del universo (de la parte que la ciencia nos entrega) veo que el universo es plural, tiene millones de millones de galaxias. Tales imágenes me seducen, me apabullan. Hago lo mismo que hice con mis peces, lo mismo que El Principito hizo con su rosa, los separo y los pongo adentro de peceras individuales. ¡Qué bonito entonces es el universo!
No sé qué hubiera hecho con dos padres o con dos madres. Una vez (yo tendría cinco o seis años) mis papás se disgustaron. Mi mamá decidió salir de la casa e ir a la Ciudad de México, donde vivían mis abuelos Enrique y Esperanza. Cuando mi papá vio las maletas en la puerta de la casa, me llamó y me pidió que me quedara con él. ¡Dios mío! ¿Sabían mis papás lo que estaban haciendo? Yo tenía que decidir. Si decidía quedarme con mi papá mi mamá se iría sola (pero si decidía quedarme, tal vez mi mamá ya no se iba, porque no me dejaría); si decidía irme con mi mamá mi papá se quedaría solo (pero si decidía irme, tal vez mi papá haría hasta lo imposible por retenerme). ¿Qué hacer? Con la vista en el piso enladrillado le dije a mi papá que iría con mi mamá. Ya no sé qué hizo mi papá para convencer a mi mamá para que no se fuera (para que no nos fuéramos). Mi mamá desarregló las maletas y nos quedamos en casa y yo tuve para siempre a mi papá y a mi mamá. Y fui la rosa de ellos y ellos me protegieron con una campana de cristal, para que el viento no me tirara los pétalos, para que los gusanos no comieran ni una sola de mis hojas.
Me gustan los plurales, por indeterminados, pero no los soporto.

sábado, 26 de noviembre de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA EL CUENTO DEL CUENTO





Querida Mariana: cuando era niño, los compañeros de la escuela, a la hora del recreo, se divertían diciendo una adivinanza: “Tenderete en un petate, levantarete el camisón, meterete un cuenterete, que te hará revolución. ¿Qué es?”. Cuando Romeo lo decía todos reíamos, las niñas se molestaban, porque los niños le hallábamos el doble sentido que está implícito, pero Juan, muy serio, daba la respuesta: “La lavativa”.
No sé si ahora los niños y jóvenes tienen el referente y saben qué es una lavativa. Antes lo usaban como un método de sanación. No era muy simpático porque se introducía líquido en el ano, a través de una manguera delgada; es decir, el cuenterete era la manguera que hacía “revolución” en los intestinos, para sanar el organismo. Desde entonces se sabía que un intestino limpio evitaba dolencias mayores. Nosotros, niños curiosos e ignorantes, le dábamos otra connotación al cuenterete.
Víctor y yo, cuando menos, teníamos una noción diferente, porque los domingos, él y yo nos sentábamos en una grada que había en el corredor de la casa y decíamos que leeríamos “cuenteretes”, lo decíamos con gran inocencia y sólo como juego, porque en ese entonces lo que hoy se conoce como cómics les llamábamos cuentos. Por esto digo que yo crecí leyendo cuentos, primero en las revistas de monitos y luego (ahora y siempre) cuentos literarios, de grandes autores. Y un día decidí (en buena hora) que también escribiría cuenteretes para lectorcetes. Esto puede sonar un poco mamoncete, pero lo digo porque el cuento, como género literario, no está lejos de la función que la lavativa hace. El cuento limpia los meandros de la mente, evita que sus arterias se obstruyan con los triglicéridos y se dé un colapso.
He vivido de cuenteretes y he leído muchos, muchos, en el transcurso de mi vida. He sido feliz, gracias a los cuentos.
En la librería Porrúa, de la Casa de la Cultura, se programó para ayer viernes la presentación del libro: “El cuento. Caracol luminoso del lenguaje. (Manual para la enseñanza-aprendizaje en los talleres de narrativa)”, de Óscar Wong, poeta, narrador y ensayista, Premio Chiapas 2015, en el área de artes. Recibí invitación para ser uno de los presentadores. Escribí un textillo a propósito. Acá te paso copia.
Buenas noches. Agradezco la invitación para estar de este lado de la mesa. Es un honor.
Doña Lili Pulido celebra hasta la fecha un haikú que, una noche de bohemia, Enrique García Cuéllar dijo: “Paso a pasito / subes al Himalaya / caracolito”. Hasta que recibí el libro del maestro Wong, que hoy presentamos, no volví a escuchar la palabra caracol, shuti, diríamos acá en Comitán.
Doña Lily celebró el haikú porque ahí están aliados, de manera genial, los términos humildad y grandeza. En el libro que hoy presentamos “El cuento. Caracol luminoso del lenguaje” están presentes ambos conceptos: está la erudición de un atento ensayista, practicante y estudioso de los entretelones de la creación del cuento, un poco como si dijéramos que nos habla desde el Himalaya de la creación, pero está dado, no desde la atalaya del sabio, sino del que, con humildad, reconoce que no se puede dar certezas sino apenas insinuaciones. ¿Quién puede pararse en una cima y decir: “¡Yo poseo la verdad verdadera acerca de la creación!?”. Nadie. Bueno, no falta, en el mundo, el pedante que sí eslabona discursos mesiánicos. No es el caso. Óscar nos ha legado su obra, como el caracolito: paso a pasito.
Óscar Wong es reconocido, en su oficio creativo, como ensayista, como poeta y como cuentista. Una mañana de hace muchos años, tantos que aún los carteros visitaban mi casa y tocaban el silbato para que yo supiera que me había llegado correspondencia, abrí la puerta y recibí un sobre amarillo con un envío especial que Óscar hizo: el libro “La edad de las mariposas”. Con este libro, el maestro Wong obtuvo el Premio Nacional de Cuento. Platico esto para confirmar que nuestro autor no sólo es un convencido y exitoso practicante del cuento sino, además, un atento estudioso de los abismos radiantes de la creación.
Debo decir que me da gusto que Óscar haya escrito este manual, porque, en tiempos donde las grandes editoriales privilegian la impresión de novelas, es necesario reafirmar la vitalidad del género, un género que, antaño, tuvo toda la atención de creadores y de lectores. ¿Cómo Óscar define al cuento? A través de un caleidoscopio Cortazariano dice que es un “Caracol luminoso del lenguaje” y esta definición es como la síntesis exacta de lo que han dicho los analistas, creadores y críticos del cuento. Este género literario, lo sabemos todos, requiere de un gran talento narrativo para “dar en el clavo”.
Celebro, con cohetes, marimba, juncia y un buen pitutazo de comiteco, la aparición de este libro. Es así porque he sido un ferviente lector de cuentos durante gran parte de mi vida. Confieso que en los últimos tiempos he caído en las redes de la mercadotecnia y me he vuelto un apasionado lector de novelas, pero no dejo mi amor inicial. En estos últimos días, como feliz coincidencia de lo que en esta noche se habla, he leído tres libros de cuentos. El libro que lleva por título el sugerente de: “Mágico, sombrío, impenetrable”, de la escritora norteamericana Joyce Carol Oates, el libro “Madres y perros”, de Fabio Morábito, un excelente escritor, que nació en Egipto, creció en Italia y radica, desde hace muchos años, en nuestro país, y el libro “Diferencias”, de Goran Petrovic, autor serbio. Por cierto, Goran, en un texto dice: “Quizás los cuentos son lo único que, desde la creación del mundo a la fecha, hemos logrado encontrar y redondear”. En este momento alguno de ustedes podrá pensar que ya me desvié del camino que nos convocó esta noche, pero, no, no lo he hecho, estoy caminando por la misma senda donde Wong nos convoca a caminar: por el camino del cuento. Digo que, junto con Wong, talentosos narradores insisten en decirnos que el cuento es importante para el movimiento expansivo del universo. Tal vez nuestra misión en el mundo, de autores y lectores, es continuar encontrando y redondeando cuentos.
Ya dije que me causa placer la aparición de este manual, porque, vuelve a colocar en primer plano, el plano que le corresponde, el interés por el cuento. Pero, además, porque, atrevido como soy, desde hace seis años coordino un taller donde, cada semana, practicantes del cuento llegan a hablar de este género y a compartir sus intentos literarios. Wong pensó, estoy seguro, en ambos conceptos, en decir al mundo que, contra lo que las grandes editoriales dictan, el género del cuento está más vivo que nunca, tanto en creadores que lo siguen practicando, como en lectores que lo siguen disfrutando, y que, con la experiencia personal, era necesario dar un legado a todos aquéllos que coordinan la labor. Mi maestro de cuento, Rafael Ramírez Heredia, el famosísimo Rayo Macoy, que ya vuela en otros cielos, decía que un escritor se hace “con taller, sin taller o a pesar del taller”, pero quienes hemos asistido a talleres literarios o coordinado algunos sabemos que el taller tiene un ingrediente esencial en el proceso de creación: fortalece la disciplina.
El libro que hoy presentamos no es más que fruto del talento y de la disciplina de Óscar Wong. Qué bueno que, por fin, Chiapas le hace justicia. Por ahí le cumplieron un anhelo que buscó con afán y en 2015, por fin, fue merecedor del Premio Chiapas, y ahora, Coneculta, publica sus libros. El Premio Chiapas fue para su corazón, para su ego y para su bolsillo (aunque a cada rato, los premiados se quejan que el gobierno no les cumple con el pago, ni en tiempo ni en forma, y las hojas que deberían destinar para la creación, en caso de los escritores, las emplean para quejarse del trato abusivo que reciben nuestros mejores intelectuales por parte de la clase política); pero lo segundo, es decir, la publicación de sus libros es más para nosotros. Es su legado. Los lectores sabemos que los autores nos heredan horas y horas de trabajo, de disciplina y de talento. Óscar, con este libro, nos da su legado a todos los practicantes, estudiosos y lectores gozosos del cuento.
La pregunta que me hice en cuanto tuve el libro en mis manos fue: ¿Es sólo para responsables de talleres o asistentes a talleres? Porque así pareciera indicarlo el subtítulo de Manual para la enseñanza-aprendizaje en los talleres de narrativa, pero no es así, este libro es como una brújula para espíritus adolescentes que no tienen gran experiencia en el género. Acá hay un mapa por donde caminar. Acá está el gusto del autor y, lo sabemos, siempre es bueno que alguien con experiencia sirva de guía. Este manual es un buen faro para identificar aquellos rasgos importantes en el proceso de creación. Acá están imbricados el Himalaya y el caracolito, metáfora sublime de la espiral como identidad de vida. Acá está la ventana que Wong ha abierto para que el mundo sepa que el cuento sigue, sigue, sigue, sigue, paso a pasito.
Que el aplauso sea para Óscar Wong.

Posdata: Nunca he dejado los cuenteretes. Ahora ya no me siento con Víctor en la grada del corredor de la casa. Víctor murió hace años. La casa que hoy habito no tiene corredores, es una casa pequeña, pero los libros siguen teniendo el mismo encantamiento de entonces, de siempre. Ayer escribí un cuento. ¿Querés que te muestre mi cuenterete?

viernes, 25 de noviembre de 2016

CULEBRAS DE VIENTO





Estábamos en el sitio de la casa de Carlos. Estábamos debajo del árbol de jocote. Fumábamos. No teníamos edad para hacerlo. Digo que no teníamos edad para fumar, para estar debajo del árbol sí. También teníamos edad para trepar al árbol. Teníamos 8 o 9 años de edad. Fumábamos. En un instante, a la hora que pasó una corriente de aire y levantó las hojas secas y nosotros nos tapamos los ojos, Raymundo dijo: “Una vez, en casa de mi mamá, pasó una culebra de viento”.
Estábamos los tres: Carlos, Raymundo y yo. Ya dije que estábamos en el sitio de la casa de Carlos. A veces ellos dos llegaban a mi casa (la casa que rentaban mis papás) y, de igual manera, jugábamos en el sitio de la casa. A la casa de Raymundo nunca íbamos, por la simple razón de que él no tenía casa. Su mamá era sirvienta en la casa de las Pérez. Nosotros sabíamos que ellos, Ray y su mamá, dormían en un cuartucho de madera y techo de lámina que estaba en un esquinero lejano del sitio. Las Pérez eran dos niñas odiosas que siempre las vestían igual, con vestidos y calcetas blancas y con moños en las colas del cabello. El papá de las Pérez era dueño de una finca muy grande donde, contaban los papás, tenía más de mil cabezas de ganado. Era, pues, un hombre rico. Las Pérez eran niñas ricas. El papá de Carlos y el mío no eran dueños de haciendas, pero, como alquilaban las casas donde vivíamos, nosotros decíamos que sí teníamos casa, a diferencia de Ray, que vivía de “arrimado” en la casa de las Pérez. Eso de arrimado lo decían todos los del grupo de clase.
Por eso, cuando Raymundo dijo que en su casa había aparecido una culebra de viento nosotros nos cubrimos las bocas para que no viera que la risa nos ganaba. Al otro día, Carlos revivió la anécdota y, como Ray no estaba, los dos nos reímos, ahora sí con toda libertad. Abrimos nuestras bocas y dejamos que la risa se esparciera por todo el campo y chocara contra las paredes y nos regresara como bumerang en forma de eco. Ray no tenía casa. Pobre. Su mamá era sirvienta en la casa de las Pérez, por eso siempre andaba con un mandil a cuadros, siempre húmedo. Cuando la encontrábamos en la calle ella nos saludaba de lejos, tenía un tic, a cada rato se limpiaba las manos sobre el mandil, por eso, cuando daba la mano en señal de saludo, siempre la tenía húmeda, mojada.
Yo tenía diez u once años de edad cuando abandonamos la casa que mis papás alquilaban y nos mudamos a la casa que habían mandado a construir en un terreno adquirido muchos años antes. Carlos también se mudó. No solamente se mudó de casa sino de ciudad. Un día nos dijo que habían comisionado a su papá a otra plaza: Coatzacoalcos. Nunca más volvimos a verlo. Quién sabe adónde vive ahora. El único que no cambió de casa fue Ray.
Aquella tarde, cuando el viento cesó y nosotros nos limpiamos la cara y volvimos a abrir los ojos, Ray dijo que la ocasión en que la culebra de viento pasó por “la casa de su mamá” había levantado el techo y las láminas habían volado como si fuesen gaviotas. Las láminas habían caído muy lejos. Lo bueno es que habían caído en terrenos despoblados, porque de lo contrario pudieron haber causado una desgracia; entonces, Ray nos dijo que su mamá le había contado que, en una ocasión, en el pueblo donde vivía de niña (una comunidad rural, cerca de Amatenango) la culebra de viento había arrancado los techos y una de las láminas había volado con tal fuerza que se impactó contra una niña que corría a esconderse. La niña corría a mitad de la calle, oyó que algo volaba detrás de ella, el ruido era como el de un trompo gigante que estuviera “privado” en sus vueltas. La niña dejó de correr, se paró y volteó. Apenas tuvo tiempo para levantar las manitas en intento de detener la lámina que, como hoja de sierra eléctrica, partió en dos su cuerpo.
Nosotros nada dijimos. Ray se paró, se limpió su pantalón, siempre remendado, y dijo que ya se había hecho tarde, que tenía que pasar a comprar panela en la tienda de doña Rome. Carlos y yo también nos paramos. Dije que también debía irme. A mitad del sitio, Ray levantó la mano y dijo: “Sí, ya me voy, a casa de mi mamá”. Oímos que remarcaba la última frase.
Ahora no sé dónde vive Carlos. Yo vendí la casa de mi papá y ahora vivo en una casa que es de don Francisco y que yo alquilo. ¿Ray? Ray vive aún en la casa de “su” mamá. Cuando murió el papá de las gemelas Pérez, éstas vendieron todas las propiedades heredadas y fueron a vivir a Londres. Ustedes no se preocupen, le dijeron a la mamá de Ray, pueden seguir viviendo acá. La mamá de Ray murió hace dos años, pero él sigue viviendo ahí. Ya no vive en el cuarto del fondo del sitio. Ocupa el cuarto que fue la recámara de las Pérez, desde el que, a través de un balcón, se ve el sitio de la casa.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE LA BANQUETA ES UN PALCO




La foto es sencilla. Es una tarde cualquiera. Los autos pasan con su ritmo de bachata o de reguetón, mientras dos amigos, sentados en la banqueta, platican. No hay más. El sol lo sabe, por eso pinta su raya y no inunda la calle, sólo se tira sobre los tejados de un barrio mítico: la Pilita Seca.
En este país y en otros de América Latina la acera se le llama banqueta, cuando el diccionario exigiría que se llamara banqueta a un banco pequeño, sin respaldo ni descansabrazos, un poco como los bancos que usaban los primeros banqueros en la Italia de fines de la Edad Media. La mayoría de hablantes usa banqueta como sinónimo de acera.
Acá en Comitán sólo quienes se creen hijos putativos del maestro Bernardo Villatoro dicen acera. Todo mundo habla de banquetas, todo mundo recomienda a las mujeres caminar con cuidado por las banquetas de laja, porque son muy resbalosas (las lajas).
Pero acá, como en muchos otros lugares de este país, el sustantivo banqueta lo hemos convertido en verbo y decimos que no hay cosa más agradable que “banquetear” en las tardes. Muchas palabras las convertimos en verbos, un verbo reciente es escanear: yo escaneo, tú escaneas. La palabra escáner la convertimos en verbo. De igual manera, hace tiempo, al sustantivo petate también lo volvimos verbo y lo aplicamos para la vida y para la muerte. Si fulano murió decimos que se petateó, pero, si fulana se acuesta con el compadre, decimos que la fulana petateó con su amante.
Así pues, en Comitán existe la sana costumbre de “banquetear”; es decir, sentarse en la banqueta para platicar con los amigos. Si hubiese que nombrar el barrio más banquetero de Comitán sería el barrio de la Pilita Seca.
En la esquina de mi casa hay dos señoras que banquetean los domingos, por la tarde. Salen de su casa (que está a la mitad de la calle), caminan a la esquina y ahí se sientan hasta que la noche llega. Si ellas vivieran en Tuxtla, por ejemplo, abrirían la puerta de su casa y sacarían sillas. En Comitán no se banquetea sacando sillas a la banqueta, acá, la gente es más sencilla, se sienta sobre la banqueta. Desde la banqueta, los banqueteros se dedican a ver cómo pasa la vida en forma de mujeres que saludan, de jóvenes que caminan tomados de la mano, de mujeres que llevan a sus mascotas, de niños que van abrazados o de jóvenes que, con la música a todo lo que da, manejan sus autos recién lavados. En la Pilita Seca se da el fenómeno social con gran elegancia. Como a las cuatro de la tarde alguien se sienta y revisa su celular; un minuto después llegan dos amigos (una muchacha bonita y un muchacho que viste pantalón de mezclilla). Poco a poco la banqueta se llena de amigos que platican y beben refrescos (cerveza, alguna vez). Las señoras que preparan los panes compuestos y las chalupas sacan sus mesas a la banqueta, prenden el foco y esperan que los antojadizos lleguen a comprar. La calle se llena de vida. Todo lo convoca ese hábito maravilloso de banquetear.
En esta fotografía se ve a dos amigos que banquetean, alejados de toda la prisa que parece pasar frente a ellos. Los automovilistas llevan prisa, su destino es otro. Ellos, los banqueteros, platican, toman un refresco. No hacen más. Ya trabajaron durante toda la mañana. Ya ganaron el derecho de banquetear y se sientan en el palco principal del mayor teatro del mundo. Todo sucede en la calle. Esto lo saben los banqueteros, por eso no se quedan encerrados en sus casas viendo televisión. Salen a la calle y ven el único canal que resume la vida de manera espléndida.
Nunca se ha sabido de un accidente en el que un auto pase a arrollar a los banqueteros. Todos los automovilistas saben que la Pilita Seca es territorio para banquetear, ello los obliga a moderar su velocidad y conducir con precaución. No existe el letrero de advertencia, pero éste diría: “Precaución: Comitecos banqueteando”.