viernes, 26 de mayo de 2017

DEFINICIÓN DE ESENCIAL




Entiendo que esencial es algo fundamental, casi casi como si dijésemos que si no está esa esencia el ser no puede ser. Lo esencial de una barbacoa de borrego ¡es el borrego! ¿Imagina alguien una barbacoa de borrego sin borrego? De ahí pues que la tía Eulogia recomendara a su hija Cristina que se volviera esencial en el trabajo; es decir, que fuera como el borrego. Lo decía para que el jefe de Cristina entendiera que sin ella el departamento de publicidad no podría sostenerse. Cristina procuraba seguir al pie de la letra la recomendación de la mamá, pero cuando el jefe conoció a Lupita envió a Cristina a otro departamento, donde realizaba trabajos muy elementales. Lupita era una diseñadora que no superaba el talento de Cristina, pero sí la superaba en un generoso par de pechos y en un soberbio derriere. La dignidad de Cristina la obligó a renunciar y a reconocer lo que el tío Andrés siempre sostuvo: ¡Nadie es indispensable!; es decir, ningún ser mortal es esencial.
Aníbal ha tratado de hallar a alguien esencial en el mundo y sostiene que Adán fue el único hombre esencial en la historia de la humanidad. Si no hubiese sido por él el mundo andaría tunco. Pero de ahí en fuera, ningún hombre es esencial. Mi padre, dice Aníbal, no fue, necesariamente indispensable, como sí lo fue mi mamá. Si mi papá no hubiese estado, mi mamá pudo embarazarse de cualquier hombre, cualquiera, incluso de un pordiosero. En tal caso, mi ser no habría cambiado mucho. En cambio la mujer sí es esencial. Sin mi mamá, continúa Aníbal, yo no hubiese sido en esencia. En resumidas cuentas, sólo Adán fue indispensable. Si nos atenemos a esta teoría, toda la esencia proviene de él. Ahora bien, si nos vamos a la Teoría de Darwin, pues fue esencial que hubiera changos para que nosotros fuéramos y por eso somos animales.
Al principio de esta Arenilla apareció la pregunta: ¿Imagina alguien una barbacoa de borrego sin borrego? El otro día apareció una nota en el periódico que daba cuenta de una señora que, en una colonia proletaria de la Ciudad de México, vendía tamales de verdura con pollo, pero sin pollo; es decir, sí tenían carnita, pero la carne no era de pollo sino de rata. Lo cual reafirma la teoría del tío Andrés: nada es indispensable. Tal vez en algún lugar de México alguien ha cambiado el borrego a la hora de preparar la barbacoa y no fue precisamente por pollo. ¿Recuerda el lector cómo, en los años cincuenta, en la nota roja apareció la noticia de aquella mujer que mató a su esposo, lo hizo trocitos, los coció, los sazonó con cebollita y preparó tamales?
Ningún mortal es esencial. La condición de mortal así lo refiere. Cuando muere algún famoso siempre aparece el lugar común que expresa la gran pérdida. Si el fallecido es, por ejemplo, un escritor, las muestras de condolencia señalan el vacío que queda. En realidad, dos días después, ese vacío no se encuentra; es decir, los seres humanos son prescindibles. El nombre del gran escritor se pierde en medio de tanto libro.
El término esencial debería reservarse para las esencias universales: el agua, el aire. Sin las “esencias esenciales”, la vida en la tierra se consumiría. Aparte de esas esencias ¡todo lo demás es prescindible! Por eso, dicen los sabios, las personas deben hallar sus esencias imprescindibles. ¿Qué hace que el hombre (como género humano) sea? ¿De qué podemos prescindir?
El término debería reservarse para lo verdaderamente esencial: La energía divina; es decir, aquello que sí está por encima de lo prescindible, de lo que puede, tranquilamente, ser remplazado.

jueves, 25 de mayo de 2017

LA FUENTES EN COMITÁN




En Comitán basta decir Rosario para saber a quién nombramos. A veces agregamos el apellido paterno: Castellanos. Muy pocas veces se suma el apellido materno: Figueroa. Nada tiene que ver con actitudes machistas, donde la luz materna se trata de ocultar detrás de la carga del padre. ¿De veras es así? ¿No será que a la hora de decir Rosario Castellanos contribuimos, inconscientemente, a privilegiar el apellido de abolengo y menospreciamos el Figueroa que no tenía tanto lustre? ¿No será que abonamos al régimen patriarcal?
Yolanda Gómez Fuentes (Premio Estatal de Poesía) escribió un libro que se llama “En el sur la marca de su mano. Los albores poéticos de Rosario Castellanos en la prensa de Chiapas”. A Yolanda la nombramos con sus dos apellidos, un poco como nombraban (muchísimos) a Gabriel García Márquez. Nadie dijo Gabriel García. El destino tiene rutas que son indescifrables. A García Márquez debía nombrársele con los dos apellidos. Cualquiera dirá que es porque el García es muy común, por lo que era necesario aliar la conjunción que hizo famoso el nombre del famoso personaje. Pero, ¿y si alguien dice que fue porque la sangre materna fue esencial en la vida y obra del escritor? La abuela Tranquilina fue un personaje importantísimo en la gestación de su obra. Ella fue la sembradora de lo que se convirtió en un enormísimo árbol. ¿Y si decimos que algo semejante ocurre en el caso de Yolanda? En Chiapas no podemos nombrarla Yolanda, porque en el estado hay más mujeres que comparten el oficio. Tenemos que nombrarla como Yolanda Gómez Fuentes. ¿Y si dijéramos la Fuentes? ¿Como si dijéramos el surtidor de palabras? ¿Y si con ello reafirmáramos la importancia del tronco materno en la erección del nuevo tejido social?
La Fuentes estuvo en Comitán para presentar su libro. Se paró al lado de un vinil que mostraba el rostro de Rosario. Ese instante fue prodigioso, casi casi como si ella tratara de aguzar el oído para escuchar el rumor del viento que, como pájaro, estaba trepado en la rama más alta. El retrato de Rosario era copia de una ilustración realizada por el famoso caricaturista Carreño. Carreño era originario del estado de Puebla. Por eso no había necesidad de decir su nombre ni de agregarle el apellido materno. En el mundo de la caricatura mexicana basta decir Carreño para saber que el patriarcado está presente con rotundez.
En Comitán, cuando apareció la novela de la Castellanos: “Balún-Canán”, muchos de sus paisanos, amigos de la familia de abolengo, hacendados de prosapia, se molestaron con la escritora: ¿Cómo era posible que, de refilón, criticara la férrea estructura de la institución hacendaria? ¿Derechos para los indios? ¿Qué se creía esta muchachita? ¿Acaso no entendía que era una Castellanos, par de los Rovelo, de los Domínguez?
Nunca nadie se atrevió a preguntarle a Rosario si estaba contenta con su apellido paterno. ¿Le gustaba que en Chiapas -así lo menciona la Fuentes en su libro- la nombraran como “la señorita Castellanos”? ¿Qué pensaba en lo íntimo acerca de que la trascendencia mundial de su nombre se hubiese visto recortado a un sencillo Rosario Castellanos? Cuando en Comitán se inauguró la biblioteca regional que lleva su nombre, Gonzalo Ruiz Albores, quien era el presidente municipal en ese momento, insistió en que la biblioteca llevara el nombre y los dos apellidos. Gonzalo sabía la trascendencia de que, en una sociedad eminentemente machista y discriminadora, apareciera el apellido de la madre. Por eso, a Yolanda la nombramos con sus dos apellidos y nos bañamos con agua fresca en las fuentes de su amor por la palabra.

miércoles, 24 de mayo de 2017

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA, DONDE HAY UN MONTÓN DE BASURA




Los elementos de esta fotografía son mínimos y cotidianos. Pudiera decirse que son elementos comunes de las ciudades actuales: árboles, banquetas, arroyo vehicular, autos, postes, alambres y residencias. Algún lector podrá preguntar: ¿Y los zanates? El lector tendrá razón, en las frondas, ocultos, se divierten dos o tres zanates.
En la calle están tiradas algunas hojas secas. En términos generales puede decirse que la calle está limpia. ¿Qué es lo que aparece a mitad de la calle? ¡Es basura! Los habitantes de Terán, en la capital chiapaneca, acostumbran, temprano, sacar la basura de sus casas y (dentro de bolsas) las colocan a mitad de la calle (en las intersecciones, por lo regular).
Es una costumbre inusual, simpática, por decir algo. Siempre que veo comportamientos ilógicos me pregunto cómo será el servicio de recolección de basura en ciudades de primer mundo. No imagino a Holanda, por ejemplo, con este tipo de comportamiento.
En Comitán, las personas sacan la basura de su casa (también en bolsas de plástico) y la colocan en las esquinas, sobre las banquetas, recargadas contra las paredes de las casas. En realidad, lo que provoca la gente son mini basureros. Es penoso ver que en el centro de Comitán, la gente que vive por la zona, los comerciantes y restauranteros sacan la basura y hacen cerros (materialmente) sobre los espacios donde caminan las personas. La contaminación visual es rotunda y el hedor es desagradable. ¿No hay alguien que pueda evitar tal comportamiento asqueroso?
En nuestro país pareciera que existe un afán de reafirmar que el contenido de esas bolsas es basura, porque cuando alguien camina al lado comprueba, con la peste y los perros hurgando en el interior, que eso es el desecho más putrefacto.
Los montones que acá se ven a mitad de las calles de Terán se encuentran en las esquinas de Comitán.
La gente saca su basura en la mañana. Es la costumbre. El camión pasa por los desechos y la calle (en este caso) queda sin esas montañas mínimas (en tamaño) pero montañas rotundas (en pestilencia). ¿Y si el camión no pasa por cualquier contingencia? No quiero pensar qué sucede en Terán. Si en Comitán la pestilencia se acentúa cuando el camión deja de pasar, no sé qué sucede en Terán. Imagino que el calor concentrado de las doce de la mañana hace que los desechos orgánicos entren en un terrible estado de descomposición (para el lector que no conoce Terán debo decirle que las temperaturas llegan, en ocasiones, a los treinta y cinco grados o más).
La gente está acostumbrada a este tipo de comportamientos. Debe estar acostumbrada a que la zona huela mal. ¡Es una pena tener que acostumbrarse a comportamientos tan de tercer mundo!
¿Cómo le hacen en Holanda? No lo sé. ¿No habrá algún urbanista inteligente que pueda dar una solución menos de tercer mundo al problema de la recolección de basura?
Durante algún tiempo viví en Puebla. En aquella ciudad, las personas debían sacar su basura a partir de las ocho de la noche y colocarla en las esquinas. Esto, cuando menos, evitaba la contaminación visual y permitía que jamás los peatones se toparan con esas montañas de basura en la caminata diaria. Debo decir que, mientras viví allá, todas las mañanas encontré sin basura el punto de recolección; es decir, los encargados del servicio cumplían con eficiencia y levantaban las bolsas. Un día a la semana debía uno sacar los desechos no orgánicos y dos días los orgánicos. Esta separación de basura también resultaba muy eficaz.
Es difícil romper la fuerza de la costumbre. A los habitantes de Terán no les causa asombro esta costumbre, como sí me la causó a mí cuando vi los promontorios de basura sobre las intersecciones de calles.
Este comportamiento no se da en ciudades de primer mundo y si no se da debe ser porque esto ocasiona una seria contaminación visual y una desagradable contaminación ambiental.
¡Raros nuestros modos!

martes, 23 de mayo de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UNA TUXTLA NO TAN CHATA




Querida Mariana: Romeo dijo que San Cristóbal es más bonita que Comitán. Hablaba de la ciudad, de las ciudades. Marcos quedó callado. Ni falta decir que Marcos es comiteco y Romeo de San Cristóbal. El silencio de Marcos parecía aceptar que la ciudad de Romeo es más bonita que Comitán. Romeo, quien esperaba una respuesta aireada, olvidó su inicial gesto de arrogancia. Como si estuviese en una batalla, al ver caído al contrario, tuvo un gesto de misericordia y no soltó el tiro de gracia. No deseaba matar al enemigo, verlo abrumado satisfacía su poderío. Pero, oh, ironía, Marcos pareció resucitar de sus cenizas y se hizo casi gigante, y desde su altura dijo: “París es más bonita que tu pueblo”. Romeo se removió y contratacó: “Yo digo de ciudades chiapanecas. Claro que París es más bonita que San Cristóbal”. ¡Lo había dicho!, pensó Marcos. Lo que Romeo dijera de ahí en adelante ya no tenía valor alguno. Romeo había aceptado que París era más bonita que San Cristóbal. Marcos pensó que era como si alguien se ufanara de ser la mujer más bonita del mundo, pero aceptara que había alguien más que era la mujer más bonita ¡del universo!
Igual que Marcos, vos, y miles de comitecos, amo a mi pueblo, pero eso no me impide reconocer que San Cristóbal es una ciudad muy bella. Sostienen que las comparaciones son nefastas, pero ¿cómo establecer un criterio estético si no es a través de ellas? ¿Cómo admirar a los grandes pintores si no es contrastándolos con los mediocres?
Si entro al templo de Santo Domingo, en San Cristóbal, digo que en Comitán no hay un templo que se asemeje a aquél. Claro, si el espíritu combativo de Marcos me posee y comparo a Santo Domingo, de San Cristóbal, con el templo de Tonantzintla, Puebla, llego a la conclusión que la iglesia coleta no le llega ni a los talones.
Los coletos defienden su ciudad; los comitecos defendemos nuestra ciudad; los tuxtlecos hacen lo mismo. Los conejos, en medio del calor, limpiándose la frente con un pañuelo de tela, sostienen que aman su ciudad capital y esta última palabra la remarcan como para aclarar que ahí están concentrados los poderes. En el mundo de todos los días no hay algo mejor que el poder.
Ah, pero, entonces, los comitecos y coletos protestan: si Tuxtla es la capital política, entonces San Cristóbal y Comitán se disputan el título de capital cultural de Chiapas. Ahí sí nada pueden decir los conejos, aunque en el fondo se sepa que, como el poder es el poder, los actos más relevantes de la cultura se efectúan en la capital del estado y eso de capital cultural es un mero paliativo que el centralismo deja que se disputen los cositías y los coletos. Total, lo importante es poseer el poder político y no el remiendo de los trajes históricos que es la cultura.
Eso de capital cultural es una gran chaqueta mental. Ningún pueblo del mundo puede ostentar tal título. La cultura es un bagaje natural de los pueblos y cada uno tiene su propio caudal intangible, inmensurable.
Siempre digo a mis amigos y conocidos que Comitán es una ciudad única. Si la comparo con San Cristóbal digo que mi pueblo es más tranquilo. En los últimos años, aquella ciudad se ha convertido en un hervidero de gente, como si fuese un bolcojosh lleno de arrieras. Comitán, aún, conserva una armonía que es como un té de menta para el espíritu.
Vos sabés que no me gusta viajar. Soy feliz en mi pueblo, acá encuentro todo lo que busco, lo que necesito. Procuro ser turista en mi propio pueblo y lo camino y así aprendo a amarlo, a respetarlo. Pero, a veces, no me queda de otra y debo viajar. Si me toca ir a San Cristóbal lo hago con gran gusto. En esa ciudad nació mi papá y él me enseñó a amarla. Pero (perdón, por la franqueza) si me toca viajar a Tuxtla trato de esquivar el viaje. Salvo los tuxtlecos que aman a su ciudad capital (y está muy bien que así sea) nadie de fuera puede decir que Tuxtla sea una ciudad bella, más bien es una ciudad chata, plana, como Rosario Castellanos dijo.
A mí me enerva el calor. No lo soporto. Cuando viajo a Tuxtla procuro tardar lo menos posible. El otro día debí viajar a Tuxtla por un imperativo moral. El motivo, difícil de por sí, se acrecentó por la temporada inclemente de altas temperaturas. Pero, por la gracia divina, la breve estancia de un día y una noche me enseñó un rostro desconocido de Tuxtla. Me tocó estar en una habitación de séptimo piso de un hotel: el Holiday Inn Exprés (muy recomendable). A las seis y feria me acerqué a la ventana y vi lo que acá comparto. Una vista excepcional. Claro, esta vista no se logra ver más que a determinada hora y en un lugar de privilegio. Yo tuve ambas posibilidades. Tuxtla es bellísima, desde un séptimo piso, a las seis y feria de la mañana, en el mes de mayo, de un día glorioso. Si querés vivir esta experiencia, debés pedir la habitación 704, de dicho hotel (y que conste que no recibo porcentaje por el comercial).
Posdata: ¿Son bellos los amaneceres en San Cristóbal? No sé. ¿Quién, con ese frío, se levanta en la madrugada? ¿Son bellos los amaneceres en Comitán? Sí, son casi tan bellos como los amaneceres de Tuxtla.

lunes, 22 de mayo de 2017

CARTA A MARIANA, CON SABOR A SOL




Querida Mariana: Fue hace muchos años. No sé cuántos. Tal vez fue cumpleaños de alguien de la casa. La sirvienta nos llevó al baño a lavarnos las manos y luego a la mesa del comedor, cuando mi amigo Fernando vio la gelatina que había hecho mi mamá, dijo: “Tu mamá hace soles”. Fernando no cabía en su asombro. Deduzco que la gelatina de aquel año era muy semejante a la que está en la fotografía que anexo. Esta gelatina acaba de prepararla mi mamá para obsequiarla a uno de sus afectos que cumple años.
Siempre que recuerdo lo que Fernando dijo recuerdo, también, la bandera de Japón, los casi creadores del minimalismo. Su bandera es la sencillez total: sobre un fondo blanco, un sol enormísimo en el centro.
Si Fernando viera esta gelatina dijera que mi mamá, el día de hoy, irá a repartir soles. Aquella vez sonreí y luego, cuando mi mamá nos sirvió pedazos de gelatina en platos pequeños, le pregunté a Fernando cómo estaba. Él, con los ojos cerrados, dijo que estaba rica. Lo vi, emocionado (él y yo), con la boca llena, sin abrir la boca. Dejó que el pedazo de gelatina se fuera diluyendo en su boca. Porque la gelatina posee el prodigio de deshacerse en la boca. No hay necesidad de masticar. Es como el helado. Son sustancias maravillosas que, como la luz adentro de una cueva, se funde en la cavidad oscura de la boca.
Cuando fui niño, mi mamá siempre preparaba los festejos de mi cumpleaños. Ella invitaba a mis primos, tíos y a mis amigos, quienes, puntuales, llegaban a mi casa. Mi papá instruía a los muchachos que trabajaban en la casa, en la distribuidora de cervezas y refrescos embotellados, para que colocaran un lazo grueso de una columna a otra para colgar la piñata. Yo veía todo ese barullo. No me interesaba mucho. El instante esperado era el momento en que pasábamos a la mesa, me cantaban las mañanitas y yo soplaba las velitas y mi mamá repartía el pastel y la gelatina que hacía con sus manos. Ni siquiera me interesaba abrir los regalos que me llevaban, porque sabía que eran regalos que no coincidían con mis gustos. ¿Para qué quería la camisa que me llevaba el primo Gustavo? ¿Para qué el juego de lotería que me llevaba la tía Eugenia? Era una pena que nadie de los invitados hubiese preguntado qué deseaba. Se hubieran sorprendido al ver que mis deseos eran casi elementales, sencillos. Hubiese pedido revistas de monitos (los cómics actuales) y juegos de plumones de colores. Me encantaba leer y dibujar. ¡Era feliz! Mis amiguitos me llevaban carritos o pelotas. Los jugaba, claro, pero los jugaba durante tiempos cortos. La mayor cantidad de mi tiempo libre lo dedicaba a hacer dibujos y a colorearlos, así como a leer revistas. De ahí copiaba los dibujos que luego trataba de hacer de memoria, sin ver el original. Estoy seguro que la felicidad no era más que esto: la gelatina y el pastel que hacía mi mamá, más los lápices de colores y las revistas de monitos. Los monitos, estaba seguro, los dibujaban hombres que habían sido niños dibujantes y lectores de monitos. Mi mamá fue una niña que aprendió recetas de su mamá y de su abuela. Sin duda, había sido una gran aficionada a comer pastel y gelatina, allá en su Huixtla natal, cuando acudía a los cumpleaños de sus amigas y de sus primos.
La declaración de Fernando fue hace muchos años, más de cincuenta, muchos más y aún sigo viendo su carita emocionada. Cuando lo dijo lo vi como un astrónomo descubriendo algo novedoso en el manto del universo. “Tu mamá hace soles”, había dicho. Y luego lo vi, feliz, comiendo un pedazo de ese sol, abrasando su espíritu. Sí, mi mamá lleva años haciendo soles para repartirlos en las mesas de sus afectos y, por supuesto, en el lugar de su hijo. Ella modela soles con sus manitas de más de ochenta y siete años, los modela con la misma ilusión con que, de niña, hacía tortillas con las hojas del plátano, a la hora que jugaba a la comidita con sus amigas.
Posdata: Mi mamá hace soles y reparte la luz con la generosidad de la flor que abre sus pétalos frente a la ventana. Hace soles rellenos con durazno en almíbar y con centro de cereza, tal vez para recordar que el centro de la bandera de Japón es un sol enormísimo que alumbra por siempre el corazón del cerezo.

sábado, 20 de mayo de 2017

CARTA A MARIANA, CON LA HISTORIA DEL COMAL Y DE LA OLLA



Con un abrazo respetuoso para la familia Pérez Velasco,
por la ausencia física de doña Carmelita.


Querida Mariana: A menudo escucho la expresión: “¡El comal le dijo a la olla!”. Las personas la utilizan en sentido irónico. Chona le dice a Chano: “¡Ya estás muy panzudo!”, y en respuesta, Chano le dice a Chona: “El comal le dijo a la olla”; es decir, Chona no tiene mucha fuerza moral para criticar el vientre generoso de Chano porque ella también está timbuda.
Cuando en la preparatoria, el maestro Omar nos dejó de tarea leer “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo, Armando usó también la expresión, pero le dio una vuelta: “Comala le dijo al hoyo”. Ahí andaba repitiendo la frase por todos los pasillos de la prepa (que ocupaba el edificio donde ahora está la casa de la cultura). Cuando le pregunté qué significaba eso, me dijo que era el modo que halló para aprenderse el nombre del pueblo al que llega Pedro Páramo, aseguraba que el maestro, en el examen, iba a preguntar: “¿Cuál es el nombre del pueblo donde vivió Pedro Páramo?” ¡Comala!, diría Armando y tendría asegurado el diez.
Matilde preguntó a quién se le ocurrió nombrar así a un pueblo: Comala, como si fuera la mujer del comal. ¿Existía Comala? ¡Claro que sí!, dijo el maestro Omar, todo lo que aparece en la buena literatura tiene existencia. Desde el momento en que el escritor Rulfo nombró Comala al pueblo de Pedro Páramo, ese nombre fue como una semilla que generó un gran árbol. El maestro dijo que, además, Comala también era el nombre de un pueblo de Colima. Ah, dijo Matilde, entonces sí existe. ¡Te estoy diciendo que sí!, reafirmó el maestro, ya un tanto molesto. ¿Y por qué le pusieron ese nombre?, preguntó Matilde y agregó: ¿Será porque es muy caliente como un comal? El maestro levantó el brazo, como respondiendo al llamado de alguien y dijo: “Bueno, muchachos, me voy, me están llamando de la dirección”. Y se fue. Matilde dijo: No quiso decirnos.
¿De dónde viene eso del comal le dijo a la olla? De la canción de Cri-cri. De niño escuché, en el jardín de niños, la letra de la canción, pero nunca puse mucha atención. Vos, ¿la recordás bien? Yo no sé bien a bien qué dice. Quiero pensar que las personas que usan la expresión sí la aplican con conocimiento de causa. Sé el principio y me gusta porque suena bien: “El comal le dijo a la olla: Oye olla, oye, oye.” Me gusta cómo suena esa combinación de dos palabras tan sencillas: Oye olla, oye, oye.
El maestro, luego del examen, nos enseñó a apreciar la riqueza de la combinación de palabras que Rulfo hizo en la novela “Pedro Páramo”. El párrafo inicial de la novela cuenta cómo la madre, moribunda, le dice a su hijo que vaya al pueblo llamado Comala a buscar a su padre. En una línea, el hijo dice: “…no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decirlo se lo seguí diciendo aún después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.” ¿Mirás qué prodigio? “De tanto decirlo se lo seguí diciendo”.
Cuando estudié literatura en la universidad, el maestro Pepe (maestro y escritor de excelencia) nos enseñó que el corrido mexicano usa el verso octosílabo, por ejemplo, el inicio del famoso corrido “El quelite”, dice: “Qué bonito es el quelite”. Silabeado da nueve sílabas, pero cantado, así de corridito, da las ocho, el octosílabo del corrido. Lo mismo sucede con el verso de la canción de Cri cri: “Oye, olla, oye oye”. Bien decía Carlos Fuentes: Somos de la tradición. Tan es así, que el corrido mexicano viene de la tradición de los romances españoles. Los conquistadores españoles sacaban la guitarra y cantaban los romances. El “Romance del prisionero” comienza así: “Que por mayo era, por mayo”. ¡Ahí está el octosílabo! ¡Ah, qué prodigio!
Recordé el octosílabo nemotécnico de Armando: “Comala le dijo al hoyo” porque el otro día me enteré que en este año México y el mundo entero conmemoran el centenario de Juan Rulfo, quien nació el 16 de mayo de 1917, en Sayula.
A propósito, Armando estuvo a punto de no obtener el diez en el examen de literatura. Como él había pronosticado, una de las diez preguntas fue: “¿Cómo se llamó el pueblo donde vivió Pedro Páramo?”. Armando sin dudarlo escribió: Comala, pero se fue de largo y agregó “le dijo al hoyo”. Tanto tiempo estuvo dándole a la oración que olvidó recortarla. Cuando el maestro revisó el examen colocó una soberana equis, con tinta roja, en la respuesta. Y no sólo eso, sino que a la siguiente clase llamó a Armando al frente del grupo y lo exhibió: “¿Cómo lo ven? Armando dice que Pedro Páramo nació en Comala le dijo al hoyo”. Cuando los alumnos terminaron de reírse, el maestro agregó: “¿Y qué le dijo el hoyo a Comala? ¿Le dijo ¡Oh!, Comala, oye oye?” El maestro, por supuesto, jugó con el verso de la canción de Cri cri, como, inicialmente, Armando lo había hecho. Pero el maestro sí podía jugar con eso, pero el alumno no estaba autorizado. Vos sabés que así es el poder. Las carcajadas de los alumnos eran como graznidos de patos. Armando no sabía qué decir. Nada dijo. Marisol se puso de pie y entró en defensa de Armando. Ella dijo, más o menos lo siguiente: “Maestro, ¿no cree usted que Armando usó el verso de Cri cri para significar dos cosas: primero, que el femenino de Comal puede ser Comala y que este pueblo, por la desolación que presenta es como un comal donde todo se tatema, por el calor y por la soledad; y segundo, el hoyo puede ser como una representación de la tumba, de la muerte?”. El salón quedó expectante. Todos los alumnos se habían calmado conforme Marisol había dicho lo que dijo. Al final, todos voltearon a ver al maestro, atentos para escuchar lo que el maestro iba a decir. El maestro vio hacia la puerta, levantó el brazo como respondiendo al llamado de alguien y dijo: “Ahora vengo, muchachos, me llaman de la dirección”, y salió. Armando se sentó y, ya olvidado del momento incómodo, comenzó a cantar: “Comala le dijo a la olla: oye, hoyo, oye, oye”. Y digo que estuvo a punto de perder la máxima calificación, porque cuando fue la entrega de calificaciones Armando encontró que su calificación era de diez. El maestro había rectificado. Halló el sentido del juego de Armando. Matilde se acercó a Marisol y le dio las gracias por responder su pregunta de si el pueblo de Comala era tan caliente como un comal.
Un poco más adelante, en la novela de Rulfo hallamos las siguientes líneas: “El camino subía y bajaba: «Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja».” ¿A poco no es prodigioso lo que hacía este escritor? Es una bobera lo que dice, pero lo dice de tal manera que nos embelesa, nos hace pensar que, como Armando, como el maestro Pepe, como el maestro Omar, juega con las palabras y el sentido inicial de la literatura es, precisamente, jugar con la palabra, con eso que, como decía Carlos Fuentes (¡otra vez, ay, por Dios!), es la moneda corriente que usamos todos los días.
México celebra los cien años de Rulfo porque fue un escritor prodigioso. Los críticos señalan que su obra es una de las máximas creaciones de todos los tiempos. Y como vos sabés, querida niña, Rulfo no publicó más que dos libros: la novela “Pedro Páramo” y un libro de cuentos que se llama “El llano en llamas”. El otro día, con el grupo de alumnos universitarios del segundo semestre a quienes les doy clase, leímos el cuento: “No oyes ladrar a los perros” y ellos coincidieron en decir que les gustó. Rafael decía que Rulfo se equivocó en el título, que debió ser una pregunta, porque el papá que carga sobre sus hombros al hijo es lo que hace de manera reiterada: preguntarle al hijo si no oye ladrar a los perros. ¿Por qué -decía Rafael- el título del cuento no tiene los signos de interrogación y suena como si, en lugar de preguntar si oye ladrar a los perros, asegurara que no oye ladrar a los perros? ¡Pucha! El Rafael, ¡qué osado!, se atrevía a criticar al máximo escritor de México.
Marisol se acercó mucho a la verdad del texto. Tal vez por eso el maestro Omar reculó en la calificación de Armando y, al final, le puso diez. En la novela leemos que: “Después de trastumbar los cerros”, el hijo de Pedro Páramo y un arriero que se encontró en el camino (y que también resulta ser hijo de Pedro Páramo) dejaron “el aire caliente allá arriba” y se iban “hundiendo en el puro calor sin aire”. Sí, Comala era como un comal donde todo se tatemaba. Así, pues, el recurso memorístico de Armando no era tan malo. El verso de Cri cri le había servido para recordar el nombre del pueblo y no halló mejor colgadero que el verso donde aparece el comal que hablaba con la olla. En Comala “el aire era escaso” y, además ¡hablan los muertos! Hablan los comales y las ollas ¡ni modos que no hablen los cadáveres!

Posdata: La mente es simpática, traviesa, como la mejor literatura. Escuché que el mundo conmemoraba el centenario de Juan Rulfo y esa noticia me trajo el recuerdo de Armando. Recordé que él iba al café Intermezzo, que estaba en la planta alta de un edificio desde donde se veía el parque central de Comitán. Armando ponía una libreta sobre la mesa, al lado del refresco que le habían servido y escribía lo que él llamaba “pensamientos”. A veces, alguna compañera quería ver sus textos, pero él nunca mostró sus trabajos. Entiendo que Armando se fue a vivir a Tecate, Baja California, junto con su mamá. Nunca volvimos a saber de él. Tal vez sigue viviendo allá, tal vez no. A veces, cuando tengo tiempo, escribo su nombre en el buscador de Internet: Armando Gómez, pero como no recuerdo el apellido materno, la búsqueda se vuelve algo casi imposible, porque el buscador me arroja miles y miles de personas con ese nombre. En lo de Comala, Armando no se equivocó, donde sí lo hizo fue en llamarse como miles y miles de personas y tener un apellido de lo más común en este país.

viernes, 19 de mayo de 2017

DEFINICIÓN DE VISITA




En Comitán, la palabra visita se utiliza para designar el acto (Juanita está de visita) y para nombrar a quien realiza el acto (¡Ya llegó la visita!). Hay pocas palabras que tengan esta doble capacidad, donde el verbo (Juanita visita París) se convierte en el sujeto (¡Mi visita ya tiene tres días en mi casa y no se va!).
Aurelio dice que todo mortal está de visita en el mundo. Es una idea común. Aurelio dice que, sin importar el lugar de residencia, todas las personas están de visita, porque la vida es sólo para un rato. Cuando Aurelio comenta eso, a veces, reflexiona en que dicha visita temporal (el tiempo que dura la vida) tiene vacíos en los extremos: el de antes del nacimiento y el del instante de la muerte. Dice que la visita cotidiana; es decir, la del viajero que llega a otro lugar, da esa sensación. Quien, de visita, fue a Cancún el pasado fin de semana, tiene la impresión de que la vida se concentra en ese instante. Trata de olvidar los problemas y asuntos pendientes que dejó en su casa; es decir, trata de meterlos en una bolsa para que se pudran adentro. Cuando debe regresar a casa lo hace con pesar, como si no deseara que tal lapso terminara. Cuando alguien refuta la idea de Aurelio y sostiene que el regreso jamás significa volver al vacío, él sostiene que la vida no es más que un vacío infinito. ¿Quién -pregunta él- iría de visita sabiendo que deja su paraíso?
Visita implica insatisfacción o necesidad. Nadie va de visita por placer. Quien viajó a Cancún la semana pasada lo hizo no por placer, sino por necesidad e insatisfacción. El lugar donde radica no le satisface, por lo tanto necesita evadirse.
Aurelio dice que ese término de Viaje de placer es la falacia más grande. Nadie visita un lugar por placer.
Cuando alguien refuta la idea de Aurelio y le dice que sí existe placer en quien viaja para visitar su pueblo natal y abrazar a sus padres, él sostiene que, por encima de todo o por debajo, existe la necesidad y la insatisfacción. El hijo que viaja para saludar a sus padres ancianos no está haciendo más que demostrar su necesidad de afecto y la insatisfacción por la ley de la vida. Cuando los padres mueran, el hijo, como si se untara ungüento, dirá que, cuando menos, le cupo la satisfacción de haber visto a sus padres en la navidad reciente. El ser humano necesita pretextos paliativos para atenuar las grietas de una vida insatisfecha.
Todo mundo sabe que, como dice la sabiduría popular: El arrimado, como el muerto, a los tres días ya apesta. Quien va de visita ¡apesta más que un pescado expuesto al sol de una playa! Si como dice Aurelio, estamos de visita en la tierra, por eso la inmortalidad no es recomendable. ¡Apestamos! Por eso morimos. Hacemos daño a la casa que nos recibe.
Los mortales sabios reconocen que la vida es un lapso entre dos vacíos, entre dos nadas. Por eso, los sabios, nunca van de visita a otro lugar, jamás abandonan su solar nativo. Lezama Lima era muy reacio a los viajes. No le gustaba ser visita, ir de visita. Por eso nunca fue un apestado, como sí lo son todos aquellos que van de visita a casa de sus parientes.

jueves, 18 de mayo de 2017

CARTA A MARIANA, EN MEDIO DEL SILENCIO




Querida Mariana: Pau abrió el libro y vio el dibujo. Ella no lo sabe, pero repitió un movimiento que hacía la abuela siempre que abría un libro: puso su mano derecha sobre la hoja y, con los tres dedos medios, la repasó de izquierda a derecha y luego la regresó al punto original. A la abuela nunca le pregunté por qué hacía eso, que yo lo veía como un ritual, como si alguien metiera la mano al agua y jugara dentro. Pero acá no era agua sino aire, el aire que circulaba libre por las páginas abiertas. Tal vez tenía algo que ver con eso, con que el libro había estado cerrado, oscuro, asfixiado, antes de que la abuela o Pau lo abriera.
Mi sobrina no lo sabe, pero ella repite el acto natural que la abuela realizaba. De igual manera, Pau no sabe que el libro que abrió era propiedad de la abuela. Muchas personas no saben que, como dijo Carlos Fuentes, venimos de la tradición. Los mayores, a veces sin darse cuenta, pasan la estafeta a las generaciones más recientes y éstas la reciben sin saber bien a bien de dónde les cae el maná.
Pau vio el dibujo. Yo le pregunté qué le trasmitía. Ella alzó su mirada, me vio y dijo: “No oigo ruidos”.
En el instante que lo dijo, la perrita comenzó a ladrar y se oyó, afuera, un altoparlante que avisaba la cercanía del camión que ofrece los garrafones de agua purificada.
Pensé que Pau tenía razón, el dibujo de Armando transmite silencio y éste inyecta armonía en el espíritu. El silencio de este dibujo es el mismo que caminaba en puntillas en el Comitán de la niñez del dibujante. En las primeras décadas del siglo XX, en Comitán había pocos ruidos: el de los cascos de los burritos cargando barriles de agua; el de las mujeres (como la del dibujo) que, muy temprano, se dirigían al templo. Pocos ruidos quebraban la burbuja del silencio infinito que era como el más tenue rezo. En aquel tiempo no había claxonazos, no había altoparlantes en mil locales comerciales, no había sirenas de ambulancia, no había autos circulando a más de sesenta kilómetros por hora en las calles, ni estéreos de autos con volúmenes diabólicos.
El Comitán que Armando Alfonzo transmite en sus dibujos es un Comitán que rescató el título original de la novela de Juan Rulfo. Porque Rulfo decidió, en último momento, llamar Pedro Páramo a la novela genial que, inicialmente, había nombrado “Los Murmullos”. Armando rescató la esencia. Quien ve este dibujo escucha el murmullo del agua que cae en los chorros de La Pila, escucha el repiqueteo de los pies del niño y de la mujer que, como si lo hicieran sobre una nube, caminan a mitad de la calle empedrada. Quien ve este dibujo escucha el latido armonioso de las campanas del templo de San Caralampio; escucha la respiración de las puertas de madera que, modositas, no se abren al primer relincho del aire.
Pau tiene razón. En los dibujos de Armando no hay ruidos, no hay exabruptos, no hay amontonamientos ni multitudes. Los pájaros también son discretos y se arraciman en los árboles con la misma parsimonia con que se hincan los fieles a la hora del ángelus.
Posdata: Los libros de Armando, querida Mariana, están envueltos en hoja de hierba santa. Son livianos, tenues como las manos de la abuela que, temprano, calentaban las tortillas en el comal y que, por las tardes, abrían los libros y, con sus dedos medios, repasaban la hoja de izquierda a derecha para regresar al punto original.
Pau no sabe que ese libro que abrió fue de la abuela; no sabe que el movimiento natural que hace al abrir un libro y repasar la página lo heredó de la abuela. Pero Pau sabe que en los dibujos de Armando “No hay ruidos” y eso es una bendición.

miércoles, 17 de mayo de 2017

COLOR NARANJA




¡Ah! ¿Qué haríamos sin los frutos? Sería muy difícil darnos a entender. ¿Qué haríamos sin la naranja? No sé qué haríamos.
¡Claro! Habrá que aclarar que no todos los frutos son necesarios, pero la naranja es el fruto más empleado, en nuestra lengua y en la lengua de otros mundos. Yo escucho que Pau, en las tardes más sencillas y claras, dice que el cielo se puso naranja y su carita también toma un color como de pulpa de mango.
Sí, no sé qué haríamos sin los frutos. ¿Cómo podría decirle a Mariana que sus mejillas tienen el suave color del durazno?
Como ya se dijo, no todos los frutos son útiles para nuestro lenguaje, pero el zapote ¡sí nos sirve! A Romeo, que fue un compañero de la primaria Matías de Córdova, le decíamos “Carota de zapote”, porque era negro, porque era como el betún de chocolate, pero en Comitán hubiese sido una falta de respeto decirle “Carota de betún” o “Carota de chocolate”. ¡No! En Comitán se antojaba decirle “Carota de zapote” y todo mundo gozaba ese mote.
¿Qué hubiera hecho Tablada sin la sandía? “¡Del verano, roja y fría carcajada, rebanada de sandía!”. Alicia era feliz cuando reía y yo le decía los versos de Tablada. Su carita se coloreteaba también, casi del mismo color de su sonrisa.
Yo no sé qué haríamos sin los frutos que nos han dado, además de su rico sabor y de su elemental aroma, el más fascinante color para pintar nuestro mundo.
Mi tía Alicia le encantaba usar blusas y vestidos color “melón”. Chayito, quien siempre fue la sobrina más traviesa, cuando la tía mencionaba el color de su blusa, decía la clásica adivinanza de “Entre melón y me lames (en Comitán decimos “me lambes”) hicieron un guiso…” Rodrigo (el más cabroncito de los sobrinos) completaba: “De huevo y chorizo, melón dio el huevo y me lames el chorizo”, y todos reíamos, hasta la tía, que le daba un manotazo afectuoso en la cabeza a Rodrigo.
Los frutos nos han acompañado toda la vida. La Biblia no lo consigna, pero el tío Abundio siempre ha contado que cuando Noé trepó a todos los animales al arca, para evitar su extinción, dejó fuera al capurtero (que, como todo mundo sabe, es ese animalito jodón que atacaba la planta de papaya). Y lo hizo así porque, entre los frutos del mundo, Noé prefería la papaya, porque era el color que imaginaba a la hora del mamey (Esto que contaba el tío Abundio no lo entendían los sobrinos más ingenuos, pero debió ser algo de doble sentido, porque la tía Romelia, su esposa, siempre le decía que no dijera groserías frente a los niños).
Como ya dije hay frutos que no son tan requeridos. Nadie hasta el momento ha dicho que pintará su casa de color kiwi, pero sí, en cambio, he escuchado a cada rato que muchas personas comentan que les gustaría que el cielo tuviera el color Fruta de la pasión.
Chayito siempre jugaba con el plátano (sin albur, por favor). “Vos tenés carota de plátano”, decía cuando miraba que el otro, de susto o de espanto, ponía su cara de color amarillo pálido. Siempre jugaba con el plátano, porque fue su fruto favorito. El tío Abundio decía que la Biblia no lo consignaba, pero que Eva no ofreció una manzana a Adán. ¡No! Eva, decía el tío, cortó un plátano, lo peló con el índice y el pulgar de la mano derecha, lo llevó a su boca, sacó la lengua y, como si fuese una serpiente, lo lamió: “¿Te gusta?”, preguntó. El tío decía que Adán no resistió.
Chayito jugaba con el plátano. Lo sacaba de la mochila, a mitad de la clase, y como si fuese la Eva que contaba el tío, lo pelaba, se lo llevaba a la boca, lo lengüeteaba y le decía al compañero que tenía más cerca: “¿Te gusta?”, cuando el sudoroso compañero, que se frotaba una y otra vez las palmas de las manos sobre el pantalón para secarse el sudor, balbuceaba un sí, ella le metía una tarascada al plátano que, la mayoría de veces, hacía que el compañero se llevara las manos a la entrepierna en afán de protección.
Ramón se enorgullecía al decir que sus calcetines eran verde bandera. Chayito, que estaba acostumbrada a usar los colores de frutos, decía que Ramón era un tonto. Decía que nadie decía, por ejemplo, que su camisa era blanco bandera. Chayito decía que su calzoncito era verde limón y, en la clase de química, mientras la maestra Ángela anotaba en el pizarrón la definición de Reacción química, ella se levantaba la falda. Su muslo derecho quedaba expuesto (muslo color mamey tierno) y enseñaba el color de su pantaleta. “¿Te gusta el verde limón?”, decía y se llevaba a la boca el último pedazo de plátano y lo lengüeteaba.
¿Qué haríamos sin los frutos? ¿Cómo mencionar los colores? ¿Qué haríamos sin la naranja? (Que, acá entre nos, a mí no me parece naranja la naranja sino amarilla.)

martes, 16 de mayo de 2017

CARTA DESDE PARÍS




Hubo un tiempo que soñé con viajar. Deseaba ir a Florencia, tierra del renacimiento. Tal vez me llamaba la sangre, porque mis ancestros paternos vivieron en Italia, la Italia de la Loren y de Fellini. Pero un día, no sé porqué, modifiqué mi deseo y soñé con viajar a París, el París que me había dibujado Hemingway, el París que Cortázar me había contado. Italia desapareció con sus pastas y me emocionó París con sus baguetes.
¡Todo era un puro sueño! No he pasado de Chacaljocom. Supe que debía viajar desde casa. Leí a Balzac en intento de pepenar París; entré al Internet para hacer viajes virtuales en las salas del Museo de Louvre; compré una guía de París y casi casi me aprendí de memoria los recorridos del metro y cómo llegar a los jardines de Versalles.
El otro día, en Comitán, caminé por la bajada de la biblioteca pública regional Rosario Castellanos y al llegar a la esquina me topé con la torre Eiffel. Sí, ahí, en el arroyo vehicular, al lado de la banqueta, había un anuncio que tenía la torre, un poco más grande que una persona. Pensé: “Pucha, está muy pishcul”. Pero era la torre. Acá en Comitán la únicas torres que tenemos es la ferretería del ingeniero Tovar: “La torre”, que está en el bulevar y la Arminda que parece de Villaflores, porque cuando le preguntan su nombre dice: Arminda Torre, se come la ese final de su apellido.
Crucé la calle y hallé que el lugar de la torre es un restaurante, pequeño, casi íntimo, con una barra de servicio y dos mesas para cuatro comensales cada una. El restaurante se especializa en crepas. ¿Cuál es el nombre del restaurante? ¡Notre Dame! Comencé a sentirme en París. Las crepas son originarias de Francia y ahora se pasean en todas las mesas del mundo. ¿Por qué no deberían estar en Comitán, en esa aparente olvidada esquina que está en los límites de la zona centro y se acerca al maravilloso barrio de La Pila? Digo aparente, porque ahora nadie puede ignorarla. ¿Quién puede ignorar una imagen de la torre Eiffel en una calle de Comitán?
A mi Paty le gustan las crepas. Le dije que había un restaurante que se llama Notre Dame y una tarde invitamos a una amiga y fuimos.
¿París en Comitán? ¡Sí! Paty dice que las crepas están ricas. A mí me sirvieron una riquísima agua preparada con pulpa de guanábana, pulpa seleccionada.
¿París en Comitán? Así como he tenido capacidad para imaginar París a través de los relatos de Cortázar y de Balzac, logré imaginar que estaba a la orilla del río Sena (juntito a la catedral de Notre Dame) y miré cómo los comitecos gastaban su tiempo en esa tarde. Hay pocos restaurantes en Comitán que permitan tanta cercanía. En los restaurantes que están alrededor del parque, las personas llegan, se sientan en las mesas al aire libre y disfrutan viendo lo que ahí acontece. Su visión es panorámica: ven casi todo, pero de igual manera ellos están expuesto a la vista de todos. En este restaurante de crepas, todo es muy íntimo: pocas personas de afuera ven hacia adentro. Yo, que estaba adentro, pude ver todo lo que acontecía en esa esquina. Mientras ellas comían sus crepas yo tenía a Comitán en las palmas de mis ojos. Era como si en lugar de ver los bateaux mouches navegar el Sena mirara a los comitecos “nadar” frente a mí. Digo “nadar”, porque todos los caminantes lo hacían envueltos en una burbuja de aire, de aire proveniente de la Ciénega. Ese aire maravilloso levantaba tantito las faldas de las estudiantes del CBTis 108 que caminaban con rumbo a La Pila y eso levantaba mi ánimo. Mientras estuve ahí casi nadie me vio, pero yo vi al señor que llevaba una caja de cartón en una mano y en la otra una bolsa con tostadas; miré a la señora que llevaba a su hijo en una carreola; al señor que se detuvo en la esquina contraria, subió el pie a la pared, sacó una cajetilla de cigarros y prendió uno. Este hombre hizo lo mismo que hacía yo: ver, ver cómo la tarde mínima comiteca se consumía. Pero él lo hacía desde Comitán y yo, yo, lo hacía desde Notre Dame, desde París.
Cuando pedí la cuenta y pagué, dije Gracias. Así lo oyó la mesera, pero yo, en lo íntimo, dije: Mercy. Porque estaba en París en Comitán.

lunes, 15 de mayo de 2017

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




Es un espacio público. Antes fue un espacio privado. Es la placita que está al lado del templo de El Calvario, en Comitán. Se advierte, en el lado derecho donde caminan los niños, unas bases de lo que antes fueron las patas de una banca. Dicen que algunos delincuentes, a media noche, llegaron con seguetas, cortaron la banca y la llevaron a algún rancho.
Ahora es un espacio público, la gente camina al lado de esta plaza o se sienta en las bancas de hierro que aún se conservan o en una banca de cemento adosada al muro lateral del templo.
Como acá se ve, en un extremo de la plaza hay un gabinete metálico que, sin duda, contiene un transformador de energía eléctrica. Dice que tiene una capacidad de 300 kva. Cualquier urbanista de primer mundo diría que ese espacio público no es el más adecuado para tener expuesto un transformador que, potencialmente, significa un peligro.
Significa un peligro porque, como acá se ve, hay niños que ahí juegan. Niños que llegan a brincar en un pie, a mirar los caminos de vagones de tren que hacen las hormigas en la banca donde crece el pasto. Los niños llegan a preguntar: “Lobo, ¿estás ahí?” o cantan: “A la rueda, rueda de San Miguel, todos traen su caja de miel…”.
La tarde de la fotografía llegaron los dos niños. Ambos vestían camisetas blancas y pantalones de color oscuro. Ella, la niña bonita, llevaba un par de aretes dorados en las orejas y una liga con dos canicas de plástico, color rosa, que su mamá le colocó para detener la cola de su cabello.
Los dos niños comenzaron a jugar a saltar en un pie. Sus caras se llenaron de un color rojo vital. Reían, mientras cambiaban de pie. Así estuvieron durante buen tiempo. Primero un pie y luego otro. Primero avanzaba ella y el niño lo seguía, como si ella fuese la guía, la líder; luego, como si alguien superior hubiese ordenado cambiar de lugar, el niño se daba media vuelta y se convertía en el líder y ella lo seguía: uno, dos, tres, cuatro…, contaban y reían. Así estuvieron durante un tiempo hasta que el cansancio los obligó a hacer una pausa. La pausa los cogió justo a dos metros del transformador. Los niños estaban sudados, felices, acezaban como pajaritos abriendo el pico para recibir el gusano que les daba la madre.
Fue la niña quien vio el cartel pegado en el transformador. Ese cartel que ya estaba rasgado, pero que permitía ver aún la figura principal donde estaba un león, ¡un león! La niña se llevó las manos a la boca en cuanto vio el león, pero luego, casi de inmediato, bajó las manos y dijo, con voz débil, casi temerosa: “No caminés”. Se lo decía a su hermanito. Ella caminó con tiento hacia donde estaba su hermanito y lo abrazó. Ahí estaba un león. El león los veía con la vista fija, parecía agazapado, con las patas avanzadas para dar el salto mortal. El niño dijo: “¡Uy, un león!”. Sí, dijo la niña, un león muy feo. La niña corrió hacia el otro extremo y su hermanito la siguió. Se agacharon detrás de una banca y sacaron la cabeza por un extremo, como espiando al rey de la selva, como (en su ingenuidad) retando al enorme animal. Los niños entonces levantaron unas piedritas, como exploradores caminaron en puntillas y cuando estuvieron cerca del transformador aventaron las piedritas al león. Éste no se movió. Los niños entonces regresaron a su guarida y rieron. Se habían atrevido a lanzarle piedras al peligroso animal. Tomaron otras piedritas y volvieron a hacer el mismo recorrido. Pero, ahora, el niño rugió, rugió como si él fuese un cachorro. La niña corrió espantada. El niño rio. ¡Tonto!, dijo ella, detrás de la banca que le servía como refugio, pero luego sonrió, tomó una piedrita y acercándose a la caja metálica, rugió también y aventó una piedrita al león. El rugido de ella fue débil, más caña de castilla en comparación con el rugido del niño. Él, sin decir algo, rugió (lo hizo para demostrarle a ella que su rugido era más potente). Ahora la niña ya no se espantó. Al contrario, pensó que no podía quedarse atrás y rugió, lo hizo con más potencia.
En la banqueta, las personas caminaban apresuradas. Dos muchachas, con mochila, subían al colectivo que, con su estruendo del tubo de escape, parecía rugir más fuerte que los cachorros que jugaban en la plaza, que retaban a un león, que jugaban el clásico: “León, ¿estás ahí?”.

sábado, 13 de mayo de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE APARECEN LOS CLÁSICOS COMITECOS




Querida Mariana: Vos sí conocés la obra de Armando Alfonzo. Me encanta cuando te botás de la risa leyendo el libro “Sólo para comitecos”, pero (habrá que decirlo) muchos jóvenes comitecos ya no tienen idea de quién es él, de quién fue Armando Alfonzo.
Los que saben dicen que “Sólo para comitecos” se publicó en 1969; es decir, en la década del setenta medio mundo de Comitán habló del libro, porque la primera y segunda ediciones se agotaron. Parece que ha sido el éxito editorial más grande del pueblo. Ni Óscar Bonifaz ni Lolita Albores ni doña Leticia Román de Becerril ni Amín Guillén han logrado vender mil libros en tan poco tiempo. Pero ahora, sólo los nostálgicos compran los libros de don Armando.
En un pueblo con tan escasos lectores fue un prodigio que el libro “Sólo para comitecos” tuviera mil compradores de inmediato. Dichoso el escritor japonés Haruki Murakami que, de su novela “Tokio blues”, vendió dos millones de ejemplares, en el periodo de lanzamiento. Acá en México las ventas son más “pishcules” y en Comitán más.
¿Es injusto que ahora pocos jóvenes conozcan a Armando Alfonzo? ¡No! Es la dinámica social natural. Quienes tenían cincuenta o sesenta años de edad en la década del setenta hablaban maravillas del doctor Rubén Alfonzo (pariente de Armando), contaban que el doctor Alfonzo fue uno de los más brillantes oradores de Comitán. ¿Qué joven reconoce hoy a ese personaje?
Mi generación conoció la obra de Armando Alfonzo y oyó hablar del doctor Alfonzo, pero nunca escuchó hablar de los personajes de inicios de siglo. ¿Quiénes eran los grandes contadores de anécdotas del Comitán de 1910? ¿A poco no hubo excelsos personajes? ¡Por supuesto que sí! Pero el paso del tiempo llenó de polvo sus caritas y sus virtudes.
La historia es una vieja cruel. Como decía el viejo líder Fidel Velázquez “El que se mueve no sale en la foto”. La foto histórica sólo registra a quienes asoman su cara frente a la lente del fotógrafo.
El Comitán actual sólo reconoce a los grandes personajes que ya se lograron colar en la Historia (con hache mayúscula). Los jóvenes sí tienen el registro de Belisario Domínguez, así como de ese personaje mítico llamado Josefina García. Por supuesto que un buen número de jóvenes comitecos sabe quién fue Rosario Castellanos, pero ya muchos ignoran quién fue, por ejemplo, Mario “Mocoso”, un maravilloso personaje que dio brillo al paisaje cotidiano de los años setenta.
La memoria colectiva es el árbol donde los frutos del pasado se mantienen. La historia se vuelve tutim cuando una sociedad deja de alimentar sus anécdotas. La identidad se pierde poco a poco.
Armando Alfonzo ha tenido reconocimientos importantes. Cuando él falleció, sus más cercanos amigos, admiradores de su obra, crearon un grupo que se llamó: Amigos de Armando Alfonzo Alfonzo. Ellos estimularon su recuerdo a través de una placa que fue colocada en la casa que el personaje habitó. Asimismo impulsaron la propuesta de que una calle llevara su nombre. Cuando las autoridades municipales (convencidas de la bondad de la idea y de la justicia del acto) aceptaron tal propuesta, los amigos de Armando Alfonzo mandaron a hacer las placas que indicaban que la séptima avenida poniente se llamaba Armando Alfonzo. Luego, en la administración del 2012 – 2015 se hizo un tachilgüil cuando esta avenida tuvo una remodelación muy adecuada y el nombre se extravió. Eso levantó polvo. Era la oportunidad de sacudir el polvo al nombre de don Armando, pero todo volvió a su origen, con excepción de que las placas que quitaron las autoridades no las volvieron a colocar. En realidad, todo mundo de Comitán habla de la séptima y contadísimos hablan de la avenida Armando Alfonzo, así como medio mundo habla de la quinta avenida y poquísimos la nombran como Avenida Dolores Albores Albores.
Acá sucede un fenómeno singular: Hay más personas que conocen quién fue doña Lolita Albores que personas que conocen quién fue doña Dolores Albores. Vos y yo hemos coincidido que, en ocasiones, hay sobrenombres o tratos afectuosos que se encaraman a los nombres. Si algún día se le hiciera un homenaje al famoso “Chicharito”, jugador de fútbol soccer, mucha gente no reconocería al personaje si la calle llevara su nombre verdadero: Javier Hernández Balcázar. Esa calle debería llamarse “Chicharito”, así como la quinta avenida de este pueblo debió llamarse Lolita Albores, pero bueno, para evitar más tachilgüiles, mejor que quede como está.
La obra de Armando Alfonzo se va perdiendo. Aparte de algunos amigos y admiradores de su obra, y de su hija Lety que, con suprema lealtad, difunde todos los días en las redes sociales las virtudes de su padre, los comitecos de generaciones recientes pasan de noche. Su hijo Armando Javier, en 2006, publicó una trilogía con obras de su papá: el clásico “Solo para comitecos”, “Comitecadas en verso”, y “El rincón más suave de mi patria”. El libro ya no tuvo la misma demanda que tuvieron los originales.
Si en los años ochenta se hubiese hecho un sondeo entre jóvenes comitecos, un porcentaje decente hubiera respondido Sí a la pregunta: ¿Conocés el libro “Sólo para comitecos”? Sólo para sustentar este comentario hice un mínimo sondeo entre cuarenta comitecos universitarios, cuyas edades oscilan entre diecinueve y veintidós años. ¿Cuántos creés que dijeron conocer el libro de don Armando? ¡Atinaste! Ni uno. Y estoy hablando de universitarios; es decir, de gente con preparación superior.
Una vez, a finales de los años ochenta alguien sugirió que el libro de Armando Alfonzo debía difundirse en las aulas de bachillerato, para reafirmar la identidad cultural. Algunos consideraron que la propuesta era un exceso. ¿Lo era? Tal vez no. En el libro de don Armando está parte de los aspectos culturales que hablan de la picardía de este pueblo. Todos los aspectos formativos de este pueblo deberían afianzarse. No deberíamos permitir que se perdiera uno solo de los hilos, porque la ausencia de un hilo provoca huecos en los bordados, en los tejidos, en el chal comiteco. Deberíamos fomentar el conocimiento de la cocina comiteca, de los juegos infantiles, de las caballadas comitecas, de las anécdotas, de los chistes; deberíamos hablar de nuestros personajes, de nuestras calles, de nuestras casas. Deberíamos, digo yo, leer más a nuestros autores comitecos; escuchar más las canciones de autores de la región. En fin, deberíamos valorar lo nuestro, sin, ¡por supuesto!, desechar los valores de otras culturas.
¿Cómo hacer que la obra de Armando Alfonzo Alfonzo no se pierda? La única solución es que la gente de mi generación pase la estafeta a la siguiente generación y la cadena se perpetúe hasta el infinito. Siempre fue así. Los mayores trasmitían los saberes antiguos a las nuevas generaciones. Digo que siempre fue así, porque ahora, no sé por qué fenómeno extraño y complejo, la transmisión de los saberes ha decrecido, en cantidad y, sobre todo, en calidad.
Ya no hay la costumbre de la sobremesa ni de las veladas que anteriormente se efectuaban. Aquellos momentos de convivencia permitían que las abuelas transmitieran los secretos de las recetas, y los abuelos contaran las anécdotas llenas de humor y picardía. Armando Alfonzo pepenó muchas de las anécdotas que nos legó en esos instantes de convivencia. Los modismos comitecos volaban de un lado a otro de la estancia, como luciérnagas en los campos.
Los jóvenes ignoran sus raíces. Porque ya no hay momentos en que convivan con los abuelos y los padres. Cuando esta oportunidad se da he sido testigo de la alegría que asoma en los rostros jóvenes al paladear nuestros modismos. ¿Qué pueden decir si alguien, mayor, les cuenta una bomba comiteca, de esas que Armando Alfonzo aderezaba en las tertulias? Acá copio un ejemplo de una bomba: “Un frasco de comiteco /se bebió tococh tococh. / Dio tres pasos el pendejo / y después, mirá, ¡pongoch!”. ¿Es delicioso verdad? Dice Armando Alfonzo que son bombas con onomatopeyas. ¡Claro! Acá brincan las siguientes: tococh y pongoch. La primera es la onomatopeya comiteca con la que señalamos cómo bebemos un líquido de trago en trago: tococh tococh, sin parar; la segunda alude al ruido que hace un individuo a la hora que cae: ¡pongoch! Esta onomatopeya es genial. Siempre que la escucho imagino que quien está cayendo es alguien gordo, que cae sobre su tutís sin meter las manos. Alguien se va hacia atrás y cae sobre su culote. ¡Pongoch hizo don Ramón!

Posdata: Lo ideal es que todo el conocimiento superior se preserve. Que los jóvenes sepan quién fue Armando Alfonzo y qué hizo por este pueblo al que tanto amó. Lo ideal es que nuestros jóvenes se reconozcan en la tradición, que valoren lo que nuestros antepasados hicieron para el fortalecimiento de Comitán. Este pueblo maravilloso tiene más gente de bien que cabritos y cabrones. Hay algunos que ignoran las raíces y desconocen la riqueza de quienes han preservado la herencia cultural. Estos últimos son muy pocos, pero como, a veces, son los que detentan el poder talan los árboles donde se arracima el bosque de nuestra identidad. Por eso, para contrarrestar esos excesos es preciso que la mayoría de bien abone a favor de la cultura y de lo que le es consustancial al pueblo.