sábado, 20 de enero de 2018

CARTA A MARIANA, CON RINCÓN BLANDO




Querida Mariana: Hay lugares inolvidables. Recuerdo, en mi casa de infancia, tres gradas que llevaban a una habitación. Me sentaba en esas gradas y leía la revista de monitos que mi papá había comprado en la Proveedora Cultural. Me sentaba ahí los sábados y domingos, en la mañana, cuando el sol era como una mano afectuosa. Recuerdo ese espacio como un espacio blando, delicado. Ahí me sentía dentro de una burbuja de aire tibio.
Ricardo me contó que, de todos los espacios de su casa, adora un rincón del jardín donde tiene sembrada una buganvilia. Ahí dispone una mesita con una bebida y se sienta a leer. Dice que esa es la imagen que sintetiza la felicidad. Quienes conocieron al famoso escritor Julio Cortázar cuentan que él tenía un cuarto en su departamento, cuarto en el que se encerraba a jugar, a crear, a tocar la trompeta. Mi abuela Esperanza era una hormiguita, andaba de arriba para abajo en la casa, en los pasillos, en la cocina, en el comedor, en el patio, regando las flores, plantando begonias, trepando sobre una silla para cortar granadas, pero su espacio especial era el oratorio. Dos veces al día entraba, una vez en la mañana y otra en la tarde, prendía una veladora, se hincaba en el reclinatorio con tapiz rojo y, de una bolsa de plástico, toda ajada, sacaba un bonche de hojas que tenían oraciones para todos los santos y vírgenes y para todas las ocasiones. Ahí se pasaba mucho tiempo. Cuando salía, yo la veía bañada en una luz espléndida, como si en ese cuarto hubiese sucedido una transformación. Pero ahora que Ricardo cuenta que el espacio de la buganvilia le da felicidad, pienso que yo también, en esas gradas, me llenaba de una luz especial. ¡Era mi lugar favorito!
El otro día, una hija de doña Chusita, la señora que vende chinculguajes en el mercado primero de mayo, me dijo que cuando va a casa de su mamá (la hija vive en Comitán), sus hijos comienzan a correr por todo el campo. Dijo: “Haga usted de cuenta que es como cuando se sueltan los chivitos que se ponen a dar brincos por todo el campo”. Ahora no se dan cuenta, pero cuando sean grandes, estos niños, tal vez, recordarán como su lugar favorito el sitio de la casa de la abuela, allá en Quijá.
Una mañana, el escultor Luis Aguilar (quien estaba de vacaciones) me mandó un inbox invitándome a vernos a las siete de la mañana (le encanta caminar en el friecillo de Comitán). Nos veríamos al lado de su escultura “Sitio marcado”. Dijo que daríamos una vuelta al parque y luego iríamos al mercado primero de mayo a tomar un atol de granillo o un jocoatol. El itinerario era casi sencillo y abarcaba apenas doscientos o trescientos metros. Esto en el plano físico, porque en el plano espiritual significaba un recorrido tan intenso como el que realizan los españoles cuando recorren el Camino de Santiago. Cuando estábamos en el puesto de los atoles, vimos la pericia de la mujer al pasar el atol de la olla al vaso. A la hora que el vaso estuvo lleno, la muchacha de sonrisa suave levantó la mano y suspendió la caída. Fue un instante sublime, el mismo (pensé) cuando Dios hizo el último movimiento de la creación; el mismo (dijo Luis) que hace el escultor cuando quita el último fragmento de mármol al rostro perfecto de la pieza. Salimos a la calle, sentimos la púa del viento frío de la Ciénega, pero, como estábamos en estado de gracia, nuestro espíritu estaba lleno de calor.
En ese mismo lugar, el puesto de atol de granillo y jocoatol, me topé con Alfredo Gordillo Zamora, amigo de la prepatoria, en los años setenta. Él radica en la Ciudad de México y estaba de vacaciones en Comitán. Alfredo, después de darnos un abrazo, me dijo: “No sabés lo que significa para mí el abrazo de todos ustedes” y cuando me lo dijo vi que su rostro se llenaba de energía, la energía que había recibido de todos sus amigos y familiares y de las esencias de su pueblo. No se lo dije, pero podía decirle que sí sabía lo que eso significaba, porque él ya recibía el vaso de atol de granillo y lo llevaba a su boca y ponía la cara de cristal del niño feliz. Yo también, de igual manera, cuando radicaba en Puebla, en una ocasión vine de vacaciones a Comitán, y después de ir a dejar flores a la tumba de mi padre, lo primero que hice al llegar a mi pueblo, fue ir al mercado Primero de Mayo, pararme frente a ese puesto y pedir un vaso de jocoatol. Cuando probé el primer sorbo sentí que ahí, también, estaba uno de mis sitios favoritos; es decir, el sitio especial está donde están las esencias fundamentales de la vida.
Estoy seguro que vos, igual que yo, tenés un sitio donde te sentís más a gusto que en cualquier otra parte. ¿Cuál es? Armando, quien es un romántico empedernido, tenía una frase que usaba cada vez que pretendía a una muchacha bonita: “Vos sos mi lugar favorito”. ¿Cómo lo mirás? Pues más de dos cayeron redonditas. Habrá que admitir que era un piropo sensacional: Vos sos mi lugar favorito, como si dijera que ella era el sitio perfecto, el espacio donde Armando se sentía más a gusto, como si ahí corriera el aire más limpio, el agua más transparente.
¿Cuál es ahora mi lugar predilecto? Cuando viví en Puebla viví a gusto, pero cuando me sentaba en una banca del zócalo miraba el cielo y extrañaba el mío, el comiteco. Una tarde alcé la vista y pedí a Dios que me permitiera volver a mi lugar y ¡me fue concedido! Regresé a Comitán y supe que mi lugar favorito era este pueblo, con sus calles, con sus parques, con sus balcones y (como dijera el clásico) “con sus subidas y bajadas y su viento de la chingada”.
Mi regreso a Comitán fue como volver a sentarme en esas tres gradas donde recibía el solecito de la mañana, donde leía una revista de monitos, que bien podía ser Kalimán, Memín Pinguín o Los Supersabios. Ya tiene diez años que regresé. Debo confesar que poco a poco mi lugar predilecto se ha ido reduciendo. Las tres gradas ya se volvieron dos, porque Comitán ya no es el lugar seguro que dejé. Todos mis amigos se quejan de la inseguridad, del problema de las organizaciones, de la carencia de agua entubada, de la suciedad. ¿De la suciedad? Sí, en los años noventa, muchos turistas alababan la limpieza de la ciudad, muchos amigos aseguraban que caminaban por las calles del centro y no encontraban una sola basura. ¿Ahora? Comitán es un pueblo sucio. Muchas personas tienen la fea costumbre de tirar la basura a la calle y las propias autoridades propician que la imagen se llene de polvo. ¿Cómo es posible que el encargado de la limpieza tenga establecido un horario de recolección de basura que permite montañas de basura en el centro, en la tarde y en la mañana? La otra tarde tomé una fotografía donde decenas de bolsas y cajas de cartón estaban colocadas en la base de la escultura de Luis Aguilar. ¿Era algo conceptual? ¡No! Era una falta de respeto, decenas de bocas acartonadas vomitaban basura en pleno centro. Y esto, ¡qué pena!, es una imagen recurrente. Muchas personas de Comitán se topan a cada rato con montículos pestilentes frente al templo de Santo Domingo. ¿Cómo es posible que la autoridad, en lugar de vigilar la imagen del pueblo, le agregue toneladas de basura a nuestro pueblo mágico? ¿No puede el encargado de la limpieza establecer un horario donde tal cochinero no perjudique la imagen y salud del pueblo?
No obstante, Comitán sigue siendo mi lugar favorito. No importa que mi espacio cada vez sea más reducido, no importa que mis horarios sean restringidos. Porque hubo un tiempo, en los años setenta, tiempo en que compartí salón con Alfredo Gordillo Zamora, que caminé con toda tranquilidad las calles de Comitán a las doce de la noche. Hubo un tiempo que las casas de mis amigos también fueron mis casas, bastaba empujar la puerta para entrar al cuarto del amigo y echarle un poco de agua porque seguía acostado en su cama. ¿Hoy? Hoy, las casas de mis amigos tienen paredes altísimas, están coronadas con gusanos de alambre de púas, sus puertas siempre están cerradas, por lo que es preciso tocar el timbre y esperar que los dueños observen a través de las cámaras de vigilancia.
He contado que, de niño, el parque central fue mi patio de juegos, porque mi casa estaba a media cuadra. Mi papá rentaba una casa de cuatro corredores, propiedad de la familia Esponda. Pedía permiso para ir al parque y mi mamá llamaba a Víctor, el hijo de la sirvienta, para que me acompañara. Caminaba al lado de Víctor y cuando llegaba al parque comenzaba a correr, un poco como dijo la señora de Quijá: como si fuera un chivito al que lo hubieran soltado en el campo.

Posdata: El puesto de venta de jocoatol del mercado Primero de Mayo y el parque central siguen siendo dos de mis lugares favoritos. Del primero nada digo, sólo admiro el movimiento de la mujer a la hora que sirve el atol. Lo que sí lamento es que ahora los vecinos del parque central saquen su basura y la amontonen en el lugar donde está la escultura emblemática de Luis Aguilar o frente al templo de Santo Domingo; lamento que el piso del parque esté lleno de hoyancos y la autoridad no haga algo para solucionar tal problema; lamento que las vendedoras de empanadas y taquitos, frente al 500 noches, tengan el piso todo sucio y resbaloso. Lo lamento, porque con eso, cada vez de forma más intensa, los comitecos nos quedamos sin los lugares que daban armonía a nuestro espíritu.



viernes, 19 de enero de 2018

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




El punto de atención de la fotografía es el dron. Acá hay muchos elementos, pero parecen diluirse ante ese objeto que, como mosca panteonera (de esas enormes), está suspendido frente a los dos muchachos y que llama la atención total de la mujer y del niño. A la mujer y al niño les llama la atención de tal manera que, literal, están con la boca abierta. El niño que comía algo dejó de hacerlo y señaló al objeto, dijo algo como: “Mirá, mamá, mirá”, y quedó callado porque no supo cómo definir eso que se define como “Vehículo aéreo no tripulado”.
Yo, como el niño y como la mujer, la primera vez que vi un dron quedé con la boca abierta. Aquel dron, igual que éste, llevaba una cámara integrada. Aquella vez bajé hasta el Cedro, para ver al grupo de comparsas que se preparaba para participar en la entrada de flores en honor a San Caralampio. Mi atención estaba puesta en el entorno: los disfrazados, los diablitos con sus matracas, los indígenas que cargaban atados de cohetes y de flores, los borrachos que estaban recargados en las paredes y, obnubilados, señalaban lo que pasaba frente a ellos. Mi atención, de igual manera que los demás espectadores, se centró en la bulla que emergió como una flor ruidosa: un grupo de caballerangos venía cabalgando sobre caballos flacos. Todos los jinetes llevaban cervezas en las manos y tenían sus rostros cubiertos con máscaras grotescas. Una niña que estaba abrazada por su papá comenzó a llorar. La mamá lo urgió a retirarse. Alcancé a oír lo que la mujer dijo: “Esto es un carnaval. Es una ofensa al padre Lampito”. Se retiraron. Su lugar pronto fue cubierto por dos mujeres que, ellas sí, aplaudieron el paso de los jinetes ya borrachos. Fue en ese instante cuando vi el dron. Como un pterodáctilo contemporáneo volaba por encima de los jinetes, iba y venía con una precisión que me sorprendió. Descubrí que en la panza del chunche volador iba una cámara que registraba los hechos de esa entrada de flores. Pensé qué lejos estaban los tiempos en que Franz Bloom llegó a Comitán y grabó un festejo similar, con cámaras pesadísimas y en rollos blanco y negro. Una vez que mi sorpresa amainó busqué con afán al hombre o mujer que controlaba el aparatejo. Más que el prodigio del vuelo llamó mi atención la idea de observar qué hacia el controlador para hacer que el chunche se desplazara con tal exactitud. El dron se elevaba, bajaba en caída libre y antes de chocar contra el piso volvía a levantarse. ¿Qué mano lograba tal rigor?
Pensé en ese momento que me equivocaba de cabo a rabo: En lugar de apreciar la entrada de flores estaba perdiendo mi tiempo en una búsqueda equivocada. Pensé que por ver un árbol dejaba olvidado el bosque maravilloso que se abría como flor frente a mis ojos. Como si moviera mis manos frente a mis ojos para espantar la mosca gigante enfoqué mi visión en otro lugar, uno donde un grupo de personas caminaba detrás de una camioneta con redila que llevaba una marimba y un par de ejecutantes. Dos personas cargaban en una parihuela la imagen del santo llena de flores frescas.
El dron del parque era más pequeño. Imaginé el tamaño de la cámara. Pensé en el milagro japonés electrónico que realiza miniaturas sorprendentes. Acá no había más que el dron. Así lo atestiguan las miradas de la mujer y del niño. Lo que está alrededor son elementos cotidianos: las carpas que afean el parque, las parejas que, sentados en los bordes de las jardineras, formulan futuros conjuntos. La tarde estaba gris, pero el dron parecía ser un foco de luz que llamaba la atención de todos los peatones y de quienes estábamos sentados por ahí.
Acá el dron está suspendido en el aire, pero el muchacho del tutz en el cabello lo controla con un aparato minúsculo también. El controlador, de igual manera que el anónimo e incógnito de la entrada de flores, lo elevaba, lo conducía a la izquierda, a la derecha, de nuevo hacia abajo en caída libre. ¡Que se detenga!, ordenaba con su mano y el aparato lo obedecía tal como acá se observa. Acá, el dron está suspendido en el aire frente a ellos, espera la orden para levantar el vuelo y hacer las tomas sorprendentes que ahora se logran con estas cámaras.
Los dos muchachos están con la boca cerrada, porque para ellos el prodigio del dron se ha vuelto cotidiano. Las miradas de la mujer y del niño son de antología. Quede acá para documentar cómo hay dos mundos que, de vez en vez, se dan la mano.
Yo, igual que la mujer y el niño, quedé con la boca abierta la vez primera que vi un dron. Igual que ellos abrí la boca la tarde del parque. Pido a todos los dioses que siga siendo así cada vez que vea un dron. Pido que nunca olvide que el prodigio de la vida está en el asombro ante lo cotidiano.

jueves, 18 de enero de 2018

DEFINICIÓN DE BICICLETA




Rosaura dice que el inventor de la bicicleta se equivocó, debió, en el momento que Henry Ford inventó el auto, patentar las calles de las ciudades a fin de que éstas fueran de uso exclusivo de los ciclistas. ¿Imaginan un mundo en donde la bicicleta fuera la reina de los vehículos? Bueno, cuentan los viajeros que en Europa existen ciudades donde casi casi se cumple tal ideal.
La bicicleta es ahijada de la carreta, por la discreción de sus piezas. El auto es engreído; en cambio, la bicicleta es modesta.
A veces pienso en las piezas que conforman la bicicleta y las piezas que lleva un auto. Este último es complejo en su diseño. Siempre que pienso en la bicicleta pienso en el cuadro, en el sillín, en el manubrio, en los pedales, en los frenos, en la cadena y en las llantas. ¿Verdad que es un vehículo sencillo? Claro, si uno piensa en el patín del diablo éste es más simple aún, pero, por lo mismo, se puede afirmar que el vehículo del justo medio es la bicicleta.
Cuando la niña se sube a una bicicleta por primera vez, el papá la acompaña, el papá, con una mano, sostiene el aparato e impulsa a la niña que pedalee y conserve “el equilibrio”. ¿Ven qué maravilla de imagen? ¿Observan qué prodigio de lección?
Nunca más, dicha niña tendrá ese privilegio. Un día, ya adolescente subirá a un automóvil y aprenderá a manejar. El papá podrá acompañarla, podrá enseñarle los movimientos para cambiar velocidad, pero nunca le dirá que conserve el equilibrio. Jamás. Aprender a manejar un auto no tiene la magia que sí posee el aprendizaje de la bicicleta.
Una mañana luminosa la niña conserva el equilibrio sobre la bicicleta, el papá entonces, corriendo a su lado, le dice: “Pedalea, pedalea”, como si le dijese: “No te detengas”. Este es el segundo instante supremo, el momento en que la vida toma el verdadero sentido.
Sólo por curiosidad, ¿algún día han tomado el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y leído lo que dice respecto a bicicleta? ¿No? Bueno, acá está la definición: “Vehículo de dos ruedas, normalmente de igual tamaño, cuyos pedales trasmiten el movimiento a la rueda trasera por medio de un plato, un piñón y una cadena”. ¡Qué pobre definición! Nunca menciona el equilibrio, concepto esencial para caminar con paso firme en la vida.
¿Por qué el diccionario no menciona ese prodigio de chunche que era la dinamo, chunche que, gracias al pedaleo, generaba energía para iluminar la lámpara de noche? ¿Por qué no dice que los seres humanos tenemos una dinamo y gracias al movimiento constante podemos iluminar nuestro espíritu? Las definiciones de diccionario siempre son mezquinas y alejadas de la esencia. Olvidan que los objetos no son simples objetos, olvidan que una bicicleta es mucho más que un vehículo. Una bicicleta es el mecanismo por el cual los padres, los verdaderos padres comprometidos, dan a sus hijos la lección más importante de la vida: Conservar el equilibrio, siempre, siempre.
Rosaura dice que el automóvil es como un dinosaurio y la bicicleta es como una garza. ¿Quién imagina ir de un lado a otro en un dinosaurio?

miércoles, 17 de enero de 2018

UN SOLO CAMINO




Soy escaso en amistades. Por esto, tal vez, cuando en los años setenta conocí a Julio Cortázar me volví su incondicional. No recuerdo qué fue lo primero que leí de Julio, tal vez fue un cuento o “Rayuela”. Lo que puedo asegurar es que me sedujo, fue amor a primera vista. Me enamoré de su obra creativa y comencé a seguirlo con tal afán que llegó el momento que sólo leía libros de él, como si el mundo no fuera más que su continente y su agua.
En una ocasión, Rafa señaló el libro que llevaba debajo de la axila y dijo que no era bueno lo que hacía. Me dijo que nos sentáramos en esa banca del parque donde estaba sentado un señor que leía un libro de José Emilio Pacheco (eso lo vi de reojo), y me dijo que, por su experiencia lectora, recomendaba que diversificara mis lecturas y puso ante mí una hoja con diversas sugerencias literarias. En la lista estaban García Márquez, Chejov, Poe, Mann y varios más. Recuerdo que sólo una mujer aparecía, la Yourcenar.
Como si fuera un padre recomendando a su hijo eremita regresar al buen camino, me exhortó a que tuviera más amigos literarios, que no era bueno tener una sola idea del mundo. Preguntó: ¿Qué le sucede a un hombre que sólo ve el mundo a través de una ventana? Cuando vio mi cara de puerta cerrada, se echó a reír y dijo que, cuando menos, el hombre debía ir a la otra ventana de la cocina para tener una visión diferente y agregó, ya encarrilado, que lo ideal era que ese hombre no sólo viera el mundo a través de la ventana sino que saliera a la calle, que caminara hasta la esquina, que oliera los aromas del mercado y de las carnicerías, que subiera a un tren y que llegara a otros pueblos, a la playa y que ahí trepara a un barco y que… Yo lo escuchaba con atención y en cada palabra yo asentía, convencido de lo que me estaba diciendo. Otro amigo, Quique, me había enseñado antes que la esencia de la vida está en el misterio que se abre a la hora que salimos a la aventura.
Rafa me habló como diez o quince minutos, de manera apasionada. Cuando terminó, acezando, como si hubiese corrido los cuatrocientos metros planos, me preguntó cuál era mi comentario. Le dije que, de manera honesta, consideraba que su boca (como decimos en Comitán) estaba llena de razón. Le dije que de vez en vez leía a otros autores, pero que deseaba (en ese momento) convertirme casi casi en experto de la obra Cortazariana, obra que me tenía fascinado. Y entonces le dije que era como una relación amorosa, donde estaba dispuesto a serle fiel y le pregunté si él en alguna ocasión había estado con una chica que llenara todas sus expectativas y que por lo tanto no necesitaba más compañía. Sí, dijo él (y vi que sus ojos se iluminaron como si fueran gotas de lluvia matutina), hace como dos años, contó, se llamaba Elisa y ella era todo mi mundo, no había nada más que ella. Aproveché su emoción y dije: “Bueno, pues hacé de cuenta que Julio es mi Elisa”. No dijo más. Nos paramos y fuimos a tomar un refresco en un restaurante al aire libre.
En realidad le hice caso a Rafa. Poco a poco, conforme crecí (en años y en apertura de mente) busqué a más autores. Entendí que mi oficio (el de lector comprometido) me obligaba (sin obligación) a leer lo que nuevos autores proponían. Mi universo se ensanchó, pero no se crea que dejé de lado a Cortázar.
Ahora, en muchas ocasiones, mientras leo a autores noveles los dejo tantito en el buró y tomo un libro de Cortázar, porque éste me hace mucha falta, porque, además, reconozco que sus abrazos no tienen comparación. Los abrazos de los otros son tan escasos, tan esmirriados, tan agua de alcantarilla. Muchos escritores son escasos en talento y en imaginación, elementos estos que rebosan en la obra de Julito.
Siempre, a la hora que abro un libro de Cortázar, recuerdo que muchos críticos literarios lo señalan como uno de los mejores cuentistas del siglo XX, así que para qué gastar pólvora en zanates si puedo volar en las alas de un cóndor.
¿Y qué pasó con Elisa?, le pregunté a Rafa. Me dejó, dijo. Ya no me explicó por qué, pero pensé que muchas Elisas del mundo son así, infieles.
Siempre vuelvo a Cortázar, le soy fiel, él es mi Elisa infinita, mi Elisa, mi E lisa.

martes, 16 de enero de 2018

DE UN ÁRBOL A OTRO




Una vez soñé con ser crítico de cine. Pensé que era la mejor profesión del mundo. Vería películas todo el día. Iría a muestras y festivales en todo el mundo. Estos viajes tendrían incluido un plus: conocer a los grandes actores y actrices. ¡Ah, el glamur de Hollywood!
Años más tarde supe que también había otra profesión fascinante: la de crítico literario. Este oficio permitía leer mucho y acudir a ferias en todo el mundo. Estos viajes tendrían incluido el plus de conocer a los grandes escritores.
Supe entonces que la grandeza del primero estaba fincada en el trabajo de los segundos; es decir, la existencia del cine (del buen cine, por supuesto) tenía su cimiento en la existencia del guion literario.
El oficio del crítico de cine, como el del crítico literario, tenía como destino la palabra.
El crítico de cine hace todo lo que mencioné y, al final, se sienta frente a la computadora y escribe. Lo mismo hace el crítico literario: al final ¡escribe!
La palabra es la esencia de estas profesiones maravillosas, la palabra es el agua que sacia al sediento.
No hay película excelente sin un excelente guion. Cuando veo una entrevista a determinada diva, a veces escucho que ella comenta que se enamoró del guion en cuanto lo tuvo en la mano. Con ello está diciendo que el escritor logró seducirla de tal manera con su historia que descolgó el teléfono, llamó al director y dijo que le encantaría trabajar en su película.
Esto me llevó a pensar que el oficio más bello del mundo era el de escritor. Aunque en la realidad real el mundo no lo aprecie así, porque son más los millones y millones de espectadores que asisten al cine, que los millones que son lectores. La imagen se impone sobre la palabra; y sin embargo, la imagen inteligente de los grandes directores del cine sería nada sin el sustento de la palabra.
En la Biblia leemos que “En el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Con esto queda dicho todo. Si el cine fuera más importante que la literatura, la Biblia hubiese dicho: “Y en el principio era la Imagen…”
Soñaba con ser crítico de cine o crítico literario. Veía a mi alrededor al albañil bajo el sol, al químico en la penumbra, veía a los médicos levantándose en la madrugada por una emergencia; los veía llenos de mezcla, de excremento expuesto al microscopio, llenos de sangre. Los veía y pensaba que eran oficios ingratos. Me encantaba pensar que viviría (ganaría dinero) viendo películas o leyendo libros, todo el día, todo el día.
En la Ciudad de México, en los años setenta, compraba el periódico deportivo “Esto”. No lo compraba para ver si las Chivas le habían ganado al Cruz Azul. ¡No! Compraba el “Esto” para leer la columna de Tomás Pérez Turrent, quien era un destacado crítico cinematográfico.
Luego, pasé a comprar revistas literarias y una tarde me topé con el nombre de Harold Bloom, considerado uno de los más grandes críticos literarios del mundo. Pasé, entonces, a buscar libros del tal Bloom y hallé lo que ya intuía: La literatura estaba por encima del cine. Mientras el cine era un mar inmenso, la literatura era apenas un cacho del universo. ¿Cómo era posible que un simple pedazo de universo dominara a la totalidad del mar? Supe que la literatura era como un iceberg, que mantiene oculta la mayor parte de su cuerpo (corpus).
Ahora, después de tantos sueños, advierto que llegué a los sesenta años sin cumplir ninguno de ambos. No vivo de la crítica literaria ni de la crítica cinematográfica. No obstante, sí soy (con mucho orgullo y gran satisfacción) un buen cinéfilo y un buen lector; es decir, ejerzo el oficio sin ser oficiante, sin pasar al siguiente peldaño, el que había soñado de joven. Veo cine y leo muchos libros, pero no voy a festivales, ni hago reseñas, ni por asomo conozco a los grandes directores, actores, actrices o escritores.
Ahora pienso que la maravilla del cine y de la literatura es que sus dones llegan a mí con la misma tranquilidad con que llega el sol a mi ventana. Sin necesidad de salir a casa tengo lo mejor de ambos mundos: ¡la palabra! Porque, sin la palabra no habría cine ni habría la alfombra roja ni habría el protocolo de los premios que tanto seducen a los espectadores de las pantallas televisivas.
Tomás Pérez Turrent y Harold Bloom fueron como lazarillos en el instante que era como un ciego. Desde entonces muchos ríos se han secado, pero mi parcela se humedece ya de manera autónoma. Pero, ¿qué habría sido el camino sin ellos, sin su palabra?

lunes, 15 de enero de 2018

UN NAVEGANTE




Cerca de Comitán hay un poblado que se llama La Trinitaria. Es un lugar bello, donde el tiempo tiene la belleza del colibrí pero camina como una tortuga. Antes, el poblado se llamaba Zapaluta, era un nombre más auténtico, con herencia de siglos.
Pues bien, la gente de ese pueblo debe conocer muy bien al personaje que aparece en la fotografía. ¿Cómo se llama el encargado del cuidado de un templo? ¿Se sigue llamando sacristán? Si la respuesta es afirmativa, entonces este personaje es el sacristán de la casa del Padre Eterno, divinidad católica que es reverenciada en aquel lugar.
El día que fui al templo vi que, mientras los fieles prendían velas y veladoras y rezaban al Padre Eterno, el vigía del templo, con un trapeador, limpiaba los pasillos. Cuando terminó de trapear, tomó un cuchillo y fue hasta una base donde los fieles colocan velas y comenzó a quitar la cera derretida. Yo me apresuré a ver la forma que la cera había formado, era un dibujo maravilloso. Él quitaba la capa para que no se fuera haciendo más grande. Yo pensé que si la dejara se sentiría mal, porque parte de su labor es mantener limpia la base para que hombres y mujeres prendan sus velas. Pero pensé que sería bello que, cuando menos en una ocasión, dejara que la cera derretida se fuera haciendo como una montaña y luego un grupo de niños, comandados por Luis Aguilar, nuestro excelso escultor, comenzaran a jugar a hacer una escultura usando palitos, método que sería conocido en todo el mundo como el de “La cera encontrada”.
Pero no, no puede ser posible. A este templo no llegan niños a jugar a hacer esculturas de cera (sería maravilloso, pero no es así). A este lugar llegan personas a agradecer favores celestiales, llegan (contritos) a pedir ayuda para la siembra, para la siembra en los campos y en los corazones.
El día que fui al templo y vi al sacristán haciendo su oficio, de manera seria y responsable, vi a muchos fieles que, hincados o de pie, oraban en voz baja, como si fueran pajaritos recién nacidos y pidieran su alimento. Los vi abriendo los brazos pidiendo las bendiciones, tratando de apresar el milagro a través del aire.
Y pregunto si aún se llaman sacristanes los que se encargan de cuidar los templos, los que barren y trapean. ¿Se siguen llamando sacristanes los que suben al campanario a las cinco y media de la mañana o a las seis y media de la tarde, para dar el primer repique a misa? Tal vez sí, el nombre continúa vigente.
Es simpático saber que la labor del sacristán, por lo regular, es realizada por hombres. Nunca he visto a una mujer trepada en la torre dándole vuelo al badajo de la campana. Pero digo que es simpático porque, de manera automática, la esposa del sacristán es nombrada sacristana, de acuerdo con lo que el diccionario expresa. ¿Verdad que es simpático? Parece que es de los pocos oficios del mundo en el que se reconoce la complicidad de la esposa (claro, en el caso de que exista). Jamás la mujer del carpintero es la carpintera, ni la esposa del herrero es la herrera, ni la esposa del escultor es la escultora (claro, a menos que la mujer realice el mismo oficio que el hombre).
¿Cómo se llama este hombre que, a diario, se encarga de cuidar el templo de La Trinitaria? ¿Cómo le dicen?
Hace tiempo que no voy a templos en Comitán. Cuando fui niño (y fui acólito) el sacristán del templo de Santo Domingo era don Abelardo, un hombre simpático, que vivía por la escuela Fray Matías de Córdova. Su esposa, doña Chayito, nunca lo supo, pero ella fue la sacristana de Comitán, por el hecho de ser mujer de don Abelardo.
La mañana que fui al templo de La Trinitaria vi al sacristán, cubierto con una chamarra de jerga para evitar el frío. Vi cómo con las dos manos tomaba el palo del trapeador y hubo un instante que lo vi como si ese palo fuera un remo y él estuviera remando, a mitad de la nave del templo, sobre una nave más pequeña, más endeble. Vi al hombre como si estuviera arriba de un cayuco y navegara por el río tranquilo de la vida. Porque, en La Trinitaria el agua del tiempo fluye de manera tranquila.
¿Cómo se llama este navegante infinito?

sábado, 13 de enero de 2018

CARTA A MARIANA, CON RECONSTRUCCIÓN DE NUBES




Querida Mariana: Mi amigo Víctor Manuel González me dio copia de esta fotografía que conserva en una gaveta del escritorio. Me dijo que compartía conmigo un pedazo de su memoria. Agradecí el gesto y le pregunté si podía, a mi vez, compartir con vos esta fotografía. Cuando supo que la compartiría con vos me dijo que sí y agregó que nos invitaba, cualquier tarde, a ir a su casa a tomar un café. Dijo que le daría mucho gusto conocerte. Va, pues, comparto con vos la foto y te paso al costo la invitación. Ya vos dirás.
Acá aparece él al lado de una amiga, Lupita Guillén Velasco. La foto data, más o menos, de 1974. Y esta foto es proverbial, porque los muestra a ellos, sonrientes, felices, dando cara al futuro; además de que es un testimonio de cómo vestían los jóvenes en aquellos felices años setenta; y, por último, aparece un fondo ya inexistente en el Comitán actual. Acá se ve un lugar muy frecuentado en ese tiempo: “Nevelandia”, que era un lugar donde los comitecos llegaban a tomar un café, un refresco, un helado o a jugar dominó.
¿Ya viste el cabello de Víctor? Sí, cabello largo. Y esta melena está moderada, había compas que usaban la cabellera más larga. Recuerdo, entre mis compañeros de prepa, a varios con el cabello larguísimo, que requería (me contaban) cuidados especiales para que no se viera todo lleno de cebo y grasiento. Me cuentan que (como ahora los metrosexuales) destinaban tiempo especial para cuidar el cabello y destinaban paga para comprar champús y fijadores. Una vez te conté que un amigo peluquero se quejó conmigo porque su chamba había mermado, ¡cómo no!, si medio mundo andaba con el cabello hasta los hombros.
El pantalón de Víctor va en la cadera, así era la moda (con esto, los fabricantes de ropa se ahorraban la tela que le agregaban a las piernas). Si te fijás bien, en la parte baja del pantalón existe un engrosamiento de tela. Eran las famosas ¡campanas! Todo mundo usaba pantalones acampanados. Aquí habrá que decir que Víctor tenía la campana más pequeña y Lupita la tenía más grande (estoy hablando de los pantalones). ¿Ya viste cómo el pantalón de Lupita es amplísimo en la parte de abajo? ¡Ah!, era maravilloso ver caminar a las compañeras, ver cómo esas amplitudes iban abriéndose paso entre el aire, cómo (si el pantalón estaba muy largo) trapeaban el piso.
Víctor y Lupita están en el parque central de Comitán, en el parque viejo, que fue derruido para dar paso al parque ampliado con el que la ciudad cuenta actualmente. La foto fue tomada después del mediodía. Tal vez, digo sólo que tal vez, después de la fotografía, los dos amigos se sentaron en alguna de esas bancas que están detrás de ellos, que eran bancas de granito con los respaldos de madera. Ya te conté que algunas de estas bancas aún se conservan en el atrio del templo de Quijá. Una tarde fui con una amiga de aquellos tiempos y jugamos a que estábamos en el parque central y mirábamos el edificio de “Nevelandia” y de otra cafetería que estaba a diez o veinte pasos, que se llamaba “La Pantera Rosa”, y veinte pasos más allá “El café Intermezzo”.
Con esta fotografía no hay necesidad de imaginar mucho (bueno, tal vez algo), porque es como un fragmento bellísimo de ese rompecabezas mental que juntos construimos. Víctor, cuando me dio copia de la fotografía, me dijo: “Te comparto un pedazo de mi memoria”, y esta memoria, a final de cuentas, es un pedazo de la memoria colectiva, porque (insisto) el piso del parque central (que era de losetas hechas en los talleres comitecos) nos recuerda la dignidad con que los comitecos paseaban por su parque. Los domingos (ya lo hemos platicado) los muchachos daban vueltas al parque (doña Tony Carboney, dice que ahí se daban “quemones”, que era la técnica seductora de entonces, donde un muchacho veía a una muchacha y sonreía, como diciendo: “No me caés mal, es más, si te acercás capaz que digo que acepto tu invitación para ir a tomar un refresco”.) Si mirás con atención verás que el parque tiene un piso pulcro (lo que más se jodía eran las reglas de madera de las bancas, porque cuando llovía se humedecían de más). ¿Cómo está ahora el piso de nuestro parque? Sí, está feísimo, todo lleno de hoyancos, chiquitos, medianos y tamaño caguama. Es una pena constatar que no hemos avanzado en orden y en desarrollo. ¿Cómo es posible constatar que los comitecos vivíamos en una ciudad más digna en el pasado? El piso de aquel parque estaba parejito, bonito, pues.
En el lugar donde están parados estos amigos, ahí mero se reunía una multitud para presenciar el Concurso de Aficionados, que organizaba la radio XEUI, que fue la primera radio comercial del pueblo. ¿Ya viste cómo al lado de la puerta donde dice Billares hay otra más angosta que dice XEUI? La puerta donde dice Billares conducía al salón que estaba al fondo del local, que era muy grande; y la puerta donde dice XEUI tenía una escalinata para llegar al segundo piso donde estaba la estación de radio. Se alcanza a ver las letras grandes arriba del pasillo exterior. ¿Si mirás que en ese pasillo hay una puerta, aparte de dos ventanales que iluminaban el salón? Bueno, pues esa puerta era la que daba acceso al pasillo exterior. En este pasillo, colocaban una campana que servía para indicar al participante que su voz estaba muy desentonada, que estaba cantando medio fiero, así que estaba descalificado. El juez que tocaba la campana (quien se supone era experto en música) siempre salía con una capucha, para que los eliminados no fueran a identificarlo y se desquitaran después. Recordá que en tiempos de la inquisición y de la guillotina francesa, los verdugos también usaban capucha para evitar represalias.
Ese Concurso de Aficionados fue un éxito setentero en Comitán. Cuando se realizaba se llenaba de personas el parque, personas dispuestas a pasársela bien, tanto con los pochorocos que eran desentonadísimos, como con los que cantaban tan bien como Lucha Villa o como Pedro Infante. Sin duda, que en este 2018 deben andar por ahí algunos comitecos que participaron en ese maravilloso concurso que alegraba las tardes y noches de un pueblo en el que no había más diversión que el cine. Además, el espectáculo era gratuito.
Si seguís mirando con atención, verás que hay compas que están recargados sobre la pared de “Nevelandia” o parados en la entrada de los billares, o sentados en el acceso para la estación de radio. Esto es algo característico de todos los pueblos. Ellos están viviendo (en la contemplación) la vida que se desenvuelve ante sus ojos. El compa que está recargado en el amplio ventanal de la cafetería, sin duda, vio quién bajó de ese vochito que está estacionado; vio el grupo de muchachos de la preparatoria que entró a jugar billar; vio a la muchacha que se sentó en una banca del parque y esperó a su novio; vio el momento en que Víctor y su amiga Lupita se pararon en el parque y sonrieron y esperaron que el fotógrafo (algún amigo de ellos, sin duda) tomara esta fotografía que ahora es, como Víctor me dijo, una parte de la memoria de nuestro pueblo.
La fotografía es el mejor testimonio de la vida, es el que más se acerca a la verdad, es como la sonrisa del rostro del tiempo. Acá están Víctor y Lupita viendo hacia el futuro, así siguen, lo sé, pero esta fotografía nos permitió, desde acá, donde estamos, ver hacia el pasado. ¿Mirás qué prodigio? No hay necesidad de cerrar los ojos para imaginar cómo era la entrada al billar de don Ramiro Rojas. ¡No! Basta detenerse un tantito para ver esta fotografía. Hay algo como un aroma de eucalipto que inunda el parque, hay algo como un hilo de luz que se enreda en la celosía de la parte superior, hay algo como un pájaro que ilumina el vuelo de las miradas.
Por favor, querida mía, aguzá tus sentidos y escuchá lo que el fotógrafo (su amigo) les dice. ¿Qué? Sí, eso les dijo: “Miren el pajarito” y en ese instante ellos rieron. Nunca advirtieron que esas sonrisas iban a contagiarnos de alegría en enero de 2018. Ellos ríen en mil novecientos setenta y feria y más de cuarenta años después ahora lo hacemos nosotros. Víctor nos permitió construir un puente, un puente que recorremos con alegría, porque abajo no hay agua sucia. ¡No! Debajo de este puente hay un río de aire y nosotros, casi pájaros, volamos en derredor, mientras pensamos que es penoso que ahora nuestro parque, más grande, renovado, tenga un piso todo calash, todo lleno de viruela.
Posdata: Los parques son espacios abiertos y son territorios públicos. En ese tiempo, casi puedo jurarlo, no había teporochos o prostitutas en los parques. En ese parque donde están Víctor y Lupita, los comitecos, todos, paseaban a gusto, en armonía, con tranquilidad.
¿No podemos comenzar a recuperar esos valores? ¿En qué momento hipotecamos nuestra calma? Ahora hay personas que se piensan dueños del parque central, desde integrantes de organizaciones sociales hasta autoridades municipales. Nadie les ha recordado que ese espacio es de todos los comitecos; de jóvenes que se toman selfies, de niños que corren, de parejas que formulan su futuro y de ancianos que se reúnen para recordar cómo, en un tiempo, el parque de Comitán era más pequeño, pero más afectuoso.

viernes, 12 de enero de 2018

DEFINICIÓN DE PANTALLA




Así como soy del tiempo D.C. (Después de Cristo), también soy del tiempo A.T. (Antes de la televisión); por lo tanto, cuando escucho la palabra pantalla no pienso en la que tiene la televisión o la que tiene la computadora, porque en España, me cuenta Hortensia, no hablan de monitor de la computadora, sino de pantalla de ordenador. Cuando escucho la palabra pantalla pienso en la que había en el Cine Comitán. Mi cerebro registra esa pantalla maravillosa donde se proyectaban los filmes (películas mexicanas, sobre todo).
La pantalla del Cine Comitán era enorme: tan ancha como el mar y tan alta como el cielo. Sí, eso era: el mar pegado al cielo.
Una vez, cuando estudiaba en la primaria Fray Matías de Córdova, estuve detrás de la pantalla. Al frente había un escenario donde los niños, en ceremonia de fin de cursos, bailábamos la clásica danza de los viejitos, de Michoacán. En esa ocasión, una niña me jaló y me llevó detrás de la pantalla (enormísima), me dijo que me acercara y viera. Así lo hice. La pantalla (grandísima) tenía cientos de pequeños circulitos (perfectos, exactos) a través de los cuales podía verse hacia el otro lado (el muro de Trump no será así). Vi, entonces, la multitud de padres de familia que esperaba comenzara el acto donde bailaríamos y recibiríamos nuestros certificados de educación primaria.
La pantalla del cine poseía una maravillosa capacidad: de un lado (donde nosotros estábamos) sucedía la vida real, la que viven los simples mortales, del otro lado (el que los espectadores veían) sucedía la vida perfecta, la que viven los artistas, la gente inmortal. Era apenas una simple tela (delgadísima, llena de agujeritos) y sin embargo era como la barrera entre lo rutinario y plano y lo maravilloso. Se dice que Gabriel García Márquez fue el descubridor del Realismo Mágico. ¡Falso! El Realismo Mágico apareció en el momento en que los Lumiére proyectaron las primeras imágenes sobre una pantalla.
Lo que Víctor hizo fue sensacional, lo hizo más o menos en 1974. Una tarde, mientras tomaban un refresco en “La pantera rosa”, café al aire libre, Romelia le dijo que sí, que aceptaba ser su novia, siempre y cuando hiciera algo que “la apantallara”. ¿Qué pretendía Romelia con esto? Se sabe que los muchachos usan tal expresión para decir que algo fue sensacional, ¡apantallante! Ella quería sentirse elogiada por Víctor, que el mundo de Comitán se enterara que ya eran novios. Víctor era un muchacho muy perseguido por las chicas de la prepa, porque era un gran deportista, tenía un cuerpo casi perfecto y era un seductor de líneas precisas en su rostro de ascendiente griego. Esa misma tarde, Víctor invitó a Romelia al cine. Compraron las entradas, pasaron a la cafetería donde compraron una bolsa de gomitas y entraron a la sala. Ya había comenzado la función. Romelia buscaba un asiento en medio de la penumbra de la sala que sólo se iluminaba más cuando era de día en la película, pero Víctor la llevó al pasillo que conducía a la parte trasera de la pantalla. Romelia acercó sus ojos a los hoyitos y quedó maravillada. Ella hacía lo mismo que hacían los espectadores, sólo que ella miraba la película real. Allá, en la fila dieciocho, al lado del pasillo de en medio estaba su tía Rosa con su tío Amado, quien tenía los ojos cerrados y estaba con la cabeza doblada hacia su pecho. ¡Sí!, dijo Romelia, era algo apantallante, pero Víctor hizo lo que nadie había hecho. Tomó a su novia de la mano y la llevó a la parte delantera de la pantalla, allí donde se proyectaba la cinta. Hubo dos o tres gritos de protesta de parte del público. Él la tomó del talle y comenzó a llevarla de un lado para otro en un baile imaginario. Romelia se sorprendió, tuvo cierta pena, pero un instante después comprendió que nadie en Comitán había hecho algo similar. Bailó como dicen que bailaban las bailarinas cubanas que actuaron en el cine de oro del cine mexicano, y Víctor bailaba como dicen que bailaba Fred Astaire. La luz de la proyección iluminaba sus rostros, sus manos, sus piernas, la totalidad de sus cuerpos. Hubo dos o tres gritos de protesta de espectadores que deseaban ver la continuación de la cinta, sin interrupciones. Pero dos o tres espectadores vieron con emoción la escena real que Víctor y Romelia realizaban, tal vez pensaron que era una forma de hacer realidad los sueños, de aparecer en el cine, de ser inmortal como los actores y actrices.
Víctor contaba que llevó el acto al extremo, que hubo un momento donde los gritos de protesta fueron mayoría, por lo tanto, el cácaro prendió las luces de la sala sin suspender la proyección. Víctor y Romelia quedaron congelados, él la abrazaba de la cintura y ella tenía sus manos colocadas en los hombros de él. Víctor la atrajo hacia sí y la besó en los labios; ella se dejó atraer y levantó la pierna izquierda, como había visto que hacía Brigitte Bardot. Los gritos de protesta continuaron, pero dos o tres se pusieron de pie y aplaudieron. En ese momento, Víctor jaló a Romelia y salieron corriendo, buscando la salida. Fue uno de los momentos más sublimes del cine.
Cuando pienso en pantalla pienso en la de las salas cinematográficas. Todo mundo debería hacer lo mismo. Digo, para tener conciencia de que lo maravilloso está más cerca de lo que creemos.

jueves, 11 de enero de 2018

CUANDO LA LUZ CAMINA A LADO NUESTRO




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: Mujeres que sueñan con zapatos rotos y mujeres que todas las mañanas paren luz.
La mujer paridora de luz es como una cinta delgada llena de bendiciones. En la mayoría de ocasiones camina al lado de un hombre que no distingue esa bendición. Se sabe, la mayoría de hombres camina con los ojos cerrados, casi siempre.
Ella es la síntesis de la vida, por eso es una calle llena de bazares donde venden ollas de peltre y chalinas de seda. Ella es una bandada de colibríes, un velero que boga en la superficie de un lago; ella es el cuarto donde el abuelo lee el periódico, el puente donde los barcos pasan por debajo de su panza. Ella es la colcha que cubre al niño a la hora del frío.
Camina con el mismo aire de dignidad de la mujer que vende flores en el mercado, con la misma altivez con que corre el niño que es ciego.
Sueña con la misma emoción con que el aire come la tarde del parque. Se conduce como si las esquinas no fueran más que una pausa en la calle.
Ella es el brillo de una laja que recibe cientos de pasos de decenas de peatones. Ella es el recuerdo grabado en una cámara, es la cerca que no permite el abrazo del alambre de púas. Es un venado a mitad del bosque, es un pájaro que alimenta a sus polluelos, es una brizna de nostalgia en el campo del tiempo.
¿Es un perrito de la calle? Sí, también es un cachorro que tiene hambre, hambre de pecho, de labios.
¿Es un hombre bajando por la colina? Sí, también es un hombre explorador, y también es un carro vacío de mudanza, y es un barco de papel que navega en tardes de lluvia, en tardes que la abuela llama a los nietos porque acaba de sacar del horno la bandeja de galletas. Y es un abrazo y una sonrisa de candelabro.
Esto y más es ella. Es la carrera de un caballo en el hipódromo y es un maletín café donde el médico lleva una ampolleta.
¿Nunca tiene miedo? Sí, como a cualquier mortal le da miedo el huracán, la tristeza del vidrio roto y el pabellón donde no hay nadie a media noche.
A ella le gusta renombrar los objetos, le encanta pensar que la vida es un instante novedoso, de renuevo. Así, al perro le llama casa y la casa anda por todos los pasillos de su rostro (que así nombra su casa). La casa es juguetona, mueve la cola, es fidelísima. Cuando ella llega a su rostro, casa le hace fiesta, la recibe moviéndole la cola y colocándole las patas delanteras sobre su pecho y esta acción es la más luminosa del mundo, porque ella también baña de luz la colcha oscura de la vida rutinaria.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que son como fundas de almohada y mujeres que son un boleto para subir al vagón del metro.

miércoles, 10 de enero de 2018

CARTA A MARIANA, CON EL GRITO: ¡ÉTALEAY!




Querida Mariana: No sé cuándo fue la primera vez que oí esta palabra: “¡Étaleay!”, así, todo junto. No sé, tampoco, de dónde viene tal acepción. Entiendo que significa algo así como: Ahí mero, justo en ese lugar. Porque se lo escuché, por ejemplo, a Rocío cuando el médico le preguntó si ahí estaba concentrado el dolor y ella dijo: Étaleay, donde el médico había colocado las dos manos sobre su abdomen. También la escuché cuando, muchachitos traviesos y buscadores del misterio infinito, Romeo colocó su mano izquierda sobre la rajadita de Emilia y ella dijo: ¡Étaleay!, a la pregunta de si ahí sentía más sabrosito.
Étaleay, entonces, significa el lugar exacto. Sirve para definir el sitio preciso de alguna compostura (en caso de que alguien busque dónde está el lugar para abrir el celular); el sitio preciso del erotismo (en caso de que alguna pareja ande en los primeros escarceos amorosos); o el sitio preciso donde se acomoda el deseo. Luis siempre contaba sus experiencias sexuales, en grupos de amigos y amigas, y siempre alentaba a que nuestras compañeras de preparatoria dijeran la palabra. Cuando alguna chica lo decía, Luis cerraba los ojos y contaba que su pareja la decía cuando él acercaba su mano en el sitio preciso.
La palabra es bonita. Dudo cómo se escribe. Tal vez el ay final no es de dolor, sino debe ser una contracción de ahí para indicar un lugar, pero luego pienso como Luis y digo que tal vez sí es ay de dolor, de un dolor tenue, casi agua, que se dice en el instante que la pareja logra tocar el punto exacto de la pasión (el punto G, dirán los entendidos). Entiendo la obsesión de Luis en este juego de lenguaje, de lengua (porque la lengua es el órgano que, como aventurero, busca el lugar preciso, el que, como decía el poeta de la cuadra, “ilumina la cicatriz de la noche”.
En ese tiempo de adolescencia, Rosaura también jugaba, decía, en mero comiteco: “Fiero mi modo, pero chula mi cara”, para decir que (como era) tenía un carácter de los mil demonios, pero (como era) tenía un rostro bellísimo, casi como si su carita fuera uno de esos rostros que los grandes pintores del renacimiento les ponían a las madonas. Rosaura lo decía siempre y cuando no estuviera Luis porque éste, la primera vez que Rosaura jugó, la remedó de la siguiente manera: “Fiero su modo, chula su cara y sabroso su culo”. Todos rieron al tiempo que la cara (chula) de Rosaura se puso tan colorada como si fuera un cielo a la hora en que el sol se oculta.
A final de cuentas, a Luis le terminamos diciendo “El étaleay”. Él se enojaba porque la palabra perdió su misterio, ya que cuando él la pronunciaba lo hacía cerrando los ojos. Rosaura decía que casi casi se erotizaba y que era un depravado. Los demás reíamos. Claro, desde entonces, pienso que todos los del grupo cuando escuchábamos la palabra, de inmediato pensábamos en una escena donde una pareja jugaba juegos de cama y cuando el muchacho acariciaba a la chica, ella, en un momento prodigioso, decía (en buen comiteco): “¡Étaleay!”, lo que significaba que el muchacho había dado en el clavo, que ahí debía seguir acariciando, bien con el dedo o con la lengua. Porque, habrá que reconocerlo, los hombres no saben el punto exacto donde las muchachas sienten bonito. Sólo los amantes expertos poseen tal conocimiento y debe ser porque, después de muchos intentos, lograron determinar el sitio preciso, el lugar donde las comitecas pueden (deberían) decir: ¡Étaleay! La palabra étaleay es como el metrónomo para el músico, como el teodolito para el ingeniero, como la brújula para el expedicionario.
Posdata: “¿Acá?” “¡Étaleay!” “¡Étale hay!” “Ahí mero, sí, sí, ahí. ¡Oh, mi Dios! Qué rico.”

lunes, 8 de enero de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN MUNDO LEJOS DE ARANA




Querida Mariana: Te cuento que en los años noventa participé en un programa de radio que coordinaban Rafael Aguilar, Rafa Araujo, David Tovilla, Débora Iturbe, entre otros entusiastas promotores culturales. El programa se trasmitía una vez a la semana, en horario nocturno, en Radio Lagarto-IMER, de Chiapa de Corzo. En ese tiempo estudiaba en la UNACH y me trasladaba de Tuxtla a Chiapa, en un vochito color crema, obsequio de mi papá, para cumplir con el compromiso radiofónico. Mi participación consistía en la lectura de textos de una serie que escribía de manera especial para el programa y que denominé “Arana”. Todos los textos comenzaban así: “Yo vivo en un mundo llamado Arana…”. Los textos bordeaban la orilla de lo erótico en un mundo fantástico. Una tarde, estaba en una cafetería con compañeros de la universidad cuando una muchacha que no conocía al enterarse que yo era yo me dijo: “Me encantan tus historias. Siempre las espero”. Eso fue muy satisfactorio. Cuando menos, pensé, a alguien le gustan mis historias radiofónicas y supe que valía la pena viajar de noche y gastar la gasolina (en tiempos que la paga era tan escasa como ahora).
El tiempo pasó. Un día (yo radicaba en Puebla), Rafa Araujo me llamó por teléfono. Dijo que Débora había sido designada como Directora del Sistema de Radio y Televisión de Chiapas y él era el Director de Radio Chiapas, era peso pesado en los medios de comunicación. Me dio gusto enterarme y lo felicité. Él me invitó a que colaborara. Acepté. Debo aclarar que en ninguno de los dos casos mencionados recibí paga, ni un solo centavo. Era el gusto de compartir con la audiencia, era una manera de apuntalar proyectos culturales a favor de la sociedad chiapaneca. Cada miércoles, un empleado del Sistema de Radio me llamaba y yo, por teléfono, leía mi colaboración para que la transmitieran en las estaciones del estado.
Hace como dos o tres años, una productora del programa “Andares”, del Sistema de Radio, Televisión y Cinematografía, llamó a la casa. Se presentó y dijo que ella había sido fiel escucha de los textos que leía en la radio, en tiempos de Araujo. Y me pidió si podía, ahora, colaborar con su programa. Dije que sí (sin paga de por medio, como siempre).
Ahora debía ir a la estación “Brisas de Montebello”, en La Trinitaria, para grabar mis participaciones. Ahora ya no fue en un vochito, sino en un tsurito. Una vez al mes, Lupita hacía favor de grabar mis colaboraciones, mismas que enviaba para que en Tuxtla les hicieran la producción y las emitieran en el programa “Andares”, que se transmitía en todas las estaciones de radio del estado.
Como siempre sucede, en ocasiones no trasmitían los textos. Entendía que el programa exigía la participación de otros colaboradores. No importaba. Yo, de manera responsable, gastaba mi gasolina y cumplía con mi compromiso. Pensaba: “Yo debo cumplir. Si se trasmite o no, ya no está en mis manos”. El programa significó un gran intento por acercar la cultura a la audiencia y eso, en un estado con tantas carencias, era muy relevante.
Todo esto, querida Mariana, para decir que ahora que vi, en redes sociales, el mensaje que leyó, de manera titubeante y atropellada, la nueva Directora del Sistema de Radio, Televisión y Cinematografía de Chiapas, tuve cierto escozor intelectual. ¿Debo seguir colaborando con la radio de Chiapas (¡radio pública!) cuando todo advierte que, a partir de este instante, en lugar de pensar en el bien de los ciudadanos, emplearán la radio para acuerpar un interés de grupo? Creo que, por dignidad, ya no debo hacerlo. ¡Ya no lo haré!
Cuando el editor de la sección de Cultura de El Heraldo de Chiapas comenzó a tijeretear mis textos decidí que era momento de retirarme. En ese momento dejé de enviar las Arenillas (que eran seguidas por dos o tres lectores de ese periódico), colaboraciones que enviaba sin recibir un solo centavo a cambio. Sabía que el periódico no necesitaba de mí, pero también, en un acto de dignidad, yo podía seguir caminando sin el periódico. Ahora pienso lo mismo. Quienes salen perdiendo son los dos o tres escuchas que, sin duda, disfrutaban las Aranas.
Continuaré compartiendo mis textos en las redes sociales y, sobre todo, en ARENILLA-Revista, la publicación bimestral, impresa, que llega a dos mil lectores y que, como siempre, tiene como objetivo apuntalar la auténtica identidad de nuestros pueblos y de aportar mi grano de arenilla para el desarrollo intelectual de los lectores.
Posdata: Es una pena que en la función pública no estén los mejores hombres y mujeres de Chiapas y, por el contrario, nombren a personas por el simple aval de la amistad y del compadrazgo. Es una pena que, en intento de hacer algo positivo por el estado, el creador Raymundo Zenteno intente, como candidato independiente, llegar a ocupar una curul en el Congreso Local (lugar que tiene un aire enrarecido que confunde y absorbe hasta al más íntegro). Y digo que es una pena porque Raymundo es un artista que ha hecho una labor importantísima para el desarrollo cultural de Chiapas, a través de la radio, con su programa “Radiombligo”. Si en Chiapas las autoridades amaran al estado ya habrían nombrado a Ray como Director del Sistema de Radio, Televisión y Cinematografía. Desde ahí, en un espacio que conoce y domina, seguiría sembrando espigas de aire puro.

sábado, 6 de enero de 2018

CARTA A MARIANA, CON UNA FLOR LLAMADA LOLITA ALBORES





Querida Mariana: Hoy pronunciaré el nombre de Comitán, lo haré como si enredara un hilo de luz en la orilla de tu cabello. Hoy hablaré de doña Lolita Albores, cronista de este pueblo. Lo haré, porque ella falleció el seis de enero de dos mil seis. Hoy, entonces, se cumple el décimo segundo aniversario de su muerte. Sí, ¡doce años ya! Doce años en que Comitán se quedó sin ese río transparente que era la risa de jolote blando de doña Lolita.
En México, el seis de enero es una fecha proverbial. Todo mundo celebra a los Reyes Magos que llegaron a adorar al niño Jesús. Todo mundo se reúne y parte la tradicional rosca. Incluso, en el centro del país es costumbre regalar juguetes a los niños. En ocasiones, el regalo es más generoso que el que deja el viejo Santa Clos en el árbol, la noche del veinticuatro de diciembre. Esto se entiende, porque el Santa no tiene ningún vínculo con la tradición cristiana; en cambio, el obsequio de los Reyes Magos tiene un lazo muy fuerte con la cristiandad.
El seis de enero de dos mil seis, los amigos y familiares de doña Lolita no celebraron a los Reyes Magos, se reunieron para despedirla, porque ese día ella dejó de ser y se dejó ser. Esto no es un simple juego de palabras, lo sabés, esto es como decir que ella abrió la ventana de la eternidad y, en lugar de recibir el aire, se volvió el aire. Este aire que ahora, once años después, sigue ventilando los cuartos de nuestra casa común.
¿Cuáles eran las virtudes de doña Lolita? Una de las principales virtudes era ser una auténtica comiteca. En tiempos en que la identidad ya comenzaba a estar en proceso de extravío ella nunca abandonó ese cordón, ese mushuc esencial.
Doña Lolita fue tan comiteca como el cielo azul, como la flor de tenocté, como el árbol de chío del parque central, como un callejón empedrado, como un balcón lleno de macetas, como un corredor con helechos.
Las nuevas generaciones ya no reconocen su legado. Por eso es importante que Comitán la conmemore.
Es simpático constatar que el ser humano en vida celebra su cumpleaños. Los festejos comitecos son exquisitos. En ocasiones, todavía, hay marimba y manteado y juncia en el patio. A veces, ya en estos tiempos, la marimba se cambia por un tecladista y la juncia y el manteado se cambian por los pisos bien lisos de un salón de fiestas. Lo que siempre está presente es el traguito y la buena comida, que, en nuestro pueblo, es proverbial. No faltan los platos con frijoles refritos y chile de Simojovel; no faltan las tostadas de manteca y el chile en vinagre; no faltan las tortillas recién salidas del comal y el chicharrón de hebra o la sangre de borrego con su cebollita, hierbabuena y trocitos de chile. No faltan, no pueden faltar, los platos con chanfaina y con olla podrida; no faltan las tortillas con asiento ni el chile al pastor. Ni tampoco hacen falta los dulces, como postre: los quiebramuelas, los cuchitos, los turuletes, los chimbos y los laurelitos. Por fortuna, los antojitos se han mantenido. Los comitecos han comprendido (¡en buena hora!) que la gastronomía es uno de los elementos fundamentales de la cultura y la han preservado, contra el viento de los productos chatarra y la marea de la comida rápida que el imperialismo insiste en meternos.
Digo, querida Mariana, que en vida los amigos y familiares hacen guateque para celebrar el cumpleaños del afecto. Cuando el afecto muere, la vida agrega la conmemoración del fallecimiento. Esto significa pues que el festejo inicial se desdobla, se reproduce, se clona. Comitán conmemora dos actos: el nacimiento y el fallecimiento de doña Lolita; es una manera de decir que cuando ella murió se volvió el aire que ya mencioné. Eso sucede con todas las personas. El otro día me contaste que cuando murió tu abuela se volvió una presencia constante en tu vida. Sí, mucho más que cuando estuvo viva. Los que quedamos en la Tierra veneramos a los fallecidos, para que su ausencia no nos haga vacíos en el alma.
El Museo de la Ciudad conmemoró el doceavo aniversario del fallecimiento de doña Lolita. Las autoridades del museo me invitaron. Leí un textillo que titulé: “Una nube llamada Lolita” y que ahora comparto contigo.

Cuando murió tío Chavo, doña Rosa nos decía que allá arriba, en el cielo oscuro, el tío nos estaba mirando. Cuando una noche Arturo miró el cielo y preguntó dónde mero es que estaba el tío viéndonos, doña Rosa se limpió las manos en su mandil, señaló con el dedo índice y dijo: En aquella estrella.
Cuento esto porque a mí me resulta difícil pensar que doña Lolita Albores esté viéndonos desde una estrella. Me resulta difícil porque ya en la escuela secundaria aprendí que las estrellas son soles y hay millones y millones en el universo, pero no alcanzamos a verlas todas, apenas una fracción. Debe ser horrible estar achicharrándose en una estrella que es un sol ardiente.
Cuando pienso en doña Lolita, igual que Arturo, miro el cielo, pero juego, porque ella (así la recuerdo) fue juguetona, juguetona con el lenguaje y con las orillas y con el centro de la vida. Veo el cielo y juego a que ella es una nube. Y entonces juego el juego que todos jugamos de niños: busco una forma a la nube.
Doña Lolita, no puede ser de otra manera, es una nube galana, iría contra su personalidad pensar que es una nube tilibrís, pishcul. Así me resulta más fácil verla, porque la veo de día, a la hora que el cielo comiteco se llena de nubes que, como garzas, vienen de la Ciénega (de allá por el rumbo de Las Margaritas) y vuelan con rumbo a la presa de La Angostura.
El juego resulta entretenido porque debo hallar a doña Lolita entre tantas nubes que se desplazan como barcos en altamar. Cuando encuentro una galana sé que ahí está doña Lolita y la veo como un enorme globo transparente, y a través de esa transparencia la veo a ella, botada de la risa, porque acaba de contar un chiste. La veo destrenzada, con su cabellera generosa cayendo sobre sus hombros, porque eso fue ella: una cascada de alegría para este pueblo.
Luis Armando Suárez, en su libro “Entretejas. Artículos periodísticos”, de reciente aparición, dice que Torres Bodet fue “el más grande secretario de educación, junto con Vasconcelos”. Doña Lolita podemos decir que fue la Torres Bodet de la crónica comiteca, porque fue la más grande. Y fue la más grande porque este acto así lo corrobora. Acá hay un bonche de amigos que la recuerdan con fidelidad y con emoción, después de doce años de fallecida.
En los años ochenta, un grupo de amigos (recuerdo a Raúl Espinosa, a Paco Flores, a Jorge Pinto y a doña Anita de Baca) le organizó un reconocimiento en el Teatro de la Ciudad (todavía en una de las paredes del teatro hay una placa que es testimonio de tal acto). Cuando doña Lolita se enteró del homenaje dijo que no entendía por qué era objeto de tal reconocimiento, si ella no era una persona culta. ¡Ay, doña Lolita! ¿Quién podía explicarle que ella tenía en la mano la cultura comiteca? ¿Cómo decirle que era una auténtica hija de este pueblo y que con su memoria prodigiosa había logrado preservar el carácter picaresco y sabroso de nuestra cultura? Porque ella siempre preservó lo mejor de nuestro lenguaje.
A veces, digo, me boto en el piso y miro el cielo y busco a doña Lolita entre tanta nube. Cuando la encuentro, como Arquímedes, digo ¡Eureka!, porque sé que ella va a llover sobre mi parcela, ella va a llover sobre Comitán, su Comitán. Porque sólo ella se atrevió a quitarle el Domínguez a Comitán, ella, en lugar de decir que vivía en Comitán de Domínguez, decía que vivía en Comitán de los Tomates, tomate una, tomate dos, tomate tres…
Si alguien ya vio la película “Coco”, producción norteamericana con el tema del día de muertos, sabe que el difunto sigue viviendo mientras exista una fotografía suya en el altar que colocan los vivos. Cuando nadie coloca la fotografía del difunto, el muerto muere en el territorio de la muerte. El mensaje es que para que los muertos sigan vivos en el más allá, los vivos del más acá deben colocar fotografías de ellos en los altares; es decir, mientras los comitecos miremos el cielo y busquemos una nube galana y la encontremos y, como chiquitíos, juguemos a hallarle parecido, doña Lolita seguirá viviendo, regando con su agua limpia estas tierras benditas.
¡Que viva doña Lolita! ¡Aplauso en su memoria!

Posdata: ¡Que viva Comitán!