viernes, 27 de julio de 2012


POR LAS QUE CRECIERON EN SUIZA

A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como relojes de mano y mujeres que son como reloj de pared.
La mujer reloj de mano es al brazo lo mismo que la almohada a la cabeza; es al día lo mismo que el hielo al vaso. Sus amados dicen que los encadena, pero no pueden vivir sin ella.
Las hay quienes tienen el extensible de piel y las que lo tienen de metal. Los que saben sugieren que nunca, nunca, el novato se acerque a la de extensible metálico, tiene una propensión a que el metal sea oro.
Le gusta tener bebidas alcohólicas y barbitúricos sobre la mesa de noche a fin de engañar al tiempo. Cuando despierta se queda algunos minutos más sobre la cama, le gusta imaginar que las manos de su amado son como hormiguitas que suben sobre su muslo y se convierten en espeleólogos que bajan en cada caverna de los encajes de la pantaleta.
Acude a bares donde tocan músicos expertos en banjo y en saxofón. Cuando sube escaleras no agarra el pasamano, porque sabe que ahí están concentrados los sudores de las manos de los otros. Las videntes saben que si la línea de vida es larga se consume poco a poco en los sudores que los hombres van dejando en los pasamanos, en los carros del supermercado, en cada caricia que otorgan a la mujer equivocada. Esto lo sabe la mujer reloj de mano, por esto prefiere ser reloj antiguo, de esos que era necesario echarle cuerda cada mañana para que “caminaran”.
Posee un don que les es otorgado a pocos en el mundo. Ella puede detener el tiempo por un instante, como si fuese una cámara fotográfica. Cuando el amado está sobre ella, cuando el agua de su cuerpo lava el deseo del amado, ella es capaz de abrir la puerta que conecta con otra dimensión. Por esto es una mujer deseada, buscada con ahínco; por esto ella se sabe prodigiosa y no se da con cualquiera.
Camina como si el tiempo fuese un nudo de corbata, como si la calle fuese una sombra detrás de una cortina de dril; ama como si el reflejo fuese un simple hueco en la pared del aire, como si el bosque fuese los brazos imaginados de la Venus de Milo; besa como si el labio fuese una enredadera sobre el muro del desasosiego, como si la cama fuese el sonido de una trompeta en madrugada.
La mujer reloj de mano tiene predilección por las vitrinas. A veces, dentro de una de éstas, juega a que es pez, a que es un filamento en medio de un foco. Cuando ama se mueve como si sus caderas fuesen una espiga sometida al brillo de la luna, como si su entrepierna fuese la vaina húmeda para el ave que juega rayuela en el viento.
Su rostro siempre tiene la caricia de la nostalgia, la pátina que toma el cielo a la hora que un hombre sale al balcón y mira la calle donde caminan las adolescentes después de clases.
Cuando se sienta en la mesa de un restaurante busca el puente que lo lleve a la mirada del hombre, lo busca como si fuese una ola, como si fuese el ala del tiempo.
Sueña, sueña que asciende por el camino de luz que baja del reflector que ilumina el escenario; y cuando sueña este sueño siempre sueña que un niño pregunta: “¿por qué el rayo de luz no tiene boleto de regreso?”. Cuando despierta ella dice que los hombres saben dónde brota la luz, pero nunca sabe adónde se apaga. ¿Cuál es el lugar donde mueren todos los hilos de luz que despegan del nido esencial?
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como un asiento circular forrado con cuero y mujeres que son como asientos traseros de automóviles antiguos.