sábado, 30 de noviembre de 2013

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL SONIDO FORMA ECO





Querida Mariana: ¿quiénes definen mejor a Comitán? ¿Los nativos o los viajeros? Los extraños hacen una lectura especial. Los visitantes poseen el asombro en la mirada. Los comitecos, quienes caminan sus calles día a día, llevan puesto el suéter de la costumbre. Este peso hace que todo lo vean cotidiano, que todo sea como el pan duro sobre la mesa.
Esto es un fenómeno mundial. Vos y yo hemos platicado que quienes viven en París no ven a su ciudad con el mismo asombro con que sí la ven los visitantes. Yo tengo amigos que desearon, por años, conocer París. Me cuentan que cuando el avión comenzó a inclinarse tantito sobre la ciudad para enfilarse con rumbo a la pista del aeropuerto Charles de Gaulle, ellos se pegaron a la ventanilla y comenzaron a beber esos cielos y esos techos y esas calles como si la vida se les fuera en ello. Durante los diez días que estuvieron en París se paraban a las siete de la mañana y comenzaban a recorrer sus calles y sus edificios emblemáticos. Fueron tres veces al Louvre y duraron horas y horas adentro de sus salas, viendo con atención algunos de los cuadros que siempre habían admirado en los libros. Fueron dos veces al cementerio de Montparnasse y recorrieron las tumbas de los famosos que ahí están enterrados. Tomaron un café al lado de la tumba de Julio Cortázar y de Carol Dunlop y leyeron algunos fragmentos de “Rayuela” y de “Los autonautas de la cosmopista”. Rodrigo me platicó que caminaron por los senderos delimitados por árboles secos, en una mañana fría, hasta llegar a la tumba donde reposan los restos de los hijos de Carlos Fuentes. Lo hicieron porque llamaba su atención que los nombres del escritor y el de su esposa ya están escritos en la lápida, con las fechas de los años de sus nacimientos. Sólo estaban vacíos los espacios para el año de la muerte. Rodrigo dijo que eso lo impactó, primero por la pretensión soberbia de Carlos de ser enterrado en Francia y no en México (años después se cumplió el destino, porque Carlos ya murió y sus restos descansan en Montparnasse) y, segundo, porque esos espacios en la lápida son un recordatorio de lo que cada uno de nosotros lleva en la frente. Todo mundo sabe el año de su nacimiento, pero ignora el año de su muerte, no obstante, todos llevamos el espacio para llenarlo. Nadie puede evitarlo.
¿Cuántos comitecos acuden al panteón de Comitán, para visitarlo? ¡Pocos! La mayoría acude en Día de Muertos para ponerle juncia a las tumbas de sus parientes muertos, para echar traguito, para cantarles canciones y para ponerles una vela que los guíe en su regreso temporal a comer sus guisos favoritos. No obstante el otro día me topé con dos turistas que realizaban una visita especial, todo lo veían con gran asombro, admirando el arte funerario de sus tumbas. Un grupo de amigos está elaborando un plano donde consignarán los principales monumentos funerarios y las tumbas donde reposan los restos de algunos personajes famosos. Será una guía valiosa para el reconocimiento de nuestra identidad. Tal vez esto nos ayude a los comitecos a colocar en nuestra mirada la luz del asombro en nuestra propia tierra.
Francisco Domínguez, un comiteco que radica en San Luis Potosí, tuvo la genial idea de abrir un espacio en facebook que se llama: “Imágenes históricas, leyendas y personajes de Comitán”. Invitó a los comitecos integrantes de la comunidad “feisbuquera” a compartir fotografías antiguas de Comitán. Los cositías cibernéticos, ni tardos ni perezosos, recibieron la invitación con agrado y suben fotografías maravillosas que, sin duda, contribuirán a formar el rompecabezas de nuestra identidad.
A los nativos les hace falta la perspectiva que otorga la distancia. Mis amigos visitantes de París mamaron cada piedra, cada nube y cada línea de la ciudad, porque sabían que su estancia sería breve y debían aprovechar cada instante. Los nativos pasean sus ciudades como si fuesen, como ellas, ¡eternos! Ah, qué difícil entender que la vida es un instante y que, como dijera uno de los Beatles, la vida es eso que pasa al lado cuando nosotros nos afanamos en buscar otros chunches sin sustancia.
Quienes viven en Comitán tienen la gran oportunidad de ser turistas en su propio pueblo. Es difícil, pero el nativo debe hallar momentos para evitar la rutina y caminar por las calles como si fuese la primera vez en un territorio desconocido. A final de cuentas esa nueva mirada es la que otorga la diferencia. El otro día, el periodista Carlos Rojas subió una fotografía al facebook donde aparece un buzón antiguo empotrado en la fachada de una casa. Ese buzón es como un recordatorio de que en el detalle nimio está lo importante. Estoy seguro de que dos o tres turistas se sorprendieron ante la visión de tal descubrimiento. ¿Cuántos comitecos hemos descubierto esos chunches maravillosos que están en las fachadas, en los patios, en los jardines y en los sitios de nuestro pueblo? ¡Pocos! Las prisas para llegar a la escuela o al trabajo o la inercia de la costumbre nos obligan a no observar los detalles que hacen único a Comitán.
Como bien sabés, Juan Manuel González Tovar falleció en días pasados. Muchísima gente de Comitán lamentó el suceso, porque él se hizo querer por mucha gente, ya que, durante muchos años, fue conductor de programas y noticiarios de radio. Él, un día (¿quién sabe hace cuántos años?), llegó a Comitán, desde el estado de Hidalgo, y adoptó esta tierra como propia. Su ausencia física hizo que reflexionara en esos hombres que llegan de otras partes y se integran al paisaje cotidiano de nuestro pueblo. Juan Manuel llegó e hizo una lectura propia de nuestro pueblo y nuestro pueblo admitió esa lectura como si fuese una lectura propia. A veces es necesario que el “otro” muestre lo obvio, lo que para nosotros está lleno de niebla, no por la niebla en sí, sino por el fastidio del polvo. Juan Manuel nació un 31 de diciembre y el mito dice que el día de su cumpleaños desaparecía, contra su costumbre, ya que era muy sociable y le encantaba el guateque. Tomaba su auto e iba a Los Lagos de Montebello, sin más compañía que el rugido del Puma, que era su nahual. Eso dice el mito y yo lo creí, a pie juntillas. Porque los pumas no son gregarios, por lo regular andan en manadas pequeñas o andan solos. Cuando menos, el otro mito de nuestra historia comiteca dice que los españoles hallaron a un puma bebiendo del manantial por el barrio de La Pila. Era uno, uno nos muestra la escultura de Luis Aguilar que existe en el parque de La Pila, no era una “catazumba” de pumas. Entonces admiré a Juan Manuel. Se me hizo maravillosa la historia de un hombre que para celebrar su nacimiento se interna en el bosque en busca de esos espíritus que en culturas nórdicas llaman gnomos o duendes y acá los llamamos, ¡ay, Dios mío!, ¿cómo los llamamos? ¡Duendes también! Qué jodidos estamos en cuestión de lenguaje, nos apropiamos de lo primero que nos ponen enfrente. Pero, luego, alguien me dijo que eso era, en verdad, ¡un mito!; es decir, era falso. No hombre, me dijo, el Puma hacía un pachangón el día de su cumpleaños, llegaban decenas de amigos, con guitarras, güiros, zampoñas, cuatros y se ponían a cantar, a comer, a beber, a bailar, ¡a disfrutar la vida! Y entonces reculé y di paso a la nueva versión. Claro, era imposible que un hombre de tantos afectos se resistiera al afecto. Los hombres, por lo regular, se resisten a vivir en soledad. Y por ello vivimos en ciudades y viajamos a otras, sólo para comprobar que allá también es lo mismo. La vida será diferente el día que alguien descubra que existe una forma de convivir en sociedad que no sea en sociedad. Esto que parece una bobera puede ser una de las claves de porqué las civilizaciones fuera de nuestro Sistema Solar han llegado a estadios diferentes a los terrícolas.
Nuestra condición humana nos marca con una fecha de nacimiento (que todo mundo sabe) y una fecha de muerte (que todo mundo ignora). Cuando el ciclo se cumple, el espacio vacío puede llenarse, y, como en el caso de Carlos Fuentes, llamar a un tallador y cincelar la fecha en una lápida del panteón de Montparnasse; pero también puede suceder (y esto representa una mayor humildad) que esa fecha no queda grabada en ninguna tumba, porque, como en el caso de Juan Manuel, sus cenizas serán esparcidas en medio del bosque o en la superficie del agua, donde todo volverá a reintegrarse a su condición original. Es más saludable, para el universo, que el despojo se integre al aire y al viento a que quede enterrado y se consuma adentro de un cajón. Los hindús son más sabios, colocan a su muerto sobre una tarima maravillosa de troncos de madera y le prenden fuego (si es junto al Ganges, mejor). El despojo humano se reintegra al flujo infinito del Universo y todo es más sencillo. ¿En dónde está Ghandi Paramjit, oriundo de Benares? ¡En el universo! Su nombre (polvo al fin de vanidad) ya no está más que en el corazón y en el pensamiento de sus más cercanos. ¡Caso contrario al de Carlitos Fuentes! Medio mundo que llega al cementerio de París lo ve y se admira. Era lo que deseaba Carlos, estar en el mismo lugar donde está Cortázar, Carol, Porfirio Díaz, Sartre, Simone de Beauvoir y demás franchutes maravillosos.
Cuando Juan Manuel llegó a Comitán por primera vez vio a nuestra ciudad con los ojos del extranjero, del que halla prodigios en todas las esquinas. Lily -su hija- cuenta que llegó porque acá andaban dos de sus hermanos. Juan Manuel decidió quedarse en esta tierra, la adoptó y (creo yo) nunca perdió esa capacidad de asombro ante lo novedoso, a pesar ya de la rutina de la costumbre.
Algo perdí cuando me dijeron que eso de celebrar su cumpleaños en soledad y en los Lagos de Montebello ¡era un mito! Me hubiese gustado que fuese verdad. Porque era una manera de recordarnos que miles de visitantes de todo el mundo vienen a visitar esa zona de manera exclusiva. Esos compas extranjeros deben quedar con la boca abierta cuando ven una orquídea trepada como araña en un árbol; deben lanzar exclamaciones en lenguas extrañas cuando tocan un árbol “tocado” con la gracia del pashte. ¿Cada qué tiempo los comitecos visitan la zona? Lo tenemos a la vuelta de la esquina y no lo apreciamos. Tan es así que ahora medio mundo (es una exageración) anda preocupadísimo porque los Lagos están súper contaminados y uno de ellos, cuando menos, ya perdió su coloración original, el color que los hizo tan famosos. Pasamos de noche. ¡Es la fuerza de la costumbre! Los amantes comienzan a reconocer sus territorios con la misma novedad con que el visitante recorre cada calle y cada pasaje de París. Poco a poco la fiebre de la rutina se apodera de sus cuerpos y terminan como terminan. Ah, con qué emoción veo a las parejas de muchachos bonitos que andan en la etapa del escarceo, con qué tristeza los veo meses después. Las parejas cumplen ciclos y luego, como si fuesen árboles viejos, la plaga de la rutina se apodera de ellas y los consume lento, lento. No hay fuego más avasallador que la rutina. La rutina es la brasa que deshace el sol y pone la venda del hielo en el corazón.

Posdata: mi carta la inicié con una pregunta. Los comitecos tenemos la ventaja de saber qué es un pan compuesto y qué es un chinculgüaj, pero el visitante tiene la gran ventaja de mirar con ojos novedosos. A veces he visto a comitecos que se “atascan” con un hueso de tío Jul, los veo de lejos, en las mesas de restaurantes y, mientras platican y se carcajean, quitan un poco de carne del hueso y con un pedazo de tostada y picles se lo llevan a la boca sin ese ritual que hace la diferencia. La vida tendría que ser el instante en que nos paramos frente a un árbol con musgo y vemos cómo la orquídea se abre como se abren los brazos del mar al sol. La vida tendría que ser la permanente mirada del visitante, la prodigiosa mirada del que está en viaje permanente. Algunos dicen que somos viajeros de las estrellas. Parece que nos hemos olvidado. Te invito, mi niña bonita, a que ahora mismo dejés la lectura y mirés a tu alrededor y mirés la bendición de vivir en este pueblo. Te invito a que, ahora mismo, me pensés y cuando, en la tarde, nos miremos en nuestra banca del parque, me mirés con ojos nuevos, como si yo fuese un río nunca visto y vos fueses una barca que boga mi cuerpo por primera vez. ¡Bebamos la vida, hasta en tanto se completa el vacío con la otra fecha!

viernes, 29 de noviembre de 2013

POR LOS TERRITORIOS IGNORADOS





A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en mujeres que son como manchas de tigre y mujeres que son como letras sin delinear.
La mujer letra sin delinear es nieta de la niebla y del bejuco. Por ello sus contornos son indefinidos, como indefinidas la transparencia del agua y la rigidez del grito.
Ella viene de los tiempos de Gutenberg, de los tiempos en que los abuelos marcaban los códices con el tizne de sus barbas. Sus amados son felices porque siempre tratan de hallar el contorno de la d del deseo y de la a de la ausencia. Ella se abre al dedo como se abre la raíz a la tierra; se deleita en los atardeceres, como la nostalgia se confunde en la luz y en la sombra.
Cuando camina le gusta hacerlo en el campo, en medio de árboles que sueltan las hojas secas, con el mismo desenfado con que el café suelta el aroma o con la sutileza con que el musgo se encarama a la piedra. Ella es musgo, es piedra, mujer cuyo mensaje está oculto en la sonrisa de una nube.
Su casa es la misma casa donde habita la tinta y el sello; su entorno es el mismo donde la piedra juega a que forma líneas.
¿Cómo identificar a una mujer letra sin delinear? Basta invitarla a tomar un café, tomarla del brazo, apartarle la silla y, una vez que el mesero camina con rumbo a la cocina, pedirle que pinte una línea en la servilleta. Si la línea se expande en una mancha de ojo cerrado o de jade, es posible que la mujer sea una emergente pirata, pero si la misma mujer pinta la línea en la servilleta y la línea se abre como un labio de agua o como un reflejo de lago en madrugada ¡sí es auténtica!
También es posible descubrir su originalidad en la forma que adopta el sueño. Si ella se acuesta como se acuesta un conjunto de pirámides a mitad de la selva o ella abre los brazos con la misma intensidad con que el color de los murales se vuelve rama o árbol ¡es auténtica!
La mujer letra sin delinear es una mujer de valía, porque es como un camino que siempre está por recorrerse. La luz de su vientre es como una advertencia para el viajero, como un presagio para iniciar el vuelo. Algunos despistados pueden confundirse y creer que su cuerpo es un campo sin límites o un cielo sin fronteras. ¡Falso! Su territorio es como esas nubes que pintaba Dalí donde el círculo es una alegoría al viento.
¿Cómo se conquista una mujer letra sin delinear? ¿Con la palabra o con el encanto de la imagen? Los expertos sugieren que el amado sea cauteloso, que derrame un poco de sombra a la hora que su río se pierde en el follaje del mar.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en mujeres que son como lámparas que arden a mitad del día y mujeres que se revientan como cuerda de guitarra.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

DON CARLOS





Si no fuese por el fondo, cualquiera diría que esta fotografía corresponde a un hombre que carga un arenque, en un fiordo cercano a la Antártida. Pero ¡no!, la foto corresponde a don Carlos, don Carlos de la Vega Urbina. El apellido materno pareciera corresponder a una ascendencia coleta, el apellido paterno a un árbol comiteco. Cuando platico con él me atrevo a preguntarle si don Jorge de la Vega (el que fue gobernador de Chiapas) es su pariente. Dice que sí, pero lo dice con un tono de caída de palito chino. Como si en su respuesta me indicara que también entre parientes hay niveles. Porque don Carlos nunca ha estado, ni por asomo, cerca de las alfombras rojas donde el pie de don Jorge ha pisado. Don Carlos carga, en esta foto, una bolsa con vasos desechables, tal vez lleva también cucharas de plástico y servilletas. Desde hace tiempo su oficio ha sido éste, ir de compras al súper y luego sentarse en una banca del parque central, desde donde mira cómo la llovizna se desgaja y forma espejos en el piso. Hace años tuvo otro oficio. David Esponda, quien es el Director del Archivo Municipal, me dijo un día que don Carlos trabajó en la fábrica de gaseosas “La Brisa Chiapaneca”. El otro día, curioseando en el facebook me topé con un textillo de Marisa Siliceo, quien cuenta que el fundador de esa fábrica fue don Carmelino Soto y ahí se elaboraban las “famosas gaseosas de color verde, rojo y amarillo”. Tal vez la fábrica la heredó el hijo, don Jorge, porque don Carlos de la Vega cuenta que él trabajó con don Jorge, como repartidor. Trece años trabajó en la fábrica de gaseosas. Su trabajo era caminar por medio Comitán llevando un burrito repartidor. Don Carlos cuenta que, a las ocho de la mañana, cargaba la caja sobre el lomo del burro. La caja de madera era un chunche diseñado para recibir una carga de 16 docenas de gaseositas. Era un dispositivo especial con celdas donde se colocaban las botellas, una retícula exacta. Quienes vivieron esos tiempos recuerdan con precisión el sonido que el burrito hacía al trotar por las calles empedradas de Comitán, el sonido de los cascos del burro y de los “cascos” de las botellas al chocar contra las divisiones de madera. El sonido, cuentan, era más fuerte y más guapachoso a la hora que don Carlos regresaba con las botellas vacías, para recargar el producto y volver a salir a dejar las gaseositas en los tendajones de La Pila y del Cedro, que era la ruta que le correspondía.
Don Carlos tiene setenta y cuatro años ahora y su oficio es ayudar a su esposa, quien vende arroz con leche, en la esquina donde está el templo de Santo Domingo. Ahora su trabajo es más fácil. La venta de arroz con leche es un éxito. La venta inicia a las cinco de la mañana, y a las diez ya terminaron todo. Para los comitecos que se levantan temprano, bien porque tienen que ir a la escuela, al trabajo o porque se pusieron de acuerdo para ir de día de campo o para ir a jugar básquetbol, es un ritual que los alienta: tomar arroz con leche acompañado con un pan.
Marisa Siliceo completa su crónica diciendo que: “en el año de 1924 llegó a Comitán el primer automóvil, un Ford modelo “T”, el chofer: Mario Maza, y el propietario: don Carmelino Soto”. ¡Lo dicho! ¡Hay clases! Mientras el propietario de la fábrica de gaseosas “jalaba” un auto con quién sabe cuántos caballos de fuerza, don Carlos jalaba un burro a la fuerza.

lunes, 25 de noviembre de 2013

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE EL MUNDO ESTÁ AL REVÉS





Por lo regular, el "Reglamento de Uso de Mesas y Derivados" indica que las mesas deben estar paradas sobre las cuatro patas y sus superficies deben usarse para colocar la comida, las bebidas o para jugar los tradicionales juegos que en su nombre llevan la esencia: juegos de mesa. A veces (nunca falta) algún despistado o urgido usa la mesa para hacer travesuras sexuales con su amada, pero esto altera un poco el artículo catorce del apartado B, que a la letra indica: “las mesas se emplearán sólo para el objeto que fueron creadas”, y la verdad es que jamás se dijo que la mesa sirva para que una muchacha bonita abra las piernas sobre su superficie y reciba a su amado. Pero, en fin, ya sabemos que las personas son dadas a cambiar vocaciones a los chunches y no es raro hallar a alguien que usa las ventanas para cubrirlas con plásticos de color negro, cuando la vocación de una ventana es dejar que el aire y la luz pasen por en medio de ella como pasan las risas de los niños a través de los pasillos.
Es raro hallar mesas con las “patas para arriba”. Porque esto indica que la mesa no está siendo empleada para su fin supremo. La mesa que aparece en esta foto está en una posición equivocada. Pareciera, más que mesa, una muchacha dispuesta al rejuego del amor y por esto permanece con las patas abiertas viendo al cielo. Tan no es su posición correcta que se advierte que el triplay tiene el lado “malo”, el “shubic” así lo señala. La cara fina está colocada en la superficie que sirve para colocar los libros y los cuadernos a la hora de hacer la tarea.
Por su rareza, esta fotografía se convierte en una foto insólita pues deja ver lo que sucede en el envés de la superficie. Se logra ver el esqueleto que permite que la mesa sea tal. Dos travesaños permiten el prodigio de que la superficie sea una superficie plana y que los niños puedan jugar carritos o imaginar que el tablero es un mar donde los barquitos de papel juegan sobre olas.
La mesa casi está intocada, tal como se mandó a construir hace años. El único elemento agregado es la serie de chicles que ahí están pegados. No existe un solo hombre, desde la aparición del chicle, que no haya pegado un chicle debajo de la mesa. Hay algunos, incluso, que lo dejan por un ratito, mientras el director los reprende por no cumplir con la tarea. Lo dejan por un ratito, porque en cuanto el director sale del salón, el alumno baja la mano de nuevo, despega el chicle y vuelve a llevárselo a la boca.
Existe una teoría de que cuando un chicle de éstos recibe un manotazo de aire vuelve a tomar vida y hace bombas, como si fuese un chicle motita. Esta teoría aún no se ha demostrado. Cuando menos los chicles de esta fotografía permanecieron estáticos durante el tiempo de la exposición. Las personas pasaban al lado de ellos y no sentían ni siquiera el aroma de frambuesa que algunos chicles tienen. Asimismo existe la creencia de que si alguien mete la mano debajo de la mesa y raspa un chicle seco y se lo lleva a la boca se puede enamorar de la muchacha que ahí lo dejó pegado hace tiempo atrás. El peligro es que el chicle haya sido pegado por un hombre y otro hombre lo despegue y lo mastique. Pareciera que esta creencia es la mejor demostración de porqué un hombre de pronto siente una atracción irresistible por otro que nunca ha visto en su vida, pero es una mera creencia que no tiene alguna base científica comprobable.

domingo, 24 de noviembre de 2013

IMAGINÁ QUE TE LLAMÁS ABISMO





Imaginá que te llamás abismo, que sos abismo, que perseverás en tu vocación de vacío. ¿Con qué llena el abismo su cicatriz eterna?
Imaginá que el agua de la luna es una mera hipótesis de vida y que la tierra de la Tierra es un mero pretexto para que las arterias se mantengan tibias.
Imaginá que la gente de una orilla siempre cree que la felicidad está en la orilla ajena. Pero como vos te interponés todo es una utopía.
Imaginá que, en las tardes, la gente de una orilla se sienta a contemplar la otra orilla y que la gente de ésta hace lo mismo que sus vecinos. Imaginá que siempre hay como un viento de nostalgia y de deseo, como una corriente donde se precipita la frustración. Nunca estamos a gusto con lo que tenemos. Por esto, vos serás la diferencia, vos te sentirás orgulloso de tu madrugada donde se enreda el vértigo y la incertidumbre.
Imaginá que tus límites no son los bordes del abismo sino la alegoría de la incandescencia. Porque si alzás la vista siempre hallarás otro abismo, sólo que éste siempre está lleno de luz y de misterio. ¿Hasta dónde alcanza el infinito?
Imaginá que sos primo hermano de la cárcel y del ataúd. Imaginá que el miedo no es más que una sombra jugando a las escondidas y que los picos blancos de las garzas son los pañuelos con que se despide la incertidumbre.
No dejés el socavón para la tarde, ni abandonés el conjuro para la madrugada. Convertí la amenaza en esperanza y la sangre en el rezo para la tarde.
Imaginá que sos abismo. Que tu grito es la advertencia de la catástrofe y que la aureola siempre corona el tañido de la campana.
Imaginá que tu cuerpo está lleno de aire y más aire y que sólo las aves son como el punto seguido de tu conversación con Dios. Imaginalo, puede ser que en cualquier instante, el destino te conceda la gracia del aljibe y del pozo.

sábado, 23 de noviembre de 2013

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL CIELO NO ES AZUL





Querida Mariana: en géneros se rompen gustos. A mí, el género musical grupero rompió con mi gusto de subir a las combis. Una vez, un conductor, con barba de chayote tieso, me martirizó con su música estridente y nefasta, durante un viaje de Comitán a San Cristóbal. Fue tal el martirio, casi tan insultante como el que reciben los condenados en los infiernos de Dante, que juré nunca volver a subir a una combi, a menos que el chofer me garantizara, por escrito y firmado ante notario, que no escucharía música de los Ángeles Azules o de Paquita la del Barrio o de Arjona.
El tormento musical a que fui sometido fue como si una caterva de diablitos, panzones, hinchados, con olor a cebolla y agua de albañal, se trepara a mis hombros y, con tridentes, picara el yunque y martillo de mis oídos.
Ahora entiendo que hay gustos para todos los géneros musicales. Ahí están los choferes de los colectivos, quienes, a todo lo que da el volumen, se mueven como ositos al ritmo de lo que tocan los Tigres del Norte. Ahí está mi tío Emilio quien, sentado al lado del balcón, con una frazada cubriendo sus piernas, y viendo hacia la calle, escucha todas las mañanas, de diez a doce, los conciertos de música clásica dirigidos por Von Karajan, un réquiem de Mozart, por ejemplo.
Entiendo que hay chavos metaleros, rockeros, poperos, salseros y demás eros, y a todos lo tolero y a todos los respeto, porque entiendo que cada uno es libre de elegir el género musical de su preferencia. Pero, a quienes no soporto por intolerantes son los ¡culeros! Los culeros son aquéllos que te hacen escuchar la música que a ellos les gusta, sin pedir permiso. ¡Ah!, me gustaría meter en un cuarto sin ventanas al chofer que me martirizó en ese viaje de San Cristóbal a Comitán y ponerle, durante dos horas, un concierto con música clásica. ¿Qué pensaría?
¿Por qué la gente no es respetuosa del espacio de los demás? Ahí tenés a los fumadores que contaminan los pulmones de quienes están a su alrededor. ¿Con qué derecho? Yo, lo sabés, fumé cientos y cientos de cigarros y no tuve conciencia de esto que ahora critico. Ahora veo que fui un desconsiderado. Tenía un afecto que siempre andaba de arriba para abajo conmigo, siempre andábamos encuachados, leyendo a Cortázar y a la Poniatowska (quien acaba de recibir el Premio Cervantes, el premio literario más prestigioso de la lengua española). Leíamos mucho. Cuando estábamos en mi oficina yo fumaba y fumaba. Ella se tragaba todo el humo. Luego, con una sonrisa de pajarito travieso, decía que cuando llegaba a su casa y se quitaba el suéter, éste era como una nube llena de smog. Sus papás la acusaban y le decían que no permitirían que ella se volviera una viciosa. Ella juraba y perjuraba que no fumaba. La olían y su mamá decía: “¿Y esto qué es? ¿La nueva fragancia de Chanel?”.
De igual manera vos sabés que bebí mi traguito muy sabroso y que de vez en vez me pasaba de copas y me embolaba (¿mirás con qué cariño me trato?). Cuando estaba bolo fui un gran impertinente. Me encantaba ir a molestar a quienes estaban tranquilos en una banca del parque, platicando. Hasta ahí llegaba con mi impertinencia. Recuerdo (con cierta pena) que me encantaba ir al restaurante Nevelandia, pedir dos cubas de una vez, tomar un trago de una y luego otro de la otra. Lo hacía (ya dentro de mi bolera) como competencia. Siempre, no sé porqué prodigio, en la carrera ¡perdía la cuba que había probado primero! Cuando ya estaba bolo, me paraba y recitaba en voz alta, casi a gritos, un fragmento de “A caballo,Tarumba”, de Sabines. Casi al final, con los brazos en alto, veía al cielo y decía: “…a caballo, Tarumba, hasta el vertedero del sol”. Y cuando pronunciaba la palabra sol tomaba un puño de servilletas y las aventaba, como si aventara palomas. Quienes estaban en las mesas vecinas tenían reacciones diversas, algunos lo tomaban por el lado amable y reían, como si dijesen: “déjenlo, es un pobre bolito”; otros se enojaban y reclamaban silencio, pedían al mesero que me obligara a sentarme o me echara del local. Pero, el mesero nunca hizo ni lo uno ni lo otro. Parece que era un fan de Sabines o ya le había agarrado el gusto al sabor de mi mezcal declamatorio; cuando veía que yo me paraba él ya sabía que iba a declamar a Sabines, recargaba un brazo en la superficie de la barra y escuchaba con atención. Cuando terminaba el poema me sentaba, tomaba el último trago del primer vaso y pedía la cuenta. El mesero se apresuraba a levantar las servilletas y, como si fuese ese famoso personaje de la televisión, ofrecía disculpas a todos los parroquianos, quienes ya habían olvidado el incidente y continuaban en su mundo. Ahora que lo escribo, pienso que yo era un gran intolerante, porque no respetaba el espacio de los demás. Nunca entendí que era un espacio público y los espacios públicos tienen un código que debe respetarse para lograr la convivencia.
Ahora (más pena me da) sigo siendo intolerante, porque no soporto tener cerca a algún fumador y mucho menos soporto un bolito que me fastidie mi tarde. Por esto, tal vez, procuro estar el mayor tiempo posible en lugares que no son muy concurridos. Por esto, tal vez, me encanta estar en mi casa. En mi casa hago sólo lo que me gusta y no afecto a alguien con la música que escucho (ahora que te escribo ¡escucho a Barry White! Ah, cómo me gusta la música de este negro maravilloso, que fue muy escuchado en los años setenta).
Los viejos criticamos a los chavos que todo el día andan como zombis con los audífonos, escuchando quien sabe qué música “del demonio”. Yo no los critico tanto. Creo que esos chunches son una bendición porque no afectan a alguien más. Si algún día los chavos pierden, poco a poco, la audición por el volumen tan fuerte con que escuchan la música, será cosa de ellos.
Es una pena que los choferes de las combis no puedan usar esos aditamentos. Sería la gloria verlos como autistas, sin saber qué tipo de música embarra sus oídos. El paisaje a través de la ventanilla volvería a ser esa cobija que calienta el espíritu. Sería tan bello, tan escenario de esquina donde la lluvia es como un cuarto con ventanas llenas de luz.
Pero luego a veces dudo. No hay certezas en la vida, lo sabés. A veces pienso que los irrespetuosos transforman vidas que transforman el mundo. Algunos lo hacen para bien y otros para mal, pero, a final de cuentas, son revolucionarios. A final de cuentas todo se produce por contagio. ¿Será que alguien, en aquellas noches maravillosas en que recitaba a Sabines, pudo enamorarse de alguna línea de él y luego se convirtió en fan y gran lector de poesía? Digo que el mesero, cuando menos, me escuchaba con gran atención. No sé qué pasó con él, porque un día el restaurante “Nevelandia” desapareció y yo dejé de beber. Ahora sigo leyendo y declamando a Sabines, pero lo hago sólo en mi casa. Tomo un libro y leo en voz alta, sin ofender a alguien. Pero, de igual manera, a veces pienso que ahora no contagio a alguien. Mas luego pienso que el mesero, tal vez, pensó que para declamar Tarumba era necesario meterse dos o tres pitutazos de ron, porque en juicio jamás recité maldita la cosa. Sólo bolo me atrevía. El traguito me inspiraba y me daba el valor necesario para atreverme. Y es que una de las cosas que posee el alcohol es la capacidad de esconder la timidez de todos los tímidos del mundo.
El tío Emilio escucha solo la música clásica. Así no es posible contagiar a alguien. Cuando un niño acude a una sala de conciertos, porque sus papás lo llevan, el niño corre el “riesgo” de hacerse aficionado a escuchar la música clásica. Ese instante puede modificar su vida para siempre.
Hay diferentes gustos para todo. Es una bobera lo que diré, pero creo que ilustra muy bien lo que digo. La gente tiene diferentes gustos en comida (algunos comen hamburguesas y papas llenas de grasa y otros prefieren ensaladas). En bebidas, hay gente que prefiere un buen güisqui y otros que mejor toman limonada. Unos compas prefieren a las mujeres delgadas y casi anoréxicas y otros se entusiasman cuando ven a una mujer con caderas de popa de buque. Ah, cómo se mueven las mujeres que están llenas de carnita. Ramiro siempre prefirió las mujeres caderonas. Una vez le conocí a una que debía comprar dos asientos cada vez que viajaba en autobús o en avión. ¡No entraba en un asiento! Siempre que vi a Ramiro en esas épocas lo encontré radiante, casi feliz.
El otro día lo encontré de vacaciones en una calle de Comitán. Fuimos a un café y platicamos un rato. Me dijo que ya había entrado a la etapa de las AR: sólo mirar, añorar y suspirar. En ese momento no tenía alguna pareja (nunca se casó, porque prefirió andar trepado en mil buques que le permitieron bajarse en el primer puerto). “Ahora las veo de lejitos”, me dijo y cerró el ojo. Mientras estuvimos en el café no volvió la mirada para ver a alguna muchacha bonita en la calle. Me explicó que ahora la moda le estaba echando a perder su gusto, pero, de vez en vez, aparece, como bendición, alguna mujer que bien pudo ser modelo de Botero y él es feliz. Me contó que camina detrás de esas mujeres y aplica la teoría de las AR: mirar, añorar y suspirar. Cuando la mujer cruza la calle, él dobla la esquina y sigue su camino.
Ramiro me contó que viaja mucho. A veces, en alguna plaza del mundo, se ha topado con esculturas de Botero. Me cuenta que cuando sucede eso se pasa horas y horas acariciando las esculturas de bronce. Conforme pasa su mano por la escultura (no importa que la escultura sea la representación de una vaca o de un toro) su memoria lo lleva a recordar todas las estancias donde fue feliz con mujeres regordetas.
Los diversos gustos ha modificado el paisaje urbano del mundo. Las ciudades han perdido o ganado esencias debido a los diferentes gustos arquitectónicos. Cuando construyeron la Torre Eiffel, en París, muchos echaron el grito al cielo. ¡Cómo era posible tolerar ese adefesio! Ahora, la torre se ha convertido en el máximo símbolo de aquella maravillosa ciudad. El famoso escultor Sebastián le mentó la madre a la ciudad de México con una horrible escultura gigantesca en pleno Paseo Reforma que, dice Sebastián, es la síntesis de un caballo.
Comitán tenía una traza urbana maravillosa. Todavía en los años cincuenta se conservaban las casas que, en gran armonía por alturas y por diseños, tejían un tapete maravilloso con paredes pintadas a la cal y con techos de teja y pisos de ladrillo. Un comiteco viajó y miró alguna belleza arquitectónica en un país europeo y en cuanto regresó a Comitán llamó a su maestro albañil y le mostró un boceto que trataba de imitar lo que había visto. “Hagame’sté una mi ventana así”, dijo y el albañil, como pudo, imitó lo que el dibujo imitaba. Así, la transformación se fue dando. Ahora Comitán es un muestrario de todos los diferentes gustos. Hay algunos balcones franceses, jardines japoneses, ventanas chinas y cuartos hindús. ¡Un tachilgüil maravilloso y escalofriante!

Posdata: ¡mirá lo que hice! Por andar metido en otras veredas olvidé que en la carta anterior no te conté el final del cuentito que me contaba mi tía. ¿Por qué Juan quedó ciego, tan ciego como el oso que apresaba entre sus garras al niño? Otra vez acabó el papel; otra vez son las cuatro de la mañana con cincuenta y siete minutos. Ahora menos salgo a la calle, porque la otra tarde sufrí un desgarro en el “camote” de la pierna derecha. Camino con dificultad. Hago uso de un bastón. Mi Paty se acordó que hace muchos años, en el patio de la casa de Javier, subí mal una grada y me doblé. El pie se me hinchó como globo. Enrique dijo: “¡Y no has bebido ni una!”. Ahora, el desgarro sucedió de manera similar. Caminaba cerca de Electra cuando sentí el tirón. Ya me costó trabajo dar el siguiente paso, debí apoyarme en la pared. Mi tendón se abrió como si fuese un bagazo de caña. Me hubiese gustado decir que el desgarro ocurrió jugando fútbol o corriendo en una maratón, pero ¡no!, sucedió de la manera más tonta, dando el paso en una banqueta, un paso lento y medido. ¡Dios mío! Tal vez esto me ocurrió porque no ejercito mis músculos y siempre estoy sentado escuchando a Barry White. Si tuviese el gusto por la música grupera, tal vez me pararía y bailaría y mis músculos tendrían elasticidad. Te mando una foto donde está un diablo agazapado detrás de una puerta. Tal vez él me “metió” el pie a la hora que di el paso. En fin, ya estoy en la edad de las AR.

viernes, 22 de noviembre de 2013

IMAGINÁ QUE TE LLAMÁS POESÍA





Imaginá que sos poesía. Imaginá que la palabra está en tu ser y que sólo espera que un poeta o poetastro arrime el codo y, como si fueses pez, te coloque en un surtidor. Imaginá que te llamás poesía y que poseés el don de conmover a la piedra y de pavimentar los caminos por donde caminan los insaciables y los solitarios.
Imaginá que te encierran en libros para que una mano gozosa te libere y te injerte alas como anclas, como sortijas, como silencios.
Imaginá que los enamorados te usan como trapos nuevos, que te nombran en madrugada y te usan como toalla para limpiar las ventanas de sus calles y avenidas.
Te usarán como puta los borrachos, los arlequines, los ausentes y las mujeres que usan las palabras como relicarios.
Joderán tus madrugadas los que intercambian huesos en cualquier esquina.
Pero, en compensación, los niños podrán jugar con vos, como si fueses una canica o una cuerda para saltar. Las niñas bonitas te colocarán en sus labios y ahí podrás yacer como si tu luz fuese un predio donde los versos florecen como noches de diciembre.
Imaginá que sos poesía y que tus olanes son el rocío para el sueño. A veces te confundirás con los pelotones de murciélagos, los confundirás con los ejércitos de metáforas o de vientos.
No te quejés. Al contrario, da gracias a los dioses por el prodigio de tus dones. No cualquiera posee la Gracia de la palabra que seduce a la escalera o al fondo del barril.
Si lo tomás con optimismo serás la figura central de los recitales y de los encuentros donde los abanicos se convierten en piezas de ajedrez o de dominó. La luz de los reflectores jugará en cada una de tus arrugas y de tus lianas.
El redoble de tu silencio será medido con la misma intensidad con que la piedra mide la lluvia y el agua mide la nube.
Tendrás la oportunidad de elegir qué poesía querés ser. ¿Te gustaría ser un soneto o un poema con verso libre? ¿Te gustaría ser la poesía de Jorge Esquinca o la de Gustavo Ruiz Pascacio? ¿La de Socorro Trejo o la de Marirrós Bonifaz? ¿Te gustaría andar en la penumbra y, de pronto, arder como arde la mano del amante sobre el cuerpo de su amada?
Serás como la tela para el cuerpo, como la ceniza para el fogón. Serás el animal que aúlla cuando el tiempo está en cuarto menguante.
Dejá que jueguen contigo. Dejá que te hagan pedazos los que creen ser poetas y escriben versos que se derriten con la misma facilidad con que se derriten las paletas hechas con agua de mierda. Dejá que los grandes poetas te coloquen en la mirada de todos los muertos y de todos los vivos. Dejate querer, dejate hacer nube, hacer plaza donde la luz, ¡desnuda!, se baña.
Imaginá que sos poesía y poseés la tardanza del encuentro. Imaginá que tu corazón es como una campana que llama a misa, que convoca a la pureza del alba.
Imaginá que sos la ola, el mar, el infinito, el cielo, el ala, la piedra.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

DEDOS QUE SON COMO PUENTES





A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en mujeres que son como alas de mariposa y mujeres que son como dedos que tocan un muro.
La mujer dedo que toca un muro posee arenas en la espalda. Arenas que le vienen de otras playas, de otros cuerpos. Ella tiene su hogar en el agua, en el agua de la piedra más oscura.
En Comitán no es raro verla caminar por las calles de la periferia. No acostumbra caminar por las calles del centro, porque en el centro todo es como un artificio. El muro verdadero está en el territorio donde caminan los miserables, los que ya perdieron todo.
Siempre está como distraída, porque la esencia de su mirada está contenida en las yemas de sus dedos. Casi casi puede decirse que el tacto es su sentido privilegiado. Toca tantos muros durante el día que sus manos ya son como duraznos expuestos en mercados.
Duerme como si el tiempo fuese un territorio ajeno, como si ella debiera caminar en puntas para no despertar el rostro de la memoria.
Su único alimento es la sal del muro y la semilla de la palabra. Puede tener los ojos cerrados y, sin embargo, ver más allá del templo, más allá del reclinatorio. Su guía es la línea del muro y el borde de la palabra. Porque, igual que ella, la palabra verdadera no es la que camina por el parque sino la que bebe la flor única del desierto.
Ah, cómo disfruta ir de paseo al campo. ¡Cómo disfruta el río donde el agua le injerta alas a su cuerpo! ¡Alas llenas de nubes! ¡Alas plenas de musgos desnudos!
La mujer dedo que toca un muro lee más allá del signo, más allá del verso. Todos los muertos aparecen en su palacio, todos los vivos dormitan en sus esquinas.
Si alguien le pregunta acerca de su concepto favorito, ella no lo piensa dos veces, extiende sus brazos y toca el aire como si tocara el muro y dice que su concepto favorito es “ventana”. Porque la ventana es el fruto que alimenta la esperanza, la noche que confunde a la soledad, la resurrección que clama por el perdón.
A mí me gusta estar con una mujer dedo que toca un muro. Me gusta, porque es como estar con alguien cuyo corazón es como la lluvia que se descuelga a mitad de la madrugada. Cuando estoy con ella me quedo con la boca abierta, casi casi como si deseara llenarme del aire de su hoguera. Es mujer que arde, mujer que extiende sus pulmones en zancadas.
En la cima de la montaña es como un árbol, como un tótem, como un conjuro contra la furia del aire y del viento.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en mujeres que son como el espanto de la lluvia y mujeres que son como la veta de oro del espíritu.

lunes, 18 de noviembre de 2013

EL LUGAR DONDE JUEGAN LOS UNICORNIOS





“El vaho de Dios”. Esto fue lo que dijo Romualdo, el jardinero de la casa de tía Alicia. Y Rosita (quien, en lugar común, le decían Rosita Fresita de niña) dijo que el problema de nuestro tiempo y de todos los tiempos es que la gente usa lugares comunes. Cuando en Comitán aparece la niebla, medio mundo dice que se parece a Londres. ¡Por el amor de Dios!, grita Rosita. ¿Cómo Comitán puede parecerse a Londres por una simple capa de niebla? ¿A poco acá nacieron los Beatles? ¡Por el amor de Dios! Acá, cuando mucho estuvo la marimba de los Penagos o la de los tzizimes. ¡No más! La niebla en Comitán es inusual, aparece muy de vez en vez. Por esto, sin duda, la declaración de Romualdo es más afortunada: “es el vaho de Dios”. Así sí.
Sólo los físicos y los alumnos más aplicados saben bien a bien de dónde viene la niebla y qué es lo que la provoca. Un día los comitecos se levantan, salen al patio de su casa y encuentran un chal húmedo que los cubre, que los protege. Salen a la calle y descubren que no alcanzan a ver la torre de Santo Domingo, ¡mucho menos la ciénaga! Es el instante en que las opiniones se dividen: entre quienes odian tal fenómeno y dicen que “el día amaneció feo” y entre quienes reciben tal suceso como algo agradable. Sí, el vaho de Dios es inusual en Comitán y otorga un paisaje singular. Muchos niños salen y juegan a las escondidas. Basta que caminen un poco por el sitio de la casa para que desaparezcan detrás de esas cortinas que permiten el don de la invisibilidad.
La niebla, todo mundo lo sabe, tiene la particularidad de hacer que el mundo siga siendo el mismo en el lugar donde se encuentra el observador. Si alguien se para a mitad de una cancha de fútbol logra ver todos los objetos que tiene cerca, pero quien está sentado detrás de la portería ya no alcanza a ver al que permanece a mitad de la cancha. Esto que es muy obvio y es una bobera ¡es la gran ventaja de la niebla! La tía Romelia siempre estuvo muy cerca de la frase de Romualdo, porque cuando los sobrinos le preguntábamos cómo era Dios, ella siempre sacaba dos fotos de su buró, hacía a un lado el florero de la mesa de centro y colocaba ambas fotos sobre el tapete tejido en crochet. Las dos fotos mostraban el mismo lugar, pero una mostraba un sol resplandeciente y la otra estaba envuelta en la bruma. La torre de la primera fotografía se miraba plena, radiante, bañada en rayos de sol; mientras que en la otra fotografía, apenas se advertía el pico de la torre. “Así es Dios”, decía la tía y no agregaba más. Nosotros, niños inquietos, la jalábamos del brazo, le exigíamos que nos explicara, pero ella permanecía como la torre de la segunda fotografía. Nos aburríamos y entonces uno de nosotros proponía que mejor fuéramos a jugar al patio. Una tarde, salimos al patio y encontramos que la niebla había bajado. Nos quedamos viendo sin comprender, pero María, la prima más bonita, dijo: “Miren, Dios bajó a jugar con nosotros”. A punto de correr hacia el centro del patio, ahí donde estaba Dios, la tía Eulogia salió al corredor y dijo: “Epa, ¿a dónde creen que van?”, y nos obligó a entrar a la sala, porque afuera hacía mucho frío y nos enfermaríamos. Adentro estaba calientito, había chocolate y rosca de nuez. El aroma del chocolate hizo que olvidáramos el enojo por no poder jugar. Afuera dejamos a Dios. Por esto, siempre que la niebla baja en Comitán salgo a la calle, camino y la disfruto. Disfruto mucho “ver” que no puedo ver más allá de un cierto círculo de cien o ciento cincuenta metros. Conforme avanzo todo lo demás se esconde detrás de ese chal líquido. Tal vez algo en mí me dice que voy en busca de Dios. Pero, todo mundo lo sabe, sólo los niños tienen la capacidad de ver a Dios sin hacerse preguntas. A los viejos nos cuesta más trabajo. Para los viejos, la niebla tiene una razón científica. Romualdo, el jardinero de la casa de tía Alicia es como un niño, por esto, tal vez, alcanza a ver cómo Dios exhala su aire divino y forma esa capa de nata cristalina y juguetona.

domingo, 17 de noviembre de 2013

LOS DE VENADO





¿Alguna calle de La India? ¿Benares? ¿El hombre contempla el río Ganges? ¡Uf!, perdón por tanta pregunta, pero hago la última: ¿este hombre que está sentado en posición de flor de loto es un gurú? No lo creo. Hay algunos indicios que obligan a pensar que es un mortal común y corriente: la cachucha de algún equipo de béisbol de los Estados Unidos, el cubrebocas (que él usa como cubrecogote), el desenfado con que coloca las manos sobre los muslos y la mirada perdida en un punto. Se nota que no está en trance, que no está en meditación, sino que anda hurgando en vidas ajenas. Tal vez está viendo a la mujer de pantalón de mezclilla, que está parada junto a la caja de huevos. ¡Sí, es un simple mortal! Un mortal común y corriente que se adueñó de la banqueta. Sí, es un taquero, común y corriente. ¿Ya vieron su puesto de tacos? ¿Ya vieron el cilindro de gas, todo deteriorado? ¿Vieron cómo en el cabezal del cilindro hay un vaso de unisel y una llave de esas que llaman “pericas”? ¿Ya vieron cómo todo está improvisado, con una improvisación de tercer mundo?
Lo único que alía esta imagen con alguna de Benares es la tristeza de agua que refleja. La olla de aluminio (¿es de aluminio?) es el recipiente que usa para llevar la carne que, en la taquera, desmenuza para preparar los tacos. Pero (¡hombre práctico!) luego la usa para sostener la hielera de plástico donde coloca los refrescos, las pepsis y las manzanitas.
¿Ya vieron los pedazos de papel estraza que le sirve para envolver los tacos que le piden “para llevar”? Todos los fierros que aparecen en la foto están llenos de herrumbre y oxidados. El propio lazo que le sirve para sostener una frágil lona con la que improvisa un techo también tiene un aire de tristeza. La imagen es triste. Tal vez la tristeza proviene de ese reflejo de la calle que es como un Ganges flaco y deshilachado.
El hombre está en actitud de espera. Mientras los clientes llegan él mira la calle. Algún conocido pasa y le grita: “¿ya están los de venado?”. Otro pasa y le grita: “¿Tiene de chorizo?”, y el gurú del barrio de Jesusito alburea: “Está listo para tu antojo”.
El Departamento de Salud le obliga a usar un cubrebocas, un cubrebocas que él recicla una y otra vez. La cachucha es el remplazo del gorro del chef. ¡Estamos en México y todo se vale! El detalle coqueto es el mandil blanco que usa. La carne la cubre con un plástico, para evitar el polvo. Pero, ¡lo he visto!, luego sirve la orden en platos de plástico sobre una mesa que está al lado de la banqueta, sobre la calle y ahí pasan los autos a cada rato y levantan polvo. ¿Con qué, el comensal cubre los tacos que se lleva a la boca?
El otro día, Manuel me invitó: “¿Nos echamos unos tacos de muerte lenta?”, y me llevó al changarro del gurú. Él hombre estaba en la posición que se ve acá en la fotografía, apoyó sus manos sobre la banqueta y se incorporó. Yo sufrí una decepción, pensé que se levantaría sin apoyar sus manos sobre el piso, sobre el piso asqueroso. Manuel pidió una orden. Vi cómo el hombre tomó la tortilla con su mano y llenó aquella con un puñito de carne y cebolla. A esa hora, como si en el pedido de la orden, yo también hubiese recibido una orden divina me paré (ya estábamos sentados ante la mesa de plástico) y contesté el celular (como si hubiese recibido una llamada) y dije que me estaban buscando en la oficina, me despedí y dejé a Manuel que comiera sus tacos, los tacos del gurú de Jesusito.

sábado, 16 de noviembre de 2013

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL VIENTO ES LIBRE EN LOS PATIOS DE LAS CASAS





Querida Mariana: ¿te cuento un cuento? Ahora, los cuentos están de moda. El Premio Nobel de Literatura de este año se lo concedieron a Alice Munro, escritora Canadiense que escribe relatos cortos (bueno, ni tan cortos, porque sus cuentos son de diez a veinte cuartillas, o más, pero son muy bellos e intensos). En cada uno de sus cuentitos está concentrada la vida. A mí me da la impresión de que ella elije el instante de una persona o de un grupo de personas, como si tomara una fotografía, y a partir de ahí comienza a llenar los huecos. Imaginá que hay una mujer en la cocina preparando la cena para sus hijos; imaginá que los hijos son dos, una niña y un niño; que estudian en la Matías (bueno, ahora no estudian porque el magisterio anda en paro). Imaginá que en ese instante entra su esposo que labora en una farmacia, deja el suéter sobre el sofá de la sala, grita ¡ya llegué!, y va a la recámara donde sus hijos juegan un videojuego. Imaginá que la escritora cuenta la historia de la mamá de la mujer de la cocina, quien fue mesera en un restaurante en San Cristóbal de Las Casas, ubicado en la Calle Real de Guadalupe; ahí la mamá conoció a un hombre de treinta y dos años que la llevó a conocer Arriaga. Ella, la mesera tenía apenas catorce años, pero ya no era virgen, porque una noche… ¿Mirás más o menos cómo la escritora va llenando los huecos hasta que al final de la lectura tenemos una gran historia a partir de una simple postal? Claro, la Munro todo lo describe con una maestría sin igual. Por esto, todo mundo coincide que hay que leer a la Munro. Enrique remedaba al padre Eugenio (quien hace poco falleció). Enrique decía que, en su sermón, el padre era limitado en recursos de oratoria y se concretaba a decir: “Lean la Biblia, lean la Biblia, porque leer la Biblia es bueno para el espíritu, así que siempre lean la Biblia, la Biblia”, y así se pasaba los quince minutos del sermón. Pues, bueno, ahora en la contraportada del librincillo de la Munro que compré la semana pasada viene una sugerencia de Jonathan Franzen que dice: “¡Lean a Munro! ¡Lean a Munro!”.
¿Te cuento un cuento o te cuento cómo conseguí el libro de la Munro? ¿El cuento? Bueno, te contaré un cuentito que me contaba mi tía Emelina, quien fue una mujer que me amó y cuando llegaba a casa, desde la ciudad de México, me traía libros de regalo. ¡Ah, cómo agradezco que mi tía tomara este objeto como un objeto para obsequiar a los sobrinos! Ahora, las tías generosas regalan videojuegos a sus sobrinos. Tal vez, dentro de veinte años, estos sobrinos recuerden a sus tías con el mismo cariño con que yo recuerdo a mi tía Eme.
Mi tía me contaba el cuento de una niña tímida, tan tímida como una esquina de barrio lleno de tianguis en las calles. La niña siempre vestía un mandilito que su abuela le había tejido. Se podía decir que la abuela era la única persona que toleraba estar con ella, porque la niña casi no platicaba. Se sentaba en el piso, al lado de la abuela, y la miraba coser, horas y horas. Tal vez por esto a la abuela le gustaba estar con la niña. Si la abuela preguntaba algo, la niña contestaba con pocas palabras y volvía a quedar en silencio, viendo tejer a la abuela. Otra cosa que a la niña le gustaba hacer era ver libros con ilustraciones de animales. Mientras la abuela cosía, la niña ponía un libro en sus piernas y pasaba una a una las hojas. Le gustaba mucho ver animalitos: tigres, panteras, elefantes, camellos, alces, venados. En fin, le encantaban todos los animales. La abuela decía que ella habría sido feliz en el Arca de Noé. ¡Mentira, no le encantaban todos los animales! Había uno que no le gustaba: ¡el oso! Esto era así, porque una vez vio un libro de cuentos que tenía ilustraciones y en una de éstas vio a un Oso Gris, enorme, tan enorme como un árbol de esos que se llaman secuoyas, que tenía a un niño atrapado entre sus garras, el niño tenía una cara de espanto y en su pecho aparecía una rosa de sangre de donde salía un hilo también rojo que le provocaba dolor. Sí, el niño sufría. A la niña el dolor no le gustaba. Cuando le dolía la cabeza iba con la abuela y le pedía por favor que le curara ese dolor intenso, por favor, abuelita -decía- que yo sea como una nube, porque miro que las nubes no sufren, no les duele la cabeza.
Juan, primo de la niña, era un niño tremendo, un niño jodón. Era el niño más jodón de la escuela y, por su naturaleza jodona, jodía también a su prima, siempre le jalaba la cola del cabello, le desanudaba el mandilito y se lo ponía como chal sobre la cabeza y remedaba a la abuela. Se inclinaba y movía la mano como si llevara bastón y decía el dicho que la abuela le repetía a cada rato: “¡Ay, Juanito!, ¿qué voy a hacer contigo?”. Juan reía cada vez que lo hacía. Esto enojaba a la niña, pero nada decía. Una tarde, la niña fue al patio con su abuela y cortó una flor, una flor sencilla, con pétalos como lenguas de gatos. La flor era tan bonita que ella pensó que era como la sonrisa de un gato. Era tan diferente a la línea amarga que su mamá tenía pegada a la cara las tardes que, de vez en vez, llegaba a casa. Esa tarde la niña se atrevió a hablar un poco más y dijo a la abuela, mientras el viento acariciaba sus rostros, que esa flor era como la sonrisa de un gato. “Ah, qué boba sos”, dijo Juan, quien estaba trepado en el árbol de durazno. “Las flores son sólo flores, muda”, volvió a decir, mientras bajaba del árbol, porque ya la abuela había tomado dos piedras del suelo y las aventaba al niño.
La niña se puso triste, tan triste que a la flor la contagió de su tristeza y ella se cerró. La niña pensó que ahora la flor tenía un gesto como la mueca que tienen los perros que viven en las azoteas, que se asolean de más, que tienen frío de más, que les llueve de más. Odió a Juan. Sabía que el odio no era bueno, pero lo odió mucho, mucho. Si un genio se le apareciera y le concediera un deseo ella no pediría que su mamá fuera buena o que su abuela viviera para siempre. Tampoco pediría arcones llenos de oro. Ella supo que pediría que a Juan le pasara algo que lo convirtiera en un ciego, para que, por el resto de su vida, viviera en medio de la oscuridad. Tuvo miedo, miedo de su pensamiento y pidió a Dios que le evitara el odio, pero el odio seguía ahí, como polluelo en nido, como brasa en medio del fogón.
Estaba tan triste que la abuela, contra su costumbre, la llamó, la sentó en su regazo y le dijo que no se preocupara, que Juan era un molestoso. Así lo dijo: “Juan es un molestoso”, pero la niña, en medio del hipo de su llanto, no alcanzó a escuchar bien la última palabra y ella oyó: “Juan es un oso”. ¡Un oso, Dios mío, el animal más odiado por ella! Entendió entonces porque odiaba tanto a su primo. “¿Es verdad lo que dices, Abuela?, preguntó la niña, con carita de juncia seca. “¡Claro, hija, claro! ¿Cuándo te he mentido?”. La abuela tenía razón, no sabía que la niña había confundido la última palabra. La abuela tenía razón, jamás le había mentido a su nieta, ni siquiera cuando fue necesario responder a la pregunta de por qué vivía con ella y no con su mamá.
¡Así que Juan era un oso! Y entonces la niña cerró los ojos, llena de terror, pero un segundo después los abrió, porque la única imagen que tenía en su cerebro era la del Oso Gris que, en medio de un bosque de árboles gigantescos, apretaba contra su pecho al pobre niño que reflejaba en sus ojos el mismo temor que ella. Entonces la niña corrió a su habitación y se tiró boca abajo sobre la cama, intentó recordar qué había sucedido con la historia del oso y del niño. Poco a poco la luz de la memoria se prendió en su mente. Recordó que un hombre oyó la petición de auxilio del niño que se retorcía como culebra en medio de las garras. El hombre vio al oso y tomó una rama del suelo, subió a una enorme roca y desde ahí, como si fuese un rayo enfilado contra una torre de iglesia, soltó dos puyazos, tan certeros, que fueron a dar a los ojos del animal. ¡El oso quedó ciego! El dolor fue tan intenso que el animal abrió los brazos y soltó a su presa. El hombre corrió, abrazó al niño y corrió más, con rumbo a la cabaña del guardia del bosque. La niña recordó que el cuento terminaba de manera muy bonita, porque el oso ciego ya no podía hacer daño a alguien. Los niños, en las mañanas llegaban al territorio del oso y lo rodeaban y con palos lo azuzaban. El animal daba vueltas al derredor sin poder hacer algo. Sus garras las extendía como lienzos al viento, como si jugara el juego de la gallinita ciega, el juego del oso ciego. El animal se cansaba y se rendía. Se tiraba al piso, mientras los niños tomaban piedras del piso y lo lapidaban. La imagen era dramática y cruel, pero la niña sonrió. Era bueno que un animal tan malo, casi tan malo como Juan, ya no pudiera seguir jodiendo a los niños. Ah, pensó la niña, si el Juan oso sufriera un castigo similar. Ah, si esto fuera posible.
Querida Mariana: ¿Te cuento el final del cuentito que me contaba mi tía o te cuento cómo adquirí el libro de la Munro? Te cuento esto último, mejor. Vos sabés que soy un snob. En cuanto sé quién es merecedor del Premio Nobel de Literatura entro a la librería virtual de Gandhi, busco y solicito libros. Este año no fue la excepción, en cuanto en el facebook me enteré de que la Munro había ganado ¡busqué sus libros! Hallé ¡cuatro libros! ¡Maravilloso! Estaba a punto de hacer el pedido cuando miré que los libros estaban en inglés. ¡Dios mío, con qué trabajos hablo español! Entré a la librería virtual de El Sótano y, ya con la frustración, tuve cuidado en revisar la oferta, porque, igual que en la librería anterior, acá también había cuatro títulos disponibles. ¡Sí, ahora sí estaban en español! ¡Bendito idioma! Estaba a punto de hacer el pedido cuando vi (¡No, Señor mío! ¿Por qué este castigo?) que los libros estaban disponibles sólo en versión digital. ¡Tampoco podía pedirlos porque no tengo un lector de libros digitales! Ah, si yo hubiese tenido un e-reader habría bastado hacer el pedido para que cinco minutos después, hecho el cobro en la tarjeta, hubiese descargado los cuatro libros en mi hipotético chunche electrónico. Pero, por no tener ese chunche no podía leer a la Munro.
Ahora pienso que debo comprar un lector electrónico de libros digitales. Pienso que es maravillosa la posibilidad de comprar libros en cualquier parte del mundo, desde cualquier parte del mundo, y quince o veinte minutos después descargarlos en el chunche y poder leerlos de inmediato. Mariana de mi vida, estos tiempos son sensacionales, pero a los viejos nos cuesta trabajo entenderlos.
Por ejemplo, ahora que te escribo esta carta me doy cuenta que se acabó el papel. Ah, si yo hubiese escrito esta carta en un procesador de textos digitales me podría extender mucho, mucho, pero ahora resulta que debo concluir y pienso que ya no te conté más cosas, ya no dije todo lo que deseaba contarte. ¿Me perdonás? Ahora es de madrugada, son las cuatro con treinta y ocho minutos de la mañana y no puedo salir a la calle a buscar una hoja de papel. A esta hora, mi niña bonita, las papelerías no están abiertas. Además, vos lo sabés, me da temor caminar por las calles de mi pueblo a estas horas tan a deshoras. Antes no era así. Antes caminaba feliz a las diez u once de la noche o a las tres o cuatro de la madrugada. Ahora camino con cierto temor apenas se consume la luz del día. Por todos lados veo sombras que asoman en cualquier esquina y parecen desparramarse sobre la banqueta, sobre la calle, sobre mí. Casi casi, pienso, debo sentir lo mismo que sentía la niña del cuento cada vez que pensaba en la imagen del Oso Gris sosteniendo entre sus garras al niño que, indefenso, frágil, no podía hacer más para liberarse.
Sé que debo acostumbrarme a estos tiempos. Mis compañeros de trabajo reciben mensajes por “watsap”, mi celular es tan viejo que no permite este tipo de mensajes; mis compañeros de trabajo escriben las indicaciones superiores en un bloc de notas de sus Ipads. A mí no me queda más que escribir tales indicaciones en tarjetitas que luego coloco en la bolsa de mi camisa y terminan todas húmedas por el sudor, mismo que provoca que luego ya no entienda lo que escribí.

Posdata: ¿cómo le hago para alcanzar a ustedes en esta carrera tecnológica? ¿Cómo le hago para colocarme un par de tenis cuando toda la vida he corrido con zapatos formales? Perdón, mi niña, ya no conté el final del cuentito. Ya no te conté por qué Juan quedó ciego. ¿Ya lo intuiste? ¿No? ¿Te lo cuento en la próxima carta?

miércoles, 13 de noviembre de 2013

CUANDO GANA EL NATURAL





La tía Eusebia le dice a mi prima Norma: “Todo el día estás botadota en la cama. ¿No de da vergüenza?”. No, parece que a mi prima eso la tiene sin cuidado. De hecho, Juan, el hermano menor, dice, con sorna, que su hermana se pasa en la cama más tiempo del que su mamá cree. Los fines de semana llega a las cinco o seis de la mañana. ¿De dónde cree que viene?, me pregunta Juan, como si lo hiciera con su mamá. Yo nada digo, sólo sonrío. Imagino lo mismo que Juan imagina. A mí eso no me sorprende. Norma ha sido una burbuja de agua desde siempre. Cuando tenía cinco años o seis se escapó del jardín de niños, con un compañerito, para ir a ver los animales del circo que estaba instalado por los terrenos de la Escuela Preparatoria. ¿Qué niña -digo yo- se va de “pinta” del jardín de niños? ¿Nadie? ¡Falso! Esa niña se llama Norma.
El tío Armando (que en paz descanse) siempre dijo que nunca debieron llamar Norma a su hija. Tal vez su comportamiento de pájaro libre es como un instinto para infligir la norma. Norma, habrá que decirlo, es un nombre raro. Es un nombre raro para que sea empleado como nombre de una mujer. Se sabe que las mujeres no aceptan las reglas (bueno, bueno, no me refiero a esa clase de reglas). No se necesita ser muy listo para deducir que el significado de Norma debe ser “la que impone reglas”. Pareciera que el mundo no debería sorprenderse que Norma no sea dócil cuando ella estuvo predestinada a imponer las reglas. Quien impone reglas debe ser la persona más libre del mundo.
En nuestro país es una “norma” no escrita que los primeros que violan las normas son los encargados de sancionar su violación.
Mi tío Jorge siempre me puso un ejemplo irónico: los federales de caminos manejan a ciento sesenta para detener a un conductor que maneja a ciento cincuenta kilómetros por hora.
Los oficiales de vialidad conducen autos que no tienen placas y se estacionan en lugares no permitidos.
Hay personas que no honran su nombre: el libidinoso que se llama Casto y la traviesa que anda con tres “novios” a la vez y que se llama Pura. ¿Y qué me dicen de la muchacha pesimista que se llama Esperanza? ¿Qué del ogro que se llama Amable? ¿Y qué de la señora más oscura que el carbón y que se llama Luz?
Acá en el pueblo la gente se burla de aquel señor que bautizó a sus hijos con números: Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinco y Seis. A mí nunca me dio risa. Al contrario. Tal vez si a mi prima Norma la hubiesen nombrado con un número otro sería su carácter y su modo de ser. Tal vez, sólo digo que tal vez, si la hubiesen bautizado con el nombre de Seis, ella se levantaría a esa hora. Pero, ¿quién sabe? La tía Eusebia se queja de que su hija está todo el día botadota en la cama y se levanta a las cinco o seis de la tarde, sin llamarse Seis.
El nombre de Norma no es el más bonito del mundo ni el más bondadoso. Tal vez por esto, la Norma más famosa del mundo cambió su nombre por el más sencillo de Marilyn Monroe. El nombre de Norma tiene un No injertado; en cambio el otro lleva un Mar por delante. Pero, tal vez, Norma J. Baker (Marilyn Monroe) no se hubiese ahogado tan joven en el Mar de su nombre si hubiese seguido usado su nombre de pila, el simple y contradictorio Norma.

lunes, 11 de noviembre de 2013

ALGO SE EXTRAVIÓ





Estos tiempos son maravillosos. Los chunches tecnológicos han hecho más fácil la vida. ¿De veras? Bueno, así parece. El horno de microondas es un chunche sensacional. ¡Un bonche de tortillas se calienta en menos de un minuto! ¡Un bonche! ¡En menos de un minuto! Que un minuto después todas estas tortillas estén duras como conciencia de millonario ¡esa es otra historia!
Lo que extraño mucho son las cintas que antes tenían los libros encuadernados. Una cinta delgadísima, de color verde, rojo o dorado, que servía para señalar en dónde había quedado la lectura. Esa cinta estaba adosada al lomo, era como una manita que tenía el libro. ¡Ah, qué maravilla! Al suspender la lectura, bastaba un ligero movimiento envolvente con la mano para deslizar la cinta en medio de las páginas leídas. Cuando uno reanudaba la lectura bastaba ver en dónde había quedado la cinta para saber que ahí, precisamente, se había suspendido la lectura. Uno retomaba la lectura con la placidez y seguridad de estar alumbrado por un faro, en medio del mar y en medio de una tormenta. Esa cinta breve era como la línea que indicaba que estábamos entrando a territorio seguro, era el hilo de Ariadna que nos indicaba el camino seguro adentro del laberinto. Extraño esas cintas porque ahora los libros ya no las traen.
Cuando descubrí que muchos libros no traían esa cinta tomé la costumbre de doblar la esquina de una hoja para marcar el lugar donde había suspendido mi lectura. ¡Hice algo más! Me acostumbré a colocar una flechita en la última línea que había leído. Así, cuando reanudaba la lectura buscaba la esquina doblada y la flechita. Me acostumbré a tal grado que luego anduve por todas las calles de mi pueblo buscando las esquinas dobladas donde había dejado mis pendientes y levantando las flechitas que otros desechaban. Porque, no sé si ustedes lo han notado, en todas partes hay flechitas que indican dónde doblar o cómo salir de una contingencia. “Salida de emergencia” dice el letrero adosado a la flecha que nos indica por dónde está el oxígeno después de la asfixia.
Me cuentan mis amigos, poseedores de un e-reader, que ahora es muy fácil señalar en dónde quedó la lectura de un libro digital. A partir de ahora tendré que acostumbrarme a no doblar esquinas. Al principio añoraré tal práctica, pero con el tiempo, lo olvidaré. La costumbre, a partir del día de hoy, será anotar con un marcador electrónico la línea donde dejé mi lectura.
Hay gente que tiene algo como una esquina de la hoja doblada, gente que, de pronto, y sin saberlo bien a bien, se quedó a la mitad de su vida. Se quedó así porque olvidó abrir el libro y recomponer el “pedacito” de hoja para continuar con su vida.
Extraño las cintas que servían de separadores de páginas. Los extraño porque, a veces, un compa que sabe mi afición por la lectura me regala un separador hecho de cartulina (una vez alguien me regaló un separador con flores secas y otro amigo me obsequió uno tejido con estambre. Fueron la cosa más horrible que jamás he recibido). Eso del separador es ¡una estupidez! En una ocasión alguien me pidió prestado el libro que leía y cuando le di el libro ¡lo tiró! ¿En dónde quedó el separador? En el piso junto al libro. ¡Perdí el control de mi lectura! Tal vez por esto a alguien se le ocurrió inventar un separador de libros con una pestaña que funciona como un clip para que si el libro se cae ¡el separador no se caiga! ¿El invento del siglo? No. El separador no es un chunche práctico, es como si nosotros tuviésemos tres piernas. No concibo a un ser humano con tres piernas, estoy seguro que tendríamos dificultades para desplazarnos. El separador de libros (debiera llamarse separador de hojas) dificulta la lectura. Yo no sé qué hacer con el separador a la hora que leo. ¿Dónde lo coloco? Tal vez por esto el separador se llama separador: ¡separa!
Extraño las cintas. Eran tan discretas, tan finas. Eran de una sugerencia tal que nos olvidábamos de ellas. Nunca se extraviaban, nunca abandonaban el libro. Y, además, eran tan suaves al tacto que, a veces, antes de iniciar la lectura, las tomaba entre mis dedos y las acariciaba como a veces acaricio el cabello de mi amada. Sí, las extraño. Pero, bueno, ¿quién anda colocando cintas en los e-readers actuales?

domingo, 10 de noviembre de 2013

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE EL CIELO SE CONVIERTE EN NUBE





Todo mundo dirá que esta imagen es común. ¿Qué de novedoso puede tener que una muchacha bonita vea una mesa con libros? ¿Qué de novedoso que un grupo de muchachos curioseen y revisen libros? ¡En todo mundo esto es una imagen común! Pero, si advertimos que en Comitán son escasas las oportunidades de acercarnos a libros de esta manera, comenzaremos a notar que esta fotografía tiene algo de un tinte infrecuente.
Por primera vez se realizó en Comitán el ¡Festival del libro y la palabra! Me encanta la idea de que la mesa (donde colocamos el pan nuestro de cada día) esté llena de libros. Los comitecos, por lo regular, tenemos las mesas llenas de botanas y bebidas. Por la mañana nos sentamos ante la mesa y rendimos honores al atol de granillo, a los huevos revueltos con ejote, a los frijolitos de la olla o refritos con chile de Simojovel (¿por qué será que no todas las ciudades de Chiapas también tienen su chile? ¿Por qué sólo Simojovel?). A la hora de la comida, los comitecos llenamos la mesa con una riquísima olla podrida o con un plato de chicharrón de hebra, con chanfaina, tortillas recién salidas del comal y cervezas bien heladas. En la noche... ¡ah, en la noche, el espíritu de la mesa se agranda con una taza de café bien caliente y pan de “Las Torres”! Los comitecos disfrutamos la vida, por esto nuestras mesas las llenamos con granitos de luz, todos los días. ¿Y el libro? ¿Ni como postre?
No es común que las mesas estén llenas de libros. Por esto, la imagen donde, en primer plano está Sandra, ¡no es común! No sé si ya advirtieron que en la mesa, así como no quiere la cosa, está colocada una pirámide que tiene la efigie de Rosario, ¡la nuestra! ¿Ya vieron también que los ojos de Rosario están en la parte superior del exhibidor? El corredor de ladrillos rojos corresponde al Centro Cultural que lleva el nombre de la escritora. Por primera vez, Rosario, con su mirada y con sus deseos, se apoderó de lo que por esencia le corresponde. El sentido común dicta que la casa de Rosario debe estar llena de chunches relacionados con ella, pero no siempre es así. Por esto, la fotografía donde aparece la muchacha bonita es infrecuente. No porque las muchachas bonitas no sean el pan nuestro de cada tarde en Comitán, sino porque el libro no es la mariposa que aletee todas las mañanas.
En Comitán ¡las librerías son escasas! Escasos los sueños envueltos en papel. Por lo regular, el papel nos sirve para envolver el kilo de retazo que comerá el perro o para envolver toneladas de chismes que nos quieren hacer pasar por críticas “constructivas”. El papel nos sirve, sí, para lo que el lector está pensando. Como no tenemos la costumbre de ver mesas rebosantes de libros, no sabemos bien a bien que el papel también puede servir para envolver ramas de árboles que se llaman imaginación. Sólo unos cuantos están acostumbrados a ver los libros. La muchacha bonita, la niña del primer plano, sí tiene la costumbre, por esto sus brazos están en posición de descanso o tal vez en posición de cierta represión. Si ella soltara sus brazos como el ave suelta sus alas volaría de manera intensa tomando un libro por aquí y otro por allá y, a veces, la paga es escasa. Pero, casi estoy seguro, en esa mochila que lleva en la espalda, ella lleva un libro. Ella no carga piedras, ella carga nubes, siempre lo ha hecho. Por esto, su mirada tiene algo de la mirada de Rosario. Ambas miradas son armoniosas, están complacidas. ¡Cómo no lo van a estar! ¡La casa de Rosario, al fin, tiene libros en sus corredores!
Una vez entrevisté a Fabio Morábito, enormísimo poeta, y le pregunté su opinión acerca de un corredor. Él pensó que me refería al practicante de la carrera, yo, tontito, pensaba en este espacio: el corredor de una casa. Desde entonces, el concepto me confunde. ¿Por qué se llama corredor ese espacio de la casa que, en Comitán, siempre está lleno de helechos y de colas de quetzal? ¿Por qué se llama corredor un espacio que está destinado al sosiego y a la armonía? La niña bonita de esta foto ¡no corre! Al contrario, ella es la imagen del ángel antes de abrir el aire. Ella es el aire, pero es un aire que apenas mueve la hoja del árbol, la hoja del libro.

sábado, 9 de noviembre de 2013

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UNA PIEDRA HACE UN CAMINO





Querida Mariana: ¿tenés apodo? Juan me dijo ayer que “El Pitufo” tiene seis meses hospitalizado. Yo no sé quién es El Pitufo, pero pensé que el azul de sus brazos debe estar morado de tanta sonda. ¡Dios mío! ¿Quién pone los apodos? ¿A qué hora? ¿En qué se basa?
A mí me provoca cierta confusión escuchar un partido de fútbol soccer mexicano. Es como si los jugadores no tuviesen nombre. El “perro” Bermúdez hace la crónica: “El Bofo se la pasa al Borrego Torrado. A la derecha del Borrego se desmarca El Cabrito Arellano, mientras El chango moreno…”. Bueno, parece que el fútbol soccer está hecho por animales. Por eso nos va como nos va, porque juegan con las patas.
¿Conocés a algún escritor que tenga apodo? ¡Es difícil hallarlo! Parece que la inteligencia habla en otras alturas. Hay, en el apodo, una vocación de regresar a lo más primario, a lo más elemental. Mi maestro de cuento, Rafael Ramírez Heredia, llegó a ser más conocido por su sobrenombre de “Rayo Macoy” que por su nombre. Lo de Rayo Macoy le vino del título de un cuento con el que ganó el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo, de Radio Francia. Este cuento habla de un boxeador que le dicen El Rayo Macoy. Pareciera que el deporte tiene como principal deporte el poner apodos a medio mundo.
A Elena Poniatowska le dicen “La Pony” (no porque sea un “caballo” sino porque su nombre impone el trato afectuoso). De ahí en fuera no conozco muchos escritores con apodo. ¿Cómo le decían a Octavio Paz? ¿Cómo a Saramago? ¿Cómo le dicen a Vila Matas? ¡No lo sé! No es costumbre poner apodos a los escritores.
Yo, lo sabés, mi niña bonita, me gusta jugar con la palabra y creo que el apodo es un juego perverso del lenguaje. ¡Es una torcedura que trata de ocultar el nombre por encima de la luz o del polvo! Porque, debemos aceptarlo, hay sobrenombres ingeniosos y hay otros que son crueles. Parece que el apodo basa su “eficacia” en alguna tara mental, en un defecto físico o en un comportamiento excesivo. Ejemplo del primero es “El mudo”, aplicado al muchacho que padece cierto retraso mental y anda con un hilo de baba colgando de la boca (en Comitán somos tan “mudos” que aplicamos la palabra mudo no sólo al que carece de habla, sino que lo aplicamos como sinónimo de “tonto”. ¿Por qué? ¡Andá a saber!); ejemplo del segundo es “El cargamaletas” que se aplica a un muchacho que tiene una joroba; y ejemplo del tercero es “La semáforo”, que se aplica a la muchachita que es muy caliente y a quien “después de las doce de la noche, ya ¡nadie la respeta!”. ¿Mirás? La crueldad del apodo radica en que privilegia una parte del Todo y esa parte la convierte en el Todo. Es como si a mitad de un bosque sólo miraras el pinche árbol que está seco. ¿Qué pasa con los demás árboles que están frondosos? ¡Los ocultamos, los cercenamos! ¡Esta es la maldad del apodo! A la mención del apodo, el mundo se olvida de lo demás y lanza la carcajada al ver el defecto (moral o físico). Sí, el apodo es cruel.
Yo tengo una amiga que es buenísima para poner apodos. Los del barrio le temen. El otro día le pedí que me pusiera un apodo, uno bueno. Tengo mil doscientos treinta y dos apodos. ¿Por qué tantos? Bueno, vos sabés que los maestros estamos expuestos a cuarenta miradas en el salón todos los días. Nuestros defectos se magnifican. Nunca falta el alumno jodón que te observa de más y que heredó la facultad de poner apodos y te clava uno. Lo mismo sucede con los alumnos jodones que tienen la destreza del dibujo, a todas horas andan haciendo caricaturas de los maestros. ¿Qué más caricaturesco y jodón que las “calaveritas” que hacen los periodistas, cada año, en el Día de Muertos, a todos los políticos y personajes reconocidos? Hay una propensión a joder al otro a través de la línea o de la palabra. Es un juego perverso que llena los vacíos.
En Comitán (¡Dios nos agarre confesados!) es costumbre poner apodos. Pero ya te conté que el poeta Enoch Cancino Casahonda dijo que en Comitán conoció los apodos más simpáticos. Dijo que en Chiapa de Corzo están los más crueles. Bueno, basta ver que a nosotros nos dicen “cositías” y a los de Chiapa les dicen “Culos pintos”.
Una vez estuve con don Caralampio, el viejito que hace velas por el rumbo de La Pila. En medio de la plática, en su patio, él sentado en una poltrona cubierta con una piel de venado y yo en una sillita como esas de salón de jardín de niños, le pregunté si tenía un apodo. Se rió. No -me dijo- no hubo necesidad, todo mundo me dice Lampo. Y volvió a reírse. Y es que hay nombres que suenan a apodo. Mi segundo nombre es Benito. Muchos me lo dicen con cierta sorna, como si me dijeran un apodo. En la escuela Fray Matías de Córdova, un amigo me dijo que no me dejara, que cuando alguien me dijera Benito, yo le contestara con un “Benito Cámelo”, pero luego me arrepentí, porque como siempre he sido medio tutuldioso, no entendí muy bien ese doble sentido. ¿Que me tocaran qué? ¿Mi pene? ¡No, Dios mío! ¿Mi pene? ¡Qué pena! Así que, para que a nadie se le fuera a ocurrir tocarme, el pene o mi tutís, mejor nada decía. Total, Benito es mi nombre (ahora ya me gusta, ya lo acepté).
Mi amiga quedó comprometida en ponerme un apodo. El otro día fui a verla y me dijo que ya lo tenía. Sos “La menstruación”, porque jodés cuando llegás, provocás alivio cuando te vas y generás preocupación cuando no has llegado. ¿Ese es mi apodo?, pregunté. Sí, bobo, dijo ella y rió. Pues sí. Llamó mi atención que su fuente de inspiración no fue un defecto físico ni una tara sino un comportamiento. Sí, vos lo sabés, mi presencia no es agradable. Dos de mis compañeros de trabajo aceptaron (entre risas veladas y cierto hipócrita desagrado) que el apodo “me va”. Soy “La menstruación”. Lo he sido desde siempre. Por esto digo que soy escaso, me cuesta mucho trabajo relacionarme con la gente. Desde siempre intuí que no soy bien visto. Cuando estoy en medio de un grupo siento cierta incomodidad, incomodidad que (de manera inconsciente) transmito al grupo. Cuando me despido veo que el ambiente se distiende y yo mismo me siento más tranquilo. Me da pena reconocerlo, pero me siento muy a gusto conmigo mismo. Tal vez por esto me volví un lector voraz. Cuando “platico” con los grandes escritores no tengo inconveniente, me siento muy a gusto. A un lector no le importa si el escritor tiene una cierta tara o un comportamiento inusual, al lector le importa la obra, por esto (tal vez) los escritores tienen ¡nombre!, y no sobrenombre. No hay algo por encima del nombre de Julio Cortázar. Todo mundo lo conoce afectuosamente como Cortázar. Por esto, por encima de mis mil doscientos un apodos me siento a gusto con mi nombre a la hora que un lector lee alguno de mis libros, que en la portada lleva escrito mi nombre. El terreno de la literatura es el mundo donde me siento más a gusto, donde soy yo, por encima de todas mis taras y defectos.
Sí, el apodo (habrá que reconocerlo) no se equivoca. Quien pone apodos sólo hace resaltar un defecto. Y, se sabe, todo mundo tiene defectos. El hombre que se reconoce como un hombre inacabado no le hace mayor caso al apodo, deja que el viento pase por la flauta y toque alguna nota sin armonía, pero sonido al fin.
Me interesaba ver algún hilo del proceso de creación del apodo. Mi amiga me lo aportó. Tal vez ahora deba pedir a otro amigo que me ponga un apodo, pero basándose en alguna de mis taras o en algún defecto físico sobresaliente.
Tengo más de mil apodos. Un alumno me puso “Patas verdes” (era el tiempo en que estaba de moda el programa de televisión “Odisea burbujas”). Muchos de mis alumnos me encuentran en la calle y me gritan “¡Molcas!”, este es un apodo que me puse yo y alude a un personaje literario de Aguilar Camín. Mi amigo César me grita “Tutushac” cada vez que me ve, mientras yo camino y él maneja un jeep. El Tutushac, ya te lo conté, viene de cuando Ramiro Suárez llegó a la escuela y nos dijo que así le decían al Padre Carlos. A mí me dio mucha risa, me gustó la eufonía, nunca había escuchado palabra semejante. Ah, bueno, pues ni tardos ni perezosos me clavaron el apodo. Todos los apodos que me han puesto han sido como homenajitos. Hubo alguien que, en un momento determinado, pensó en mí. A mí, los apodos no me provocan algún escozor. Dejo que pasen, que jueguen, que provoquen risas en los otros. Mi nombre está por encima de mis sobrenombres. Y esto es un juego maravilloso, porque aquello que pretende estar por encima de mi nombre yo lo coloco debajo. Mis sobrenombres los vuelvo “debajonombres”. Pero no los cancelo, dejo que estén ahí. A final de cuentas algo me están diciendo.
Alguien me dijo que sólo a mí se me ocurría jugar el juego de apodos sobre pedido. ¿Por qué pedí que me pusieran un apodo más? Me interesaba ver el proceso de creación. Nuestro pueblo tiene la fama (en toda la república) de ser muy “pone apodos”. ¿Cómo se da este proceso? ¿Por qué el afán de jugar o de joder al otro? Me interesaba conocer un poco los engranes que se mueven para dar cuerda a un apodo. Esta carta intenta comenzar a reflexionar en ello. Hay gente que no soporta un apodo. Conozco la historia de un hombre que en un salón de fiesta obligó al otro a que se disculpara, lo hizo con la pistola en la mano, un poco como para decir que el otro no tenía algún derecho a colocar otro nombre por encima de su nombre.
“¿Dime cómo te dicen y te diré quién eres?”. ¿Dice más el sobrenombre que el nombre? Tal vez. Existen millones de Alejandros, millones de Benitos, pero sólo un Tutushac. Los otros sobrenombres (incluido el que me regaló mi amiga) son también sobrenombres abundantes. No sólo existe un Patas verdes, no sólo un Molcas, no sólo un La menstruación. Pero por supuesto, el apodo no deja elección, es una imposición que viene de quién sabe. Acordate de la anécdota del maestro que llegó a decir que le gustaría que le dijeran “cabellera plateada” y un alumno le dijo: “ya le pusimos cabezota de culo de tacuatz”. Esto quiere decir que el sobrenombre también es una extensión del nombre. ¿Quién eligió su nombre? ¡Nadie! Los papás o los tíos o los abuelos o Juan de las Pitas son los encargados de buscar nombre al pich o a la picha. Todo mundo nombra a su gusto. He visto a mamás que compran libritos donde vienen sugerencias de nombres y buscan uno que les agrade. ¿Alguna vez pensaron en si al dueño del nombre le gustará? ¡Es imposible saberlo! Por esto hay mucha gente que luego se cambia de nombre (cuando es posible) o viven lamentándose del nombre impuesto.
Los alumnos ponen apodos a sus maestros para compensar la perversidad de éstos. Muchos alumnos andan arrastrando apodos que fueron impuestos por algún maestro “simpático”. El mundo no es un patio soleado ni armonioso. El mundo tiene muchas aristas puntiagudas y no queda más que acostumbrarse.

Posdata: no tengo la costumbre de tratar a la gente por su apodo. El otro día no me quedó más que decirlo porque el mismo Director del grupo de Danza me lo exigió. “Decí que soy El Pistache, si decís mi nombre nadie me va a reconocer en Comitán”. Dije, entonces, por la radio, que el grupo de danza que se presentaría en el Teatro de la Ciudad estaba dirigido por El Pistache, talentoso danzarín comiteco.
El Pitufo lleva seis meses en el hospital. Pobre hombre. No sé quién es él, pero me apena conocer su historia. Cuando Juan me lo dijo tuve el impulso de ir al hospital, preguntar a la trabajadora social en dónde estaba la cama del Pitufo, acercarme a él y decirle: “Pitufito, salí ya. Afuera el sol está jugando en el patio. Recuperate. Juro que ya no te diremos Pitufo, te diremos por tu nombre, ya no te volveremos a molestar”. Pero no lo hice, porque qué tal que no le gustaba mi compañía, qué tal que pensaba que soy como “La menstruación” y no me vería como la bendición de la posibilidad de procrear sino como una maldición llena de sangre.

jueves, 7 de noviembre de 2013

RECORDAMOS (última de dos partes)





Este libro es un feliz pretexto para volver la vista a Rosario, la eterna. La doctora Reyes nos dice que debemos volver a leer Balún-Canán; volver a leer Oficio de Tinieblas. Debemos, sentados en una banca del parque, leer un poema de Rosario. Tal vez en una banca cerca del busto que el escultor Luis Aguilar le dedicó. ¿Por qué no ir al parque de San Sebastián y leer el fragmento de un poema que el gran ceramista Arturo Avendaño “dibujó” en el piso, parte de ese alucinante proyecto llamado “Ciudad Rosario”? Pero, dice la doctora, antes y después de todo debemos leer los ensayos escritos por Rosario. Lo debemos hacer porque ahí está concentrada la esencia, el súmmum de su pensamiento. En sus ensayos decantó toda la luz que la consumía por dentro y por fuera. Ella, se ha dicho hasta la saciedad, era una lámpara. Por esto, algunos ilusos y románticos, dicen que ella se consumió un 7 de agosto. Era tanta su luz que se hizo una con el universo.
Cuando la doctora Reyes nos dice que Rosario escribió 517 ensayos el lector abre la boca como si el aire fuera apenas un buche de viento. ¡517 textos! Este mero dato estadístico no diría mucho, a menos que lo confrontáramos con el número de novelas, cuentos, poemas y obras de teatro escritos por ella. Si como decimos en el ensayo concentró su conocimiento total podemos ver esos textos como frasquitos de un perfume exquisito. Rosario aportó el concentrado que diluido en el agua de los mares nos otorga la posibilidad de la reflexión y del pensamiento más auténticos.
Dije que para concluir mi intervención contaría una historia auténtica. Va, en nombre del maestro Roberto Campos, una historia que avalan muchos hombres y mujeres de edad. Hubo, en este pueblo, una mujer que era dueña de 14 fincas en la región, ¡catorce fincas! Poseía cientos y cientos de hectáreas, cientos y cientos de animales, cientos y cientos de siervos. La mujer, a pesar de ser una mujer rica, era una mujer miserable. Vestía como sirvienta. Por esto, una mañana que llegó un general al frente de un piquete de soldados, ella fingió y, ante la pregunta de dónde estaba la patrona, ella dijo que la patrona estaba en Comitán, dijo que ella era una simple sirvienta. ¡Vieja hábil, sin duda! Cuenta la historia que el general mandó a que mataran unas reses en la majada y se hospedaron en la casa grande. Después que se hartaron de comida, el general mandó a llamar a la sirvienta y, con grandes carcajadas, le pidió que le diera las gracias a la patrona por ser tan buena anfitriona. Cuando los soldados se retiraron, la patrona se dirigió a una choza y les quitó a las mujeres las tortillas que echaban al comal y pensó que era una mujer muy lista, porque ese generalillo nunca se dio cuenta que ella, en realidad, era la patrona. Este último comportamiento no era inusual, la mujer era tan avara que todos los días les quitaba las tortillas a las mujeres que trabajaban en su hacienda. Esta mujer fue conocida en Comitán y toda la región por el sobrenombre de doña Chayota, ya que su nombre era Rosario y su apellido Castellanos. Vivía en una de las catorce haciendas que poseía y cuyo nombre era Bajucú.
¿Ya vieron la confusión en que estamos metidos? Algunos se han ido con la finta y cuando escuchan el nombre de Rosario Castellanos asociado con la finca Bajucú creen que esa mujer era la famosa escritora. ¡Por el amor de Dios! ¡Qué agravio para nuestra Rosario compararla con mujer tan vil!
El rancho del papá de Rosario se llamó Chapatengo y estuvo en otro lugar.
Y cuento esto porque en el libro de la doctora Reyes aparece una fotografía con el siguiente pie: “El pueblo, Bajucú, donde estaba la hacienda del padre de Castellanos…”.
¡Pobre doctora Reyes! ¿Qué iba a saber? ¡Qué iba a saber si los propios comitecos -he escuchado a más de dos que afirman lo de Bajucú- también estamos metidos en la confusión! Nos hacemos bolas, porque hace falta que, de verdad, nos ocupemos de la figura de Rosario. Algunos, ya lo dije, se quejan porque le damos demasiada importancia al nombre de Rosario. Ahora pienso que tal vez tienen razón. Lo pienso después de leer el libro de la doctora Andrea Reyes. Debemos dejar un tantito de lado su nombre y dedicarnos más a revisar su obra y, ya de paso, descubrir los verdaderos caminos por donde caminó. Bajucú fue la hacienda propiedad de Rosario Castellanos, doña Chayotona. El cielo es la hacienda propiedad de Rosario Castellanos, la escritora. Escalemos los cielos, por el amor de Dios.
Muchas gracias.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

RECORDAMOS (primera de dos partes)





La otra tarde presenté el libro “Recuerdo, recordemos. Ética y política en Rosario Castellanos”, de Andrea H. Reyes. Paso copia del textillo que leí.

La maestra Reyes comparte su pasión por la obra de Rosario. Imagino que ante la vastedad de la obra de Rosario Castellanos, Reyes discrimina. Piensa que de la gama de creación (teatro, poesía, novela, cuento y ensayo) el ensayo es el menos estudiado. Así que decide estudiarlo. Una vez elegido el tema de su estudio se da cuenta que dentro de los ensayos los más relegados son aquéllos que tratan temas políticos. Por esto, Reyes escribe este libro que intitula: Recuerdo, recordemos. Ética y política en Rosario Castellanos.
De ética y política va este libro; va de Rosario, la que llamamos nuestra. A los comitecos, sin duda, sorprenderá muy gratamente la lectura de este libro. Será así, porque la inteligencia de una mujer se alía a la de otra mujer muy importante para México, para el mundo, pero de manera definitiva ¡para Comitán!
En Comitán se habla mucho de Rosario. La calle por la que caminamos todos los días lleva el nombre de Rosario. Actualmente vivimos con intensidad, pasión y controversia un festival artístico que lleva su nombre. Desayunamos Rosario, comemos Rosario y cenamos Rosario. Por esto, algunos vomitan a Rosario. Dicen que esto es un exceso. Y ante el exceso, los comitecos nos engrandecemos y ya está cercano el día que comience la construcción de un Museo que llevará su nombre y que ya es parte de nuestro imaginario colectivo, pues ya lo llamamos MUROC, Museo Rosario Castellanos.
Cualquiera diría entonces que Rosario es parte de nuestro conocimiento. Pero resulta que su nombre es el nombre de todos los días, pero su obra no es el pan nuestro de cada día. Su obra narrativa es leída no con la profusión que debiera hacerse, su obra poética es menos conocida. ¿El teatro? ¿Alguna vez hemos visto en escena alguna obra de Rosario? Pocas veces, muy pocas. ¿Y el ensayo? Si como menciona Reyes el ensayo es el menos atendido por la crítica mundial, pues los comitecos abonamos con ganas a esa desatención. Es más, en Comitán se desconoce mucho de Rosario. Al término de esta intervención les platicaré algo que tiene que ver con el libro de la Doctora Reyes y que nos da una idea clara del inexplicable desconocimiento que los comitecos tenemos de la vida y obra de Rosario Castellanos. Tal vez la propia doctora Reyes se sorprenda y deba hacer una revisión de su conocimiento. El maestro Roberto Campos Gordillo, un maestro jubilado me platicó una historia fascinante, hace apenas unos días. Una historia que pocos comitecos conocen a cabalidad. Pero, bueno, esta historia es algo lateral al tema que hoy nos convoca. El centro del estudio de este libro es el ensayo.
Reyes dice que la prueba de la audacia intelectual de Rosario está “en sus textos periodísticos y en sus ensayos que son fundamentales para entender la vida y visión extraordinarias de Rosario Castellanos”. El propósito de este libro es mostrarnos tales senderos. ¡Y Reyes lo logra! A partir del día de hoy, Comitán debe volver la vista hacia este género que no ha sido estudiado con atención. Recuerdo (recordemos) que un funcionario de dependencia cultural, ante la sugerencia de publicar la obra periodística de Rosario, se negó a hacerlo con el pretexto de que ello era una obra menor. Recuerdo (recordemos) que muchos también pusieron el grito en el cielo cuando apareció publicado el bonche de cartas que Rosario había escrito a Ricardo Guerra. Hay, quién sabe por qué, un interés de la alta intelectualidad en cercenar aspectos de la vida y obra de los personajes importantes del país. Bueno, sí sabemos porqué ese afán de ocultamiento, se debe a que algunas de esas ventanas aportan demasiada luz y se sabe que para los intereses de los poderosos es bueno que la penumbra sea el espacio donde debemos movernos de día y de noche. Ya ustedes se dieron cuenta, entonces, de la importancia del libro que hoy se presenta en esta sala. La doctora Reyes, a través de su libro, viene a recordarnos que Comitán es privilegiado por tener a Rosario como una paisana ilustre, ya que dio lustre al pensamiento del México contemporáneo. A pesar de que el país está sumido en la confusión debemos reconocer que la ventana democrática cada vez es más amplia. Esto se debe al esfuerzo de unas cuantas mentes lúcidas entre las cuales se encuentra la de Rosario Castellanos. Su aportación al pensamiento y a la acción fue decisiva. Hoy, la mujer tiene más espacios y su voz es más clara y fuerte. ¿La obra de Rosario tuvo alguna influencia en ello? Sin duda. Por algo la obra de Rosario es visitada y revisitada con frecuencia en todo el mundo. Por ello, sin duda, Echeverría le concedió el honor de nombrarla Embajadora en un país lejano. Pensó, tal vez, que lejos no tendría tanta influencia en el pensamiento liberal y libertario de las mujeres mexicanas. Se sabe que al gobierno le conviene que los hombres y mujeres no realicen entrecruzamientos ideológicos que les permita vislumbrar, como dijo Rosario, “otro modo de ser”.